La Infancia en las Ciudades

por para Ciencia Hoy el . Publicado en Número 2.

Cómo se hace para construir todos los años una nueva ciudad de 700.000 ó ,500.000 habitantes, alrededor de una aglomeración de 18 ó 15 millones de personas o en los espacios sin ocupar que aún existen en su interior? ¿Cómo se hace para mantenerla en funcionamiento y administrarla? Nadie lo sabe y, sin embargo, ésa es la pregunta que deben hacerse los políticos, los técnicos, los empresarios y la población de ciudades como México y San Pablo. Tampoco sabrían hacerlo los políticos, técnicos, empresarios y población de las economías técnicamente más avanzadas del mundo con acceso a formidables capitales y tecnologías de los que carecemos en América latina.

¿Cómo se hace para diversificar y aumentar la producción de decenas de miles de pequeños pueblos y ciudades rurales, muchos de ellos ubicados en paisajes gastados pero majestuosos, aislados dentro de culturas que a pocos les interesa comprender y ayudar a pesar de que buena parte de nuestra historia tiene allí sus raíces? Nadie lo sabe y tampoco son muchos los que se esfuerzan por saberlo.

Estos contrastes sintetizan buena parte del drama de América latina, un continente caracterizado por el desequilibrio: desequilibrio en la composición de su población predominantemente joven; desequilibrio en la distribución de su población con un creciente grado de concentración; desequilibrio en el desarrollo regional de cada país, entre áreas rurales y urbanas, y entre sectores de una misma ciudad; desequilibrio en muchas vidas de pobre y pocas vidas de rico. Mientras en los países económicamente más desarrollados las diferencias entre ciudad y suburbio, pequeña ciudad y pueblo rural, son cada vez menos sostenibles, las similitudes entre vida urbana y rural se acentúan; en los países de América latina estas diferencias no disminuyen y parecen, por el contrario, acentuarse.

Infancia

En 1980 más del 40% de la población de esas ciudades y pueblos de los países de América latina en conjunto tenía 14 años de edad o menos; 64.2 millones tenían entre 6 y 12 años de edad y estaban en edad escolar. Una proyección al año 2000 estima en 226 millones la población de América latina con 14 años de edad o menos y en 100 millones la población en edad escolar.

Los niños constituyen una presencia en el paisaje urbano y rural de América latina, especialmente en las calles, baldíos y escuelas de los barrios humildes, y en los pueblos rurales pobres. No es necesario recurrir a estadísticas detalladas para comprender muchos de sus problemas e imaginar la presión que su número ejerce en los servicios de una ciudad para satisfacer sus necesidades esenciales.

Las ciudades no constituyen un medio ambiente homogéneo. Existe en cada ciudad una gran variedad de situaciones. Esto es particularmente importante cuando se considera el impacto del ambiente físico y social en la felicidad de los niños y de los adolescentes.

Dada la rápida y acentuada artificialización del ambiente urbano, que en muchas ciudades de América latina está aún fragmentariamente unido a cadenas alimenticias y a ingresos rurales estacionales, a veces lejanos, los migrantes aparecen como seres sin raíces y sus hijos están condicionados a convertirse en personas que no pertenecen a ningún lugar.

Las proyecciones para el año 2000 nos indican que la heterogeneidad, el desequilibrio y la asimetría continuarán profundizándose. El esperar, evidentemente, no producirá soluciones. Es necesario, entonces, que nos dispongamos a cambiar la orientación actual y pensar sobre cómo actuar en favor de una calidad de vida más justa y equilibrada para todos, particularmente para los niños en una etapa de sus vidas en la que comienzan a interpretar el mundo. El lugar y el grupo social en el que crece el niño latinoamericano afectan profundamente su presente y su futuro, en una dimensión que no alcanzamos a comprender en su real magnitud.

Los latinoamericanos viven cada vez más en un ambiente urbano. Para tres de cada cuatro latinoamericanos nacidos en 1980, sus experiencias básicas serán en el futuro esencialmente urbanas. La gran mayoría pasará su vida entera en ciudades con ninguna o escasa idea de lo que significa vivir en el campo. Para un número significativo su experiencia cotidiana, semana tras semana, mes tras mes, año tras año, será la de una existencia de privaciones en una villa miseria o en un conventillo. A comienzos de la década de 1970, el 40% de las familias de América latina -26% de las familias urbanas y 60% de las familias rurales- fueron clasificadas como pobres y, entre ellas, la mitad eran indigentes. No son sólo los clasificados como pobres o indigentes los que carecen de posibilidades de acceder a una vivienda y servicios adecuados. El porcentaje de la población de América latina que vive en hábitat urbanos con serias deficiencias, hacinada o en viviendas inadecuadas, es bastante más alto. Entre los que viven en esas condiciones hay decenas de millones de niños. Son los que más sufren privaciones, ya que la falta de un ambiente social y físico adecuado tiene impacto en su crecimiento biológico y mental, y puede condenarlos a una existencia con reducidas oportunidades y servicios.

Cada ciudad de América latina incluye en sí misma dos ciudades: la ciudad de los que pueden pagar y la ciudad de los que no pueden pagar, la ciudad legal y la ciudad ilegal, la ciudad oficial, desde el punto de vista laboral, y la ciudad informal, la ciudad limpia y la ciudad sucia... Estas "subciudades" han ido formándose de un modo simultáneo y una se sirve de la otra.

Muchos niños de esas familias están también condenados a la ilegalidad. Comienzan a trabajar a los seis o siete años sin haber asistido jamás a la escuela o abandonándola, porque sus ingresos pueden incrementar hasta en un 25% los ingresos familiares. Estos son actos ilegales en todos los países de América latina.

Esa ciudad diferenciada pero interconectada refleja la distribución de las clase sociales con ingresos desde muy altos a muy bajos en el espacio urbano y en esto queda, obviamente, incluida la infancia; muchos de los sujetos a una baja calidad de vida son los niños. Existen serias desigualdades en la calidad del hábitat urbano en general, y de las viviendas en particular, entre los diferentes barrios de una ciudad. Nada revela más tangiblemente las diferencias entre clases sociales que la calidad del hábitat y de la vivienda.

Ellas reflejan, a simple vista, las diferencias de ingresos, los tipos de empleo, las formas de traslado a los lugares de trabajo y los horarios de los jefes de familia. Profundizando encontramos diferencias en la alimentación, la forma de vestirse, la calidad y acceso a los servicios educacionales y de salud, y las formas de recreación, así como el estímulo y cuidado de dedicación a cada integrante de la familia, y el tiempo disponible para la comunicación. La diferencia entre los barrios humildes y prósperos, entre los muy pobres y muy ricos, se ve en el use de las calles, en las veredas y hasta en los árboles. Donde vive la mayoría de los niños y los jóvenes, la precariedad es enorme. Los peligros se multiplican y el abandono a la propia suerte nada tiene que ver con la imagen rousseauniana del pequeño salvaje en libertad.

No conocemos ningún estudio de una ciudad de América latina que refleje con cierto detalle las diferencias en la calidad ambiental de los distintos barrios y que los relacione con la situación de la infancia. Hay barrios donde se acumulan deficiencias que ponen en mucho mayor peligro que en otros la sobrevivencia de los niños. Las tasas de natalidad y mortalidad globales y las causas de mortalidad de los niños se diferencian según los barrios; sus enfermedades, escolaridad, acceso a la información, nutrición, peso y altura, e inserción en la estructura laboral también.

Para millones de niños la idea del mundo se reducirá durante los años formativos de sus vidas a su percépción del barrio donde viven y del entorno inmediato. Las actividades que desarrollan en el barrio moldearán su comportamiento y su forma de relacionarse con la comunidad. La microsociedad barrial interviene en ese proceso de desarrollo de muchas maneras; las actividades que realizan sus integrantes y el sistema de valores compartido pueden ampliar o restringir en los niños su percepción de la realidad, de lo que puede ser modificado, en fin, de su valor como persona y de su derecho a opinar, aspirar y protagonizar en la vida.

Infancia

La pobreza y el hábitat humano que resulta de ella conducen con frecuencia a adoptar entre los miembros de la familia prácticas reconocidas como equivocadas pero difícilmente evitables. La coexistencia familiar en la pobreza está sometida a serias tensiones. Relata Paulo Freire su conversación con el padre de una familia que vivía en una "favela" de Recife. Freire criticaba los castigos corporales infligidos a los niños, no sólo por el dolor físico sino fundamentalmente por el sentimiento de "no amor" que causa en ellos. El padre le respondió así: "En casa somos nueve; mujer, siete hijos vivos y yo; todos en un cuarto. Cuando llego del trabajo todos lloran; el que no está enfermo llora de hambre, todos de frío. No hay remedios ni comida ¿Cómo los hago callar, doctor? Al otro día a las cuatro de la mañana tengo que volver a trabajar y preciso dormir un poco. A palos, doctor, con 'conversa' no alcanza, doctor..." El padre, como el pueblo, entendía lo que Freire decía, pero sus urgencias eran otras.

Una vivienda hacinada, ruidosa y sucia, sin agua corriente ni privacidad, en un barrio formado por otras viviendas similares, apretadas unas contra otras, acentúa los conflictos entre los miembros de una familia y entre vecinos. Sus comportamientos personales son, con frecuencia, incontrolados debido a las tensiones que agrega un hábitat totalmente inadacuado a situaciones económicas y laborales de total incertidumbre. Muchas rupturas familiares tienen origen en los malos tratos que se infligen entre sí miembros de una familia. La gran mayoría de los millones de niños que viven sin vinculaciones familiares en las calles y en los refugios improvisados de las ciudades de América latina provienen de los hábitat de la pobreza y de los comportamientos que estos provocan: una mala vivienda y un hábitat inadecuado no sólo crea tensiones, sino que afecta la actividad de los miembros de la familia hacia la comunidad en general.

Los niños son los primeros afectados por una mala vivienda y un entorno deficiente. Un sitio adecuado y el acceso al agua potable para beber, cocinar y lavar disminuyen notablemente la incidencia de las diarreas infantiles, la fiebre tifoidea, las hepatitis infecciosas y el cólera. Un sitio alejado de áreas pantanosas o periódicamente inundables, y libre de los estanques que forman los desagües de las lluvias y los drenajes domiciliarios sin canalizar, reduce la incidencia de la malaria, la fiebre amarilla, la encefalitis y la enfermedad del sueño. Viviendas mejor ventiladas, pero abrigadas y menos hacinadas, reducen la incidencia de las enfermedades respiratorias. Viviendas con techos y paredes construidos con materiales adecuados disminuyen el problema de las enfermedades transmitidas por insectos como las vinchucas, vectores del mal de Chagas.

Infancia

Los factores ambientales en general y la vivienda en particular influyen en la salud física, mental y social de los niños. La escala y el grado de su influencia varían con el tipo de hábitat y, por consiguiente, con las necesidades insatisfechas de cada sector de la población. Cualquiera sea su grado de incidencia clasifica a cada niño, desde el inicio de su vida, sujetándolo a una existencia con posibilidades muy diferentes que son consecuencia directa de la familia donde nació y del hábitat en que esa familia vive. El hábitat de la pobreza tiene un costo social que impacta especialmente en los niños.

La inserción de los niños en un nuevo ambiente urbano es, por lo general, difícil. La densidad del barrio adquiere una dimensión insospechada; las causas de accidentes son distintas; la familia ampliada se reduce al grupo nuclear o a un grupo aún más reducido. En muchos casos el niño expresa su resistencia al cambio sumiéndose en la tristeza y el aislamiento o expresando hostilidad.

La experiencia migratoria sacude profundamente la identidad de los niños. La imagen que se forma de grupo de pertenencia -padres y comunidad de origen- adquiere otro carácter al comparar su nivel de vida con lo que la escuela y los medios de comunicación de masas le señalan como correcto y deseable. Esto hace que visualice a su familia como fracasada y genere la pérdida de la autoestima y la confianza.

El niño está abierto al mundo. Su capacidad para experimentar está acentuada por su sensibilidad al color, al ruido, a los olores y al gusto, por su desbloqueada emotividad que, frecuentemente, guía sus juicios, "exageradamente" realistas para muchos adultos. Su percepción de la calle en que vive, de su escuela, y vivienda, de sus cuartos y de su barrio son fundamentales para "repensarla ciudad" y, agregamos, la sociedad.

Infancia

Para muchos políticos, planificadorcs y estudiosos, los niños son simples números. Tal vez sea así porque los niños son realmente muchos. Tal vez porque para comunicarse con los niños hay que encontrar a las personas adecuadas. Tal vez porque el propósito de muchas instituciones que trabajan con niños es mantenerlos primero vivos, para luego enseñarles a leer y escribir durante unos pocos años. Pero de algo estamos seguros: quienes tienen poder para decidir sobre la forma de construir una ciudad pueden aprender de los niños muchas cosas esenciales si se acercan a ellos con respeto y ánimo suficientes como pare aceptar críticas a veces demoledoras.

A los niños les gusts hablar de la calle, de la plaza, de su lugar en la vivienda o de su cuarto, del patio, de los espacios abiertos de su barrio y de los baldíos, espacios todos cercanos a sun viviendas, donde realizan actividades no programadas. Les gusta hablar de otros niños y de los ancianos con quienes comparten las plazas y los lugares protegidos. La calle y el baldío son la extensión natural de las viviendas hacinadas y precarias en que viven muchos niños. Los niños son sensibles a la vida en las calles y a sus peligros. En una experiencia que hicimos a comienzos de esta década, en el Barrio Sur de Buenos Aires, un niño de diez años dibujó una calle de perfil, con autobuses y camiones de tamaño desproporcionado a la altura de las casas que enmarcaban esa calle, y se dibujó a sí mismo en escala diminuta. Otro dibujó una calle, también de perfil, con un hombre peligroso en una esquina. Y otro dibujó una calle vacía a inmensamente ancha en relación a la altura de las casas, con las líneas de edificación tendiendo a converges en un punto indefinido y muy lejano. Esos niños expresaron el peligro que representaba la calle, su espacio de desahogo y de convivencia con otros niños, y su competencia por el uso de la misma con los vehículos automotores. En estos casos, los dibujos representaban realidades del barrio en que vivían y urgencias de su vida cotidiana.

Las pocas experiencias realizadas para comprender la visión que tienen los niños pobres, de barrios consolidados, de su medio ambiente, se han realizado con escolares, peso en América Latina muchos niños tienen escasa educación formal, lo que hace dudar sobre la representatividad de esos ejemplos.

Infancia

Muchos dibujos de niños, preparados como parte de una experiencia programada, no representan realmente el lugar donde viven o sus experiencias cotidianas, sino que interpretan o copian, en la mayoría de los casos, lo que ven en las revistas y en los libros escolares como, por ejemplo, casas con chimeneas y barrios jardines.

La visión de los niños de las villas miserias suele ser más directas, menos influenciada y por lo tanto más realistas. Las diferencias en la representación parecen reflejar grados de escolaridad y también de influencia de los medios masivos de comunicación. El niño pobre de un barrio consolidado suele representar una ciudad enseñada, un barrio donde no vive y que desconoce. Los niños de barrios con muchas casas antiguas y mal conservadas prefieren, en sus representaciones, las casas en estilo "modernístico" y consideran de mal gusto las casas centenarias. Max Neff, trabajando hace unos años en Tiradentes, un pueblo colonial en el estado de Minas Gerais, Brasil, llegó a esta conclusión. En nuestro análisis del Barrio Sur de Buenos Aires tuvimos resultados parecidos. En ambos casos la explicación surgió de las conversaciones con los niños que habían hecho los dibujos; las casas antiguas eran asociadas con la pobreza, los que viven en cases nuevas no padecen las mismas privaciones. Los niños alertaban sobre un aspecto esencial: la conservación y rehabilitación de un ambiente urbano decaída o en decaimiento comienza por el mejoramiento de la calidad de vida de sus habitantes.

La experiencia de los niños debería incluso llevarse al nivel del diseño de los edificios y la estructuración de los programas. Para los niños de Tiradentes la escuela era "una cosabuena" pero a la vez rechazaban el autoritarismo del maestro y expresaban su desagrado por el edificio escolar porque no tenía ni árboles ni flores y no podían pintar en sus paredes, porque no recibían clases de pintura, ni con instrumentos musicales, ni de horticultura, y porque la escuela no tenía una biblioteca con libros adecuados para ellos. Los alumnos más pobres, muchos de ellos de reciente arribo a la ciudad desde un área rural "querían almuerzos y formas de genes dinero". Los niños de nuestra experiencia en el Barrio Sur estaban disgustados con los nuevos edificios de algunas escuelas públicas, construidas recientemente a un costo elevado, porque estaban diseñadas de tal manera que los patios quedaban aislados de la calle y eran clausurados con rejas durante los días y horas en que no funcionaba la escuela, privándolos de lo que consideraban una extensión de la calle y la vereda, su lugar natural de juegos y experiencias. En cambio, preferían un viejo edificio escolar dirigido por un grupo religioso, con su gran patio arbolado y con plantas y abierto durante las horas en que podían jugar.

En algunas de estas experiencias la visión de los niños de families de origen urbano parece ser más optimista, más antipaternalista, más colectivista y más antiautoritaria. En cambio, los niños de families de origen rural parecen estar más preocupados por cuestiones esenciales, como la comida, el agua y el miedo a la mendicidad. Los primeros están también más preocupados por la violencia y la disponibilidad de campos de juego y de deportes, y por un medio ambiente mejor. Las experiencias desarrolladas para captar las impresiones que tienen los niños de su hábitat son pocas y aisladas. El material disponible es absolutamente insuficiente.

Es necesario crear nuevas formas para aprender de los niños a construir una ciudad mejor y todo esfuerzo que se haga en esa dirección enriquecerá a quienes oficialmente la diseñen, la financien, la construyan, la administren y, obviamente, a quienes la usen.