Aborto

por para Ciencia Hoy el . Publicado en Número 1.

El tema de la legitimidad del control voluntario de los nacimientos y de los embarazos y de los métodos para llevarlo a cabo, esencialmente la anticoncepción y el aborto inducido, despierta de antemano controversias de toda índole. Pero, por encima de consideraciones éticas, filosóficas y religiosas, o de las connotaciones emocionales que convoca, la práctica del aborto es un episodio vinculado con la salud de la población. Es necesario caracterizar el aborto como fenómeno social e indagar acerca de cuánto, cuándo, cómo y por qué las mujeres recurren a él. Y asumir, además, el desafío asistencial que involucra su incorporación a la agenda de la salud pública.

El aborto inducido es una de las formas más antiguas de regulación de la fecundidad y, por cierto, la más controvertida en la actualidad. Hasta la aparición en escena de la inseminación in vitro ningún otro procedimiento quirúrgico de carácter voluntario produjo anteriormente el debate que ha producido el aborto, generó tanta controversia emocional y moral, y recibió tanta atención por parte de los responsables de la salud pública y de los defensores de los derechos y del bienestar de las mujeres.

Si bien el recurso del aborto y sus prácticas son conocidas desde muy antiguo en la mayoría de las sociedades -casi siempre transmitidas en forma clandestina- la innovación que plantea la reciente polémica consiste en que discute su utilización libre y legítima cuando el embarazo ha sido involuntario o cuando se prevén ciertos peligros en su continuación. En el presente, diferentes discursos ideológicos se disputan el derecho a definir y calificar la naturaleza del aborto: los movimientos feministas, los movimientos pro y anti aborto, la Iglesia y la Ley entre otros. Más allá de sus diferentes posiciones, estos discursos han contribuido a "secularizar'' el tema: la interrupción voluntaria del embarazo ha dejado de ser un tema de competencia exclusiva de la conciencia individual para delinearse como tema de salud pública, de derecho liberal o de política social de bienestar.

Desde el punto de vista legal, y visto en perspectiva histórica, se ha producido en la legislación, en las pasadas décadas, una verdadera revolución. En 1954 el aborto era ilegal en todos los países del mundo, excepto en Islandia, Dinamarca, Suecia y Japón. En los 30 años que siguieron, más de 30 paises, incluyendo algunos de los más populosos del mundo subdesarrollado como China e India, modificaron sus leyes restrictivas para permitirlo bajo el requerimiento de la mujer o debido a una amplia gama de indicaciones sociales.

Paralelamente a este proceso de "puesta en escena" del aborto, de construcción de una polémica acerca de su legitimidad y de cambios en las legislaciones sobre el tema, ocurrieron otros procesos relacionados con estos fenómenos. Desde comienzos de la década de los sesenta, la difusión de los anticonceptivos modernos (píldora y DIU) ha sido continua y ha atravesado fronteras geográficas y sociales. Un poco más adelante en el tiempo, las técnicas abortivas comenzaron a ser mejoradas: la dilatación y curetaje ha sido paulatinamente reemplazada por la técnica de aspiración. En el presente, la realización de un aborto no compromete necesariamente la vida, ni la.salud, ni la fertilidad futura de la mujer.

Aborto

Estos dos procesos fueron en diferente medida responsables de descensos en las tasas de fecundidad en el mundo entero. Los programas de planificación familiar públicos y privados llevados adelante en la mayor parte del mundo subdesarrollado favorecieron un clima de aceptabilidad y accesibilidad a métodos de regulación de la fecundidad eficaces. América latina no escapó a esta tendencia, y desde comienzos de los años sesenta comenzó a mostrar descensos en sus tasas de fecundidad.
Algunos estudios señalan como principal responsable de la persistente declinación de la fecundidad en esta región a la difusión de las prácticas anticonceptivas, y conjeturan -dada la precariedad de la información disponible- que el aborto inducido debe haber jugado un papel importante.

La Encuesta Mundial de Fecundidad en los años ochenta obtuvo escasa información en América latina, en buena medida debido a la negativa de algunos gobiernos de la región a aplicar el módulo de la encuesta especialmente destinado a relevar información sobre prácticas abortivas. A pesar de ello, la evidencia recogida sugirió que en todos los países del subcontinente, mujeres de diferente posición en la estructura social recurren al aborto a pesar de los códigos penales, las sanciones religiosas y los graves peligros para la salud personal. Conviene aquí señalar algunas cuestiones. En primer lugar, en todos los países de América latina el aborto es considerado un delito penal, por lo tanto se halla absolutamente prohibido, salvo en algunas legislaciones para las cuales las situaciones de violación, incesto o grave peligro para la vida de la mujer justifican la demanda de un aborto legal. En segundo lugar, y dado precisamente este encuadre jurídico, todos los abortos en América latina son ilegales y por lo tanto, clandestinos. Los efectos que trae aparejada esta situación para la pobla ción femenina son obvios: la mayor parte de los abortos realizados en nuestros países no guardan condiciones mínimas de asepsia e higiene, y ponen en peligro la salud y la vida de las mujeres. Los abortos incompletos son el diagnóstico más común cuando las mujeres son admitidas en los hospitales públicos, con fuertes hemorragias e infecciones post aborto, causadas por la retención de restos de placenta o por alguna lesión producida en el cuerpo uterino. En América latina los abortos ilegales están asociados a altas tasas de mortalidad materna, las que con fuertes variaciones entre países se ubican entre un 60 y un 270 por 100.000 nacidos vivos.

Desde el punto de vista demográfico nuestro país es en buena medida diferente del resto de América latina: la natalidad comenzó a descender a fines del siglo pasado, y el ritmo de ese descenso se aceleró a partir de la primera década del siglo XX. Este singular comportamiento de la fecundidad nos anima a conjeturar que la población argentina ha recurrido al uso de algunos métodos para regular los nacimientos desde épocas tempranas.

Aborto

En la Argentina el binomio anticoncepción-aborto ha sido, con diferentes matices pero sin distinción de regímenes políticos, sistemáticamente excluido como preocupación de las políticas sociales y de las estadísticas oficiales. La actitud del Estado ha sido a este respecto más de omisión que de acción, y sus contadas intervenciones directas se orientaron a desarticular iniciativas privadas de difusión y cobertura de asistencia anticonceptiva.
Por último, desde el punto de vista legal, nuestro país sostiene una legislación de carácter restrictivo. El Código Penal argentino se refiere al aborto como un delito contra la vida y contra la persona, y penaliza tanto al tercero que lo provoca como a la mujer que se provoca a si misma o que se deja asistir. A pesar de la contemplación de algunas causas que lo despenalizan, el proceso de obtener un aborto "legal" es muy dificultoso en la Argentina, y las justificaciones precisadas en la legislación no constituyen una opción real y efectiva para las mujeres.

Con la intención de conocer y comprender las modalidades del comportamiento reproductivo de las mujeres de sectores populares, encaramos en el Centro de Estudios de Estado y Sociedad (CEDES) con Juan José Llovet una investigación sobre una muestra de 121 mujeres con dos o tres hijos seleccionadas de los registros de historias clínicas de dos servicios de salud (uno público y otro de la seguridad social) que atienden la demanda de este sector social. Dada la problemática enfocada, el aborto fue obviamente una de nuestras preocupaciones. Lo que exponemos a continuación son algunos de los resultados obtenidos en dicha investigación. Si bien nuestro trabajo no responde a los lineamientos característicos de un estudio con intenciones de representatividad, el diseño muestral respondió a criterios que condensan paradigmáticamente los atributos propios de los sectores populares.

Entre las 121 mujeres de la muestra hubo 36 que abortaron al menos una vez: casi una de cada tres mujeres decidieron realizarse un aborto en algún momento de su vida previo a este estudio. Al mismo tiempo, las mujeres de la muestra tuvieron un total de 349 embarazos, de los cuales 49 terminaron en abortos, lo que representa un 14% del total de embarazos: de cada 10 embarazos, uno y medio terminaron en aborto. En base a estos datos pueden calcularse las siguientes medidas de incidencias para las mujeres del estudio:

a) tasa de abortos por 100 mujeres = 40,5;
b) proporción de abortos por 100 embarazos = 14;
c) número medio de abortos por mujer = 0,4.

El número medio de abortos por mujer está indicando que ha habido casi medio aborto por mujer. Si calculamos esta medida sólo para las mujeres que tuvieron al menos un aborto hasta el momento del estudio, esta medida asciende a 1,4 abortos por mujer.

Aborto

El momento del ciclo de vida reproductivo en el cual una mujer decide realizarse un aborto constituye un dato de relevancia para comprender el sentido de esa acción. Las condiciones familiares y personales que rodean una decisión de aborto, así como el conjunto de configuraciones culturales de las que la mujer es portadora, se articulan y crean una disponibilidad hacia la interrupción del embarazo, para la cual el momento del ciclo de vida de la mujer y de la familia funcionan como contextos que pueden desestimular o reforzar una decisión. Un aborto de soltera no se sostiene en la misma constelación de motivaciones que un aborto de casada, como tampoco un aborto antes del primer hijo y otro después del tercero. Cada mujer y cada pareja van construyendo en el tiempo y en el espacio un tipo particular de prole: la decisión de abortar se construye sobre la particularidad de la situación personal y familiar.

Combinando dos criterios de ordenamiento temporal posibles, la paridez y el casamiento, las mujeres del estudio se diferenciaron claramente:

1. Las mujeres que abortaron antes del casamiento y antes del primer hijo, en tanto solteras y nulíparas.
2. Las mujeres que abortaron después del casamiento y antes del primer hijo, demorando el nacimiento del primer hijo.
3. Las mujeres que abortaron después del casamiento y después del primer hijo, en tanto casadas y madres, para espaciar la crianza de sus hijos o para limitar su número.

La distribución de la población en estos tres grupos muestra una concentración del 55,5% de los casos (20 mujeres) en el tercer grupo, el de las que abortan después de casadas y de haber sido madres; un 28% (10 mujeres) en el primer grupo, el de las que abortan siendo solteras y nulíparas, y por último un reducido número de casos -cinco mujeres- que abortan entre el casamiento y el nacimiento del primer hijo. De estas cifras puede inferirse además que el 80% de las mujeres que abortan por primera vez después del casamiento, lo hacen luego de tener el primer hijo.

El motivo fundamental por el cual una mujer aborta es que no quiere continuar con un embarazo, esto es, quiere interrumpir el proceso por el cual llegaría a tener un hijo. Una mujer puede haberse embarazado sin quererlo, o puede haber cambiado de parecer por circunstancias personales y sociales en el inicio del embarazo, y no quiere tener un hijo en ese momento de su vida. Las razones por las cuales una mujer no quiere continuar un embarazo constituyen una problemática compleja y equívoca donde se intersectan, refuerzan, contradicen y anulan motivaciones conscientes e inconscientes, individuales y familiares, sociales y culturales.

"Yo todavía no quería, pero si viene... viene. Yo no sé si quería seguir ese embarazo, si no lo esperaba, pero no pensé nada para hacerlo, me daba miedo."

"Me puse mal porque pensaba en mi mamá y papá, porque no estaba casada y era de cinco meses y no se podía hacer nada; aparte yo no quería hacerme nada, pero cuando me enteré si quise seguir."

"Yo ya tenía chicos grandes y no teníamos condiciones económicas buenas. Tuve mucha sorpresa, me parecía mentira, pero después me alegré muchísimo; no sé si quería seguirlo, no quería creerlo, no me convencía, casi no quería pensarlo... pero no hice nada."

"Mi primera reacción fue negativa porque no quería tan pronto; después ya me acostumbré y me puse contenta. No quería seguir con el embarazo, tomé unas pastillas, pero después quise seguir y dejé de tomar y consulté con un médico para asegurarme de que esas tomas no le traerían problemas al chiquito."

"Mi reacción fue normal, no lo buscábamos ni lo dejábamos de buscar."

"Yo fui a un particular para hacerme alguna cosa, pero mi marido no quería que lo hiciera, pero yo vi que era muy chiquitita la otra nena, pero él se puso firme... yo no quería seguir, fui a un médico de Podestá, me dijo que estaba embarazada y que cobraba 350; cuando le dije a mi marido me dijo ¡vos no te hacés!, lo hubiéramos podido pagar pero él no quiso que me lo hiciera, hasta ahora sigue diciendo, si vos quedás, ¡todos los que vengan!"

"Me puse un poco nerviosa, me sentía muy mal; al principio no quería pero después si quise, y mucho..."

Frente a un embarazo que no se quiere continuar, el aborto es la única alternativa eficaz. Pero en tanto éste comporta costos emocionales y sociales, la decisión de abortar no siempre se toma.

Por esto es necesario distinguir entre intentos de aborto y abortos efectivos. Los intentos de aborto por lo general se dan a través de intervenciones menores con las cuales se procura interrumpir el embarazo: uso de hierbas o duchas vaginales, ingesta de píldoras, aplicación de inyecciones de regularización menstrual, traumas autoprovocados y preparados abortivos. Muchas veces estos intentos, lejos de cumplir con el propósito para el cual son ensayados, son totalmente neutros o inocuos o bien acarrean lesiones sin producir necesariamente el desprendimiento del huevo. Los abortos efectivos habitualmente implican intervenciones mayores en las que se utilizan medios quirúrgicos, como el catéter o la sonda, la dilatación o el curetaje o la aspiración.

Las mujeres entrevistadas refirieron haber llevado a cabo los dos tipos de intervenciones. Respecto de los abortos efectivos dijimos anteriormente que de las 121 mujeres de la muestra, 36 habían abortado al menos una vez. Entre los motivos invocados para fundamentar la decisión de abortar, prevalecieron los problemas en la relación conyugal, las condiciones de vida y la falta de apoyo. Sólo en dos casos fueron esgrimidas razones de salud (cesáreas muy próximas).

"Tenía muchos problemas con mi marido y con mi suegra; no tenía casa propia y todo nos iba mal... ya uno sufría escuchando discutir a los padres, para qué otro más..."

"Yo veía que no íbamos a seguir con mi marido, asi que... qué iba a ser de él, quién lo iba a mantener..."

"Todavía no podíamos casarnos, no estábamos muy seguros... y además no teníamos medios económicos para hacerlo..."

"El muchacho no quería saber de nada, qué iba a hacer yo..."

"Yo estaba sola, nadie respondía por ese embarazo, ya no podía mantener a otro más... era muy difícil sobrellevar aquella situación de soledad..."

En cuanto a los intentos de aborto, se registraron 15 casos (una de las mujeres lo intentó con dos embarazos). El procedimiento más empleado fue la inyección.

"Me puse varias inyecciones que me dieron en la farmacia, pero ya no me hicieron nada... y a otra cosa no me animé."

"Consulté con un médico particular y además en una clínica. No me quisieron hacer nada por proceso infeccioso, porque era peligroso. Volví al médico particular y me sacó un DIU, intentando un aborto, pero tampoco funcionó, a pesar de eso..."

"Me dí una sola inyección y no me hizo nada; en otra consulta, me sugirieron un raspado pero no quise, y mi marido tampoco quiso."

Aborto

A los abortos efectivos y a los intentos de aborto podemos agregar los casos en los que las mujeres pensaron interrumpir el embarazo, pero sin realizar ninguna acción conducente a ese fin. Tendremos así una idea de la incidencia de embarazos no queridos en la población del estudio: hubo también 23 mujeres que frente a la evidencia de 25 embarazos (una de ellas pensó en interrumpir cada uno de sus tres embarazos) consideraron la posibilidad de abortar. En síntesis, de los 349 embarazos que tuvo la población entrevistada, 49 terminaron en aborto y 41 fueron no queridos. De éstos, en 16 casos se intentó un aborto incruento y en otros 25 sólo se pensó en la posibilidad de abortar sin que finalmente se adoptara conducta alguna. El 25,8% de los embarazos de las mujeres del estudio fueron embarazos no queridos.

La disponibilidad de recursos materiales, sociales y afectivos con los cuales las mujeres afrontaron la decisión y la realización del aborto, y el manejo que hicieron de estos recursos no fueron homogéneos. Partimos de la suposición de que era probablemente dentro del círculo familiar femenino donde básicamente se procesaban las decisiones sobre aborto, y la información recogida avaló muy parcialmente esta idea. En 19 casos de abortos provocados contamos con datos acerca de las personas con quienes conversó la entrevistada sobre la posibilidad de interrumpir el embarazo. En cinco casos, la mujer lo hizo solamente con la pareja (novio o marido), en cuatro solamente con otras mujeres (madre, hermana, cuñada, amiga) y en los 10 restantes con la pareja y otras mujeres. La consulta con la pareja apareció como una conducta extendida en las mujeres del estudio.

Obviamente, el papel del marido en las decisiones de aborto no puede ser aislado del papel que éste juega también en relación al comportamiento frente a la regulación de la fecundidad, y más específimente frente al futuro de cualquier embarazo, tenga o no la mujer la intención -o la duda- de abortar. Si analizamos las respuestas de las mujeres frente a la pregunta ¿cuál fue su reacción cuando se dió cuenta que estaba embarazada?, observamos sistemáticamente dos alternativas típicas de respuesta:

"Estabamos muy contentos los dos, aunque no lo buscábamos, como era el primero... fue bien recibido."

"Yo no lo esperaba, no lo esperaba... me puse nerviosa, lloraba, no sabía qué hacer... después de tanto tiempo y con tantas dificultades económicas, yo no sabía qué hacer. Pero mi marido sí sabia, él si quería... pensando que tal vez ahora tenía el varón... él dijo que sí..."

El primer tipo de respuesta, más allá del hecho de que ese hijo haya sido buscado o no buscado o de que fuese el primero o el segundo, no ofrece más comentarios que su propia elocuencia: el conflicto se minimiza porque hay concordancia entre los miembros de la pareja acerca de continuar con el embarazo. En cuanto al segundo testimonio, al igual que otros tantos muestra claramente que, dado un sentimiento de ambivalencia o de rechazo de un embarazo por parte de la mujer (que aparece con un estado emocional típicamente femenino), la opinión y actitud del compañero resultan piezas claves para cualquier decisión.

Los problemas de registro y medicion del aborto

Las fuentes de información con las que virtualmente se puede contar en paises como el nuestro, donde no existen registros de abortos, son tres: los registros hospitalarios, los certificados de defunción y las encuestas retrospectivas. Los primeros contabilizan el número de mujeres que se interna en un establecimiento médico por complicaciones derivadas de un aborto, y el número de éstas que fallece por esa causa, en un período determinado, posibilitan la estimación de la incidencia mínima de la mortalidad por aborto, y el cálculo de los costos públicos del aborto ilegal. Entre las limitaciones propias de esta fuente de información, son las más importantes la inexactitud característica de los registros públicos y la selectividad de las mujeres que recurren a centros asistenciales públicos.

Los certificados de defunción también permiten estimar un mínimo de incidencia de la mortalidad por complicaciones derivadas del aborto. Las defunciones por esta causa se añaden al cálculo de la mortalidad materna y generalmente están expuestas a un serio problema de subregistro en virtud del carácter delictivo que la práctica del aborto tiene asignado en la legislación. En la Argentina, las tablas de mortalidad son el único registro continuo y de amplia cobertura que existe sobre el aborto.

Las encuestas retrospectivas permiten seleccionar muestras representativas de una población mayor que se quiere diagnosticar. En este sentido parecen ser la fuente de información que más adecuadamente se ajusta a los requerimientos de una buena estimación de la incidencia del aborto. Pero aun así no dejan de tener limitaciones: en particular, el problema del relevamiento de información confiable, y las dificultades para comparar estas encuestas debido a problemas de diseño de la muestra y de técnicas de relevamiento de información.

El problema de la confiabilidad en el relevamiento de información sobre aborto inducido es quizás el más complejo. En tanto la mayoría de los relevamientos sobre ocurrencias de abortos provocados se producen en el marco de encuestas cara a cara y de carácter retrospectivo, la sinceridad y la memoria influyen considerablemente en la validez de las declaraciones. La sinceridad, como es sabido, interviene particularmente cuando se investiga un tema como el aborto inducido, fuertemente connotado por la sanción social -y legal-. En este contexto, muchas mujeres niegan abortos a pesar de haberse provocado uno o varios. Estos "falsos negativos" existen en todas las encuestas y son muy difíciles de estimar. Pero también hay mujeres que declaran haber tenido abortos que no fueron tales: esos "falsos positivos" no carecen de sinceridad, pero confunden atrasos menstruales con embarazos.

La memoria distorsiona más el número de abortos experimentado por una mujer, particularmente si éste ha sido elevado, que la declaración sobre si alguna vez tuvo un aborto, pues éste es un hecho que no se puede olvidar con facilidad aunque se haya presentado una sola vez en la vida.

La cuestión de cómo calcular la incidencia del aborto está estrechamente relacionada con la cantidad y calidad de información disponible. En principio conviene subrayar que no existe ningún método confiable que haya sido suficientemente probado para estimar -a un costo razonable- la incidencia del aborto y su relación con los riesgos para la salud de la mujer. El aborto es generalmente medido por medio de tasas -que relacionan el número de abortos con la población femenina- y de proporciones -que relacionan el número de abortos con otra serie de episodios reproductivos, como los nacimientos o los embarazos-. La tasa de abortos por 100 mujeres permite evaluar la prevalencia de mujeres con historias de abortos en un momento, dentro de una cohorte, un grupo específico de mujeres, o en el total de población femenina en edad fértil. La proporción de abortos en 100 embarazos indica la práctica del aborto en las mujeres expuestas al riesgo de abortar, esto es, en las embarazadas. Mide claramente el riesgo de abortar en el universo donde puede objetivamente ocurrir este fenómeno.

El aborto es generalmente medido en relación con el tiempo de ocurrencia que se tome en consideración. De allí la diferencia entre incidencia y prevalencia. La primera responde a una medición acumulativa que contabiliza los episodios de abortos a lo largo de la vida reproductiva -parcial o total-de una muestra de mujeres. La prevalencia mide la magnitud del fenómeno del aborto en un período breve, que en general es de un año.

"Yo iba a ir a un particular para hacerme alguna cosa, en realidad no sabía qué hacer, pero mi marido no quería que lo hiciera, yo veía que era muy chiquita la otra nena, pero él se puso firme. Lo hubiéramos podido pagar, pero él no quiso que me lo hiciera."

"Estaba muy preocupada porque no lo tenía previsto, y habíamos iniciado una serie de gastos de arreglo de la casa. En realidad 1,0 sabía qué hacer... no le quería contar a mi marido hasta no tomar una decisión, el aborto fue en realidad una posibilidad antes de tomar una decisión, linalmente me decidí a tenerlo, sobre todo cuando se lo conté a él; porque él lo quiso, y lo quiso... esperando que sea el varon"

"Yo ni pensé en abortar porque mi esposo quería el varón y no podía ni pensar en abortarlo pues tendría problemas con él..."

"Yo le dije a él... que yo podría tenerlo, pero él no quería saber nada con ese embarazo, me dijo que me hiciera un aborto, él me lo indicó y tuve que aceptar..."

"Yo no quería, estaba preocupada porque no quería, pero mi marido decía que si, que si criamos a uno podíamos criar a otro, y el quería que tuviera nomás..."

Esta es la versión que ofrecen las mujeres acerca del procesamiento de la decisión de continuar o interrumpir un embarazo. Aunque esta presentación de los hechos se aleje parcial o totalmente de lo que efectivamente sucede en una pareja frente al conflicto producido por un clima de confusión, indecisión o confrontación entre expectativas diferentes, llama la atención el papel clave que las mujeres hacen jugar a las opiniones del marido en estos procesos de decisión.

La importancia de las otras mujeres de la familia o del círculo afectivo más inmediato -fundamentalmente las cuñadas- se observa claramente en el hecho de que éstas son siempre las que transmiten la información para conseguir algún "idóneo", y proveen la asistencia cotidiana que necesita por unos días la mujer que aborta, hasta su recuperación física y emocional. Ya se trate de la recomendación de una comadrona o de un profesional (partera o médico), la información acerca de su pericia, sus honoraios o su domicilio circula exclusivamente a través de la red de mujeres de la familia o del vecindario.

En cuanto a quiénes realizaron los abortos de las mujeres del estudio, de los 19 abortos provocados sobre los que se cuenta con información, 8 de ellos fueron realizados por doctores, 10 por parteros y uno por una doctora. Todos ellos fueron pagados en moneda.

"Fui a lo de la partera que me dijo mi cuñada y me colocó una sonda y volví a mi casa a descansar hasta que saliera, pero como no salía me impacienté y me fui muy rápido de vuelta, y me puso sobre un tacho con agua hirviendo, con vapor, ahí me senté. Y se ve que como me apuré me hizo mal, sufrí mucho dolor, y mi marido después no quiso saber nada de hacerme otra vez, fue terrible esa vez... no pensé en un médico porque me iba a retar, se iba a enojar conmigo, porque como yo no quería tenerlo, ellos no son para esas cosas, creen que siempre está bien tener, total..."

"Fui a lo de una señora que me dijo que era enfermera, me la recomendó la señora de mi primo, me puso una sonda, pero al sacármela seguía con hemorragia y no se desprendía... yo no soy amante de ir al médico, para interrumpirlo tenía que hacerme un raspaje con un médico, pero me salía mucho. Al hospital no se me ocurrió ir porque ahí no lo hacen. Pero como seguía con las hemorragias fui al Posadas, ahí estuve internada una semana, me hicieron un raspaje y me dijeron que no me hiciera más lo que me había hecho. Yo le dije al médico que me había caído, pero creo que se dieron cuenta igual."

"Fui a una doctora particular y pagué un montón. Primero tomé pastillas para que me bajara, después me di inyecciones, pero nada pasó... pero tuve hemorragias muy fuertes, no tomé otro 'ergotrate', entonces cuando me paró la hemorragia fui al consultorio particular, pero no me dijo nada, se lavó medio las manos, le dije que yo me iba a internar en la Santa Rosa y cuando le dije eso me atendió. Tuve pérdidas como dos meses, todos me aconsejaban que vaya a verla de nuevo pero yo no quería porque todo estaba muy fresquito. Entonces fui al médico de la familia y me dijo que no volviera más a esa doctora."

En el segundo testimonio presentado más arriba aparece desplegada una de las estrategias que siguen las mujeres de los sectores populares -deliberadamente o no- para conseguir la interrupción de un embarazo. No es la primera vez que registramos este relato: la mujer comienza un aborto por propia cuenta o por cuenta de alguna persona no profesional. y termina acudiendo al hospital público para que allí lo completen.

Aborto

El análisis de los patrones de práctica del aborto no parece estar completo si no se los analiza en conjunto con la anticoncepción. Y esto no sólo para conocer las modalidades de regulación de la fecundidad de una población, sino también para poder evaluar en qué medida la anticoncepción resulta un método preventivo que ayuda a reducir el problema público y social del aborto.

Las evidencias recogidas señalan que la coexistencia de las prácticas anticonceptivas y el aborto es una constante en la mayor parte de las poblaciones. Ahora bien, el signo de su relación, esto es, sus respectivas incidencias relativas y el grado de complementación o exclusión con el cual estos métodos son usados por una población, dependen en buena medida de su disponibilidad y accesibilidad. Esto, a su vez, se halla fuertemente condicionado por el contexto legal y cultural dentro del cual las conductas reguladoras de la fecundidad deben voluntariamente llevarse adelante.

En la población del estudio, la incidencia de las prácticas anticonceptivas es mucho mayor que la del aborto: hasta el último embarazo, un 77% de la población de la muestra había usado alguna vez un método anticonceptivo, y un 29,7% de la misma había abortado al menos una vez. Esto indica que las mujeres de este estudio, en su gran mayoría, han ejercido alguna forma de regulación de la fecundidad, ya sea para demorar el nacimiento de su primer hijo, para espaciar la crianza de los hijos o para limitar su número: ocho de cada diez mujeres han preferido la acción preventiva a la estrategia de última instancia que implica la interrupción voluntaria de un embarazo.

En cuanto a la relación entre ambas modalidades de regulación de la fecundidad se observó que las mujeres usuarias de anticonceptivos abortaron más que las mujeres no usuarias: mientras tres de cada diez mujeres usuarias de anticonceptivos abortaron alguna vez, sólo una y media de cada diez no usuarias tuvo un aborto.

Esto nos lleva a pensar en la existencia de una relación predominantemente complementaria entre ambos métodos de regulación de la fecundidad. Y para esto resulta significativo preguntarse cuál es el impacto que tiene la calidad de uso de los métodos anticonceptivos sobre la incidencia del aborto. Para eso analizamos el comportamiento de dos indicadores. Por un lado, dentro del grupo de las usuarias comparamos la intensidad de uso de anticonceptivos entre las que abortaron y las que no lo hicieron. Dicha comparación mostró que las mujeres abortantes tienen una media de intensidad de uso de anticonceptivos a lo largo de su vida sexual sensiblemente menor que las mujeres no abortantes. Mientras que las usuarias y abortantes tienen una media del 58,6% de su período de exposición al riesgo de quedar embarazadas bajo anticonceptivos, las mujeres usuarias y no abortantes tienen una media del 70,6% de su tiempo de exposición al riesgo, bajo anticonceptivos.

En segundo lugar, comparamos la variabilidad del método anticonceptivo usado por las mujeres abortantes y por las no abortantes: las primeras mostraron tener una variabilidad mayor que las segundas. Mientras el 60% de las usuarias y abortantes recurrieron a más de un método anticonceptivo, el 40% de las usuarias y no abortantes usaron más de uno. Visto de otra manera, mientras el 28% de las mujeres que usaron un solo anticonceptivo recurrieron al aborto, el 40% de las mujeres que usaron más de uno tuvieron un aborto. Estos datos muestran que las mujeres usuarias y abortantes se diferencian de las usuarias y no abortantes en dos atributos: en el hecho de ser más discontinuas en el uso de anticonceptivos. y en el hecho de tener una variabilidad mayor, o sea, una intercambiabilidad de anticonceptivos mayor.

En consonancia con la literatura, la inclinación y la apelación efectiva a la anticoncepción tienden a asociarse positivamente con el aborto, lo cual nos habla de la coexistencia y el refuerzo recíproco de ambos procedimientos de control de la natalidad en la población. Esta asociación entre los dos comportamientos (uno preventivo y otro post-fáctico) tiene a nuestro entender una clara lectura: la voluntad de regular la fecundidad es firme, y el recurso de la anticoncepción -obviamente mucho más inocuo que el aborto provocado- está siendo mal utilizado. Esta interpretación está sostenida por otros datos revelados por esta misma investigación: una alta discontinuidad en el uso de métodos anticonceptivos, una alta prevalencia de métodos "tradicionales" (como el coitus interruptus), una alta rotación en el uso de métodos, una ausencia muy significativa de la palabra médica para la orientación, información y prescripción de anticonceptivos, y una gama amplia de equívocos acerca de modalidades de uso, entre los más significativos.

Al trabajar sobre el aborto debimos enfrentar gran parte de los mismos escollos que han debido sortear otros investigadores. En nuestra tarea hallamos difíciles problemas relacionados con la confiabilidad de la información, el cuidado ético de las respuestas, la construcción de un encuadre facilitador en la entrevista, la medición de la incidencia, la evaluación de los datos de un estudio cualitativo.

Las tasas y proporciones que pudieron calcularse no parecen ser ni exageradamente altas ni exageradamente bajas. De todos modos no resulta imprescindible una justeza absoluta en las mediciones para saber -y convencerse- que el aborto es hoy día un problema agudo de la salud de nuestra población. Los efectos de la legislación restrictiva y de la ausencia de asistencia en anticoncepción se distribuyen muy desigualmente en nuestra sociedad: de esta manera los mayores costos, riesgos y dificultades recaen sobre las mujeres más desprotegidas. Las últimas estadísticas sobre mortalidad materna muestran que el aborto provocado es causa de más de un tercio de las muertes derivadas de complicaciones del embarazo, parto y puerperio (Argentina, MSAS, DNMI, Programa Nacional de Estadísticas de Salud, Serie 8 Nº 4.1987). Y sabemos que estas defunciones son en una abrumadora mayoría de los casos, absolutamente evitables.

Por último, los testimonios aquí presentados -producto de la confianza y sinceridad de las mujeres entrevistadas, a quienes agradecemos una vez más- nos han mostrado que el aborto es una experiencia ambigua por las emociones que la acompañan, controvertida en los juicios éticos que despierta, contradictoria en el reconocimiento social que despierta, pero fundamentalmente "dura de sobrellevar".

La anticoncepción y el aborto ante la ley argentina

En el año 1974 se promulgó el decreto Nô 659/74 por el cual se "prohibía el desarrollo de actividades destinadas, directa o indirectamente, al control de la natalidad", y se programaba "llevar a cabo una campaña intensiva de educación sanitaria a nivel popular que destaque los riesgos de las prácticas anticonceptivas". En el año 1977, el gobierno militar ratificó este decreto incluyéndolo en lo que denominó una Ley de Población (D. 3938/77). En el proyecto de dicha ley se establecía la necesidad de "tender al incremento del nivel de fecundidad mediante una política que facilite la constitución de la familia (...) y eliminar las actividades que promueven el control de la natalidad" - Congreso de la Nación Argentina, Dirección de Información Parlamentaria, 1984.

En diciembre de 1986 el Poder Ejecutivo del gobierno democrático promulgó el decreto N° 2274 por el cual se derogó el citado más arriba y se decidió que "el Ministerio de Salud y Acción Social, a través de las Secretarías de Salud y Desarrollo Humano y Familia, según sus respectivas competencias, promoverá acciones tendientes a mejorar la salud de la madre y el niño y fortalecer y desarrollar la familia, en su carácter de célula básica de la sociedad. Para ello se realizarán las tareas de difusión y asesoramiento necesarios, para que el derecho a decidir acerca de su reproducción pueda ser ejercitado por la población con creciente libertad y responsabilidad" - Sin embargo, pese a la existencia de algunas iniciativas privadas, no se han organizado hasta el presente servicios de asistencia en materia de anticoncepción en ámbitos oficiales.

El Código Penal argentino se refiere al aborto como un delito contra la vida y contra la persona, y penaliza tanto al tercero que lo provoca como a la mujer que se lo provoca a sí misma o que se deja asistir. Al mismo tiempo, en su artículo 86 establece algunas condiciones especiales bajo las cuales se despenaliza un aborto: "el aborto practicado por un médico diplomado, con el consentimiento de la mujer encinta no es punible: 1) si se ha hecho con el fin de evitar un grave peligro para la vida o la salud de la madre, y si este peligro no puede ser evitado por otros medios y 2) si el embarazo proviene de violación por la cual la acción penal haya sido iniciada. Cuando la víctima de la violación fuere una menor o una mujer idiota o demente, será necesario el consentimiento de su representante legal" (Código Penal, artículos 85, 86, 87 y 88) - La ley argentina no especifica qué entiende por aborto ni se refiere a los medios o maniobras abortivas. Para ésta, el bien jurídico protegido es la vida del feto: "La mujer que lo ha consentido no es jurídicamente víctima, sino que lo es el feto, pues la vida de éste es el único bien protegido; el daño a la madre que pudieran aparejar las maniobras dolosas de un tercero no está protegido, pues aquella inviste una sola calidad: la de victimaria" (Código Civil, cap. 3-4-62, La Ley, 108-740).

Lecturas Sugeridas

CALANDRA D. y otros, Aborto. Estudio clínico, psicológico, social y jurídico. Buenos Aires, Editorial Médica Panamericana. 1973.

DAVID H.P., "Abortion: its prevalence, correlates, and costs", en R. Bulatao y R. Lee (eds.) Determinants of fertility in developing countries, New York, Academic Press. 1983. V. 2: Fertiliy regulation and Institutional influences, p. 193-244.

LLOVET J.J. y RAMOS S., La práctica del aborto en los sectores populares, Documentos CEDES N° 4, Buenos Aires,1988.

RAMOS S.E., Maternidad en Buenos Aires: la experiencia popular, Buenos Aires, Centro de Estudios de Estado y Sociedad, 1983 (Estudios CEDES.)

TIETZE C. y HENSHAW S.K., Abortion. A World Review, The Alan Guttmacher Institute, New York. 1986.

Silvina Ramos

Silvina Ramos

Centro de Estudios de Estado y Sociedad.