Etica e Investigación Científica

para Ciencia Hoy el . Publicado en Número 33.

Discusión de las normas de la investigación científica y su aplicación a las condiciones vigentes en la Argentina.

Diversos temas relacionados con las normas de la investigación científica y su práctica fueron considerados en la mesa redonda realizada el 11 de mayo de 1995, en el marco del VII Congreso argentino de microbiología. Participaron Rafael Braun, Patricio J. Garrahan y Alejandro Paladini.

Actuó como coordinador Samuel Finkielman. Varios asistentes intervinieron en el debate. Por rozones de espacio, se han seleccionado sólo algunas de sus preguntas, las que, para simplificar el relato, están identificadas en lo que sigue, sencillamente, con la palabra público.

Finkielman: Antes de entrar en tema, permítanme agradecer a la comisión organizadora de este congreso, en especial a las doctoras Estela González Cappa y Silvia Predan, las tareas de preparación de la mesa redonda, que quizá me hubiesen correspondido a mí, por haber aceptado la función de coordinador. Los integrantes de la mesa, en orden alfabético, son: el padre Rafael Braun, sacerdote católico, doctor en filosofia de la universidad de Lovaina y director de la revista Criterio; Patricio Garrahan, doctor en medicina de la UBA, profesor titular plenario de fisicoquímica biológica de la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la UBA, investigador superior del CONICET y editor de Ciencia Hoy, y Alejandro Paladini, doctor en bioquímica de la UBA, profesor emérito de la misma universidad y también investigador superior del CONICET.

Vivimos un tiempo de incertidumbre moral. Los descubrimientos científicos y sus consecuencias tienen cierta responsabilidad por ese estado en que nos encontramos. Hace cien años, Wilhelm von Röntgen descubrió los rayos X, uno de los primeros aportes de la tecnología a la medicina del siglo XX. Un año después, casi todos los buenos hospitales europeos tenían aparatos de rayos X. En quince años, la innovación llegó a la Argentina. Desde entonces y hasta la aparición en el mercado del comprimido llamado 846 -también producto de la investigación científica-, que provoca el aborto casi sin otras consecuencias, han sucedido muchas cosas. La manipulación del átomo permitió construir centrales para generar energía, pero también dio lugar a bombas de inédito poder destructivo y multiplicó los riesgos de la radiación; la manipulación del genoma abrió la posibilidad de la terapia génica, pero también de crear monstruos; y la manipulación de células llevó a la fecundación in vitro. Estas novedades han alterado la conducta humana y los criterios según los cuales se juzgaba que las cosas eran buenas o malas.

Los conflictos morales vinculados con la ciencia no son nuevos. En Sicilia, en el siglo V antes de Cristo, los pitagóricos descubrieron que la hipotenusa de un triángulo rectángulo isósceles no es medible por el cateto. El hallazgo les pareció irracional -los números relacionados con esa operación se llaman, todavía, irracionales- y lo mantuvieron oculto todo lo que pudieron, por el temor a las consecuencias perniciosas de hacer saber que el mundo no es racional. También hubo problemas morales relacionados, por ejemplo, con la realización de autopsias humanas, que se practicaban en Alejandría, alrededor de doscientos años antes de Cristo, pero después se prohibieron. Galeno no pudo hacerlas y su anatomía era la del cerdo y el mono trasladadas al hombre.

Uno de los aspectos de la moral científica es la actitud del investigador para con su trabajo, cuya índole es bastante difícil de comprender porque, generalmente, una obligación ética es el resultado de una relación entre personas y no entre una persona y su trabajo. No hay muchos que se hayan ocupado del asunto. El sociólogo norteamericano Robert K. Merton, al referirse al científico, dijo que sus virtudes deben ser la honestidad intelectual o veracidad, la impersonalidad y el desprendimiento, entre otras. En los códigos antiguos, la obligación de decir la verdad sólo regía cuando se daba testimonio ante un juez, porque en tal caso el valor en juego no era la verdad sino la justicia. Decir la verdad no es uno de los mandamientos del Deuteronomio, libro que íntegra el Pentateuco o la parte de la Biblia que contiene la ley judía o Torá. La verdad es la virtud específica del científico ante los hechos. Pero yo no debo seguir hablando. Dejemos la palabra a los demás integrantes de la mesa, empezando por el doctor Paladini.

Paladini: Me voy a ceñir al ámbito de la ciencia básica, en el que he actuado toda mí vida. Trataré que mis opiniones sean lo más objetivas posibles, pero aun las que podrían considerarse más personales probablemente coincidan con las que normalmente sostiene la comunidad científica mundial. Acerca de la ética científica, Harold Varmus, director de los National Institutes of Health de los Estados Unidos, dijo recientemente (diciembre de 1994): en los ultimas diez años, mi actitud en esta materia ha cambiado considerablemente. Hubiera dicho antes que la ciencia se corrige sola y que la sociedad debe dejarnos tranquilos. Ahora pienso que las faltas éticas en la ciencia constituyen un problema real, que merece toda la atención pública que está teniendo. ¿Qué cambió? Según Bruce Alberts, presidente de la National Academy of Sciences del mismo país, y Kenneth Schein, que encabeza el instituto de medicina de dicha academia, factores internos y externos explican el cambio. Los segundos se vinculan con la circunstancia de que los científicos deben rendir cuentas del dinero que gastan; en los EE.UU. se calcula que alcanza a unos cien dólares por habitante, valor que podría descender a unos veinte entre nosotros [Nota de los editores: las cifras se refieren sólo a la investigación académica o básica; si se computan todas las formas de actividad científica, en los EE.UU. se invierten unos 600 dólares anuales por habitante, pero el valor argentino no cambia porque aqui todo el gasto es en investigación básica]. La sociedad, que paga, exige que los fondos se gasten bien. Los factores internos provienen de la fuerte competencia por los cargos, los recursos y el reconocimiento personal de los investigadores.

La atención pública tiende a enfocar los casos más dramáticos de inconducta; por ejemplo, entre nosotros tuvieron gran repercusión la malpraxís médica y la falsificación de datos que formaron parte del caso crotoxina; o las muertes por productos farmacéuticos tóxicos en el caso propóleos. En el mundo entero se debate, en estos momentos, el uso experimental de embriones humanos y el aprovechamiento para fines no médicos del conocimiento del genoma humano (véase Ciencia Hoy, 32:49-72). Sin embargo, existen otros casos, asociados con niveles más modestos de inconducta, que son igualmente dañinos para la integridad de la ciencia, pues violan valores considerados básicos por la comunidad científica internacional. Me refiero a prácticas cuestionables en la adjudicación de subsidios, el uso de los datos de investigación, el respeto por la propiedad ntelectual, el manejo de los institutos, la dirección de becarios, etc.

La responsabilidad de los científicos maduros en la detección y corrección de la inconducta científica es fundamental: ellos son los modelos que siguen los estudiantes y los investigadores jóvenes. Asegurar el respeto de normas científicas correctas no es tarea que deba dejarse en manos de los administradores de la ciencia. Alberts y Schein enumeran algunas de aquellas responsabilidades: ¿damos un buen ejemplo?, ¿hacemos todos los esfuerzos para citar a quienes nos han dado ideas?, ¿reconocemos adecuadamente las contribuciones de nuestros estudiantes?, ¿valoramos la calidad antes que la cantidad de publicaciones al juzgar la producción de alguien?, ¿reconocemos los méritos de los profesores que se destacan en la enseñanza y como guía de estudiantes, así como en las tareas de administración académica? Ante un caso de fraude o de mala calidad del trabajo cientifico, ¿procedemos con imparcial severidad o queremos ocultar los hechos debido a sus consecuencias?

Si no actúan los propios investigadores, dicen los nombrados, otros lo harán por ellos y el resultado será una actividad científica ahogada por rígidas normas legales, penuria financiera y dictadura burocrática. Si la investigación científica es hostigada por exceso de papeleo y reglamentaciones, la mayor parte de la creatividad que la acompaña desaparecerá y los jóvenes más talentosos no querrán dedicarse a una de las profesiones más importantes para la sociedad.

Ciertas encuestas locales de opinión indican que las faltas éticas de los científicos son desconocidas por el hombre común. En 1994, la firma Gallup interrogó al público acerca de los ámbitos afectados por la corrupción en la Argentina; las respuestas mencionaron a políticos, funcionarios, sindicalistas, jueces, policías, etc., pero no se registró ninguna referencia a los científicos -como, por otra parte, era de esperar, por la imagen imprecisa pero idealizada que estos evocan en el hombre común-.

Posiblemente, la praxis médica sea la más abundante en ejemplos de conductas éticamente cuestionables. El celebrado caso de la crotoxina, bien conocido, podría consíderarse paradigmático, pues no es raro que un tratamiento de eficacia no probada se libre al público, lo que viola claras y estrictas normas médicas.

Tampoco son desconocidas entre nosotros la experimentación con seres humanos no advertidos adecuadamente, o con partes de humanos obtenidas sin su autorización, las que deben considerarse faltas graves, e incluso pueden serlo a pesar de mediar permiso del paciente. También, la conservación de embriones humanos y, con mayor razón, su uso experimental están severamente cuestionados. En otros paises, hasta la experimentación con animales está cada vez más restringida; por ejemplo, hace poco se estableció en los EE.UU. la prohibición de hacer ayunar 48 horas a una rata, con lo cual determinados experimentos no se podrán realizar.

Hay situaciones menos conocidas, no sencillas de resolver. En un simposio reciente sobre etnofarmacologia, científicos mexicanos y africanos sugirieron eludir etapas preclínicas en los ensayos de drogas naturales de uso folklórico. Fundaron su propuesta en que la ciencia del primer mundo no se ocupa de tales productos, o es muy lenta, y tomar ese atajo podría ayudar a los pueblos pobres. Pero los peligros de tal iniciativa fueron puestos dramáticamente de manifiesto en los EE.UU. por la autorización de la Food and Drug Administration de tratar enfermos de sida con drogas no totalmente seguras: los mismos enfermos pidieron que se derogara el permiso por las muertes prematuras ocurridas.

Mencionemos específicamente ciertas faltas éticas relacionadas con la producción científica, como descartar, al publicar resultados de investigación, datos negativos para la hipótesis que se pretende demostrar. Otra transgresión es subdividir los resultados de un único conjunto de experimentos, para publicar más y así aparentar un trabajo mayor que el realmente hecho: en general, los editores de revistas serias se ocupan de vigilar que ello no suceda, otros temas que, para mi, son éticamente cuestionabíes son cambiar constantemente de línea de investigación, siguiendo las modas; o hacer una aplicación rutinaria de un mismo método básico, que enriquece indudablemente la casuística pero no hace avanzar mucho la ciencia; o, entre las faltas éticas vinculadas con los pedidos de subsidios, de las que todos somos un poco culpables, solicitar más dinero del necesario, o equipos complejos que se usaran poco, o improvisar investigaciones sobre temas de moda o de repercusión local, que resultan atractivos a quienes decidirán la adjudicación de fondos, para aumentar la probabilidad de obtener apoyo (subordinar la creatividad a factores externos sólo se justificaría en época de guerra o de epidemia).

Entre las faltas éticas de directores de institutos mencionaré el no estar presente en la sede; figurar como autor de todos los trabajos que se publican o se envían a congresos, sin haber participado efectivamente en su elaboración; no cumplir adecuadamente con las responsabilidades directivas o ejercerlas autoritariamente, sin dar participación a los integrantes de la entidad; el promover a los sumisos u obsecuentes en lugar de a los mejores. Entre las que cometen los responsables de grupos de investigación están el no concurrir diariamente al laboratorio; tener más becarios que los que se puede guiar y formar; encarar más investigaciones que las que se puede atender personalmente y, en consecuencía, depender excesivamente del trabajo de estudiantes y personal técnico de apoyo, a los cuales, en compensación y de manera independiente de su capacidad para el trabajo original, se ayuda a progresar (por ejemplo, a obtener grados doctorales).

Son faltas éticas generales el presentar resultados demasiado preliminares en congresos, para inflar los antecedentes del presentante (origen del exceso de comunicaciones a congresos con relación al número de trabajos publicados en revistas en el mismo período); enviar comunicaciones a congresos sólo para que aparezcan en las actas y no concurrir a la reunión; violar el secreto que impone conocer resultados inéditos, como en el caso de ser árbitro de un trabajo original.

La étíca de la investigación mejora si los procedimientos son adecuados; por ejemplo, si la evaluación de la calidad científica está a cargo de comisiones formadas por pares debidamente calificados, eventualmente extranjeros si no los hubiese en el país; si se da peso a las publicaciones realizadas en buenas revistas, que someten los trabajos a la apreciación de árbitros idóneos antes de mandarlos a imprenta, y si se hace un uso inteligente de los llamados "índices de impacto", como la cantidad de citas en trabajos publicados en revistas de primera línea que registra la obra del evaluado. Creo que es necesario ejercer un mayor control de calidad en todos los niveles, para gastar bien el dinero, sea público o privado; y que es imperioso que la política científica sea ejecutada de la manera más profesional posible, por investigadores que tengan conciencia de las exigencias éticas y no cedan a la tentación de los intereses extracientíficos.

Garrahan: Mi propósito es referime a las normas éticas que guían la ciencia como tarea social. La investigación, que nació como una actividad solitaria de algunos, es ahora parte del esfuerzo productivo de los paises, los que le destinan recursos porque valoran sus resultados. Esos recursos, en parte importante, provienen de los contribuyentes. Señalaré normas relacionadas con la formación de investigadores, el proceder de los administradores y, finalmente, la creciente demanda de que la ciencia académica -es decir, la orientada a comprender el mundo antes que a transformarlo- se financie con fondos provenientes de las empresas. No uso el habitual término "sector productivo" porque la ciencia es una actividad tan productiva como la industria.

La formación de investigadores es parte esencial de la actividad de un científico. Para ello no existe método que pueda reemplazar la relación artesanal maestro-discipulo, la que impone algunas obligaciones que, en parte, fueron mencionadas por el doctor Paladini. El investigador maduro debe estimular la independencia y la creatividad de los más jóvenes; es inaceptable que emplee como propias, sin reconocerlas, ideas que pertenecen a estos, o promueva a mediocres porque son útiles, dado su carácter laborioso y sumiso, en violación de un principio fundamental del quehacer científico, que es el de la promoción por mérito. Reiteremos que un sistema científico sólo tendrá calidad sí reconoce y estimula el mérito. De hecho, creo que una de las razones fundamentales para preservar la libertad académica es que constituye condición necesaria para fomentar el mérito, pues impide que las acciones de promoción estén viciadas por criterios ajenos a él. En la Argentina, en mi opinión, el sistema escalafonario rígido de las instituciones de promoción de la ciencia, como el CONICET, y las normas de los concursos universitarios premian mucho más la antiguedad y el mérito pasado que el presente y el futuro. Por ejemplo, la carrera del investigador del CONICET, con sus períodos mínimos de permanencia en cada categoría, determina que nadie es reconocido como investigador independiente antes de los cuarenta años. Es así que muchos jóvenes creativos pasan buena parte de su vida científica en posiciones de sumisión a científicos mayores, y la generación intermedia -de la cual deberían proceder las energías renovadoras- tiene escasa presencia en las decisiones de las entidades rectoras de la investigación.

Otro asunto del que se derivan obligaciones éticas es cómo se asignan los recursos con los que se financia la investigación. Hay una única manera de hacerlo bien: evaluando la calidad de los proyectos mediante criterios internacionalmente aceptados. Si no se procede así, independientemente de la cantidad de dinero del que se disponga, el sistema cientifico se convertirá en mediocre y, en consecuencia, refractario al cambio. Debemos exigir a los administradores de la ciencia idoneidad, pluralismo y algo que en inglés se llama accauntability, que quizá podamos denominar en un castellano no muy ortodoxo "transparencia", el concepto de que deben ser públicamente responsables de sus actos. La idoneidad no es reemplazable por buena voluntad ni mediante asesores competentes, y la calidad cientifica no substituye la falta de pluralismo. Los administradores de la ciencia deben poner en práctica la evaluación por los pares, mediante la cual los propios científicos juzgan la actividad de sus colegas y emiten opiniones sobre las que los administradores basan sus desiciones. La evaluación por los pares también impone a quien la realiza unas obligaciones éticas importantes, vinculadas con la justicia y equidad de sus acciones. Entre ellas, quisiera menciona una, poco tenida en cuenta entre nosotros pero muy considerada en los países avanzados: la de evitar situaciones de conflicto de intereses, vale decir, abstenerse de intervenir en desiciones que, de manera directa o indirecta, puedan beneficiar o perjudicar al responsable de tomarlas. En tales casos, el interés privado, por legítimo que sea, no necesariamente coincide con el público y puede oponerse a este. Una situación de conflicto de intereses es la del evaluador que tiene amistad o enemistad con el evaluado, o puede ver afectada su actividad por el resultado de la evaluación. No se acostumbra definir normas que regulen estas situaciones conflictivas en la Argentina. En los EE.UU., por ejemplo, es común establecer que un miembro de un departamento universitario no participe en una comisión evaluadora de un proyecto de cualquier otro miembro del mismo departamento. En comunidades científicas pequeñas, como las nuestras, restricciones de este tipo resultan difíciles de cumplir, porque puede ser imposible encontrar evaluadores idóneos independientes del evaluado. Ello no es motivo suficiente para dejarlas de lado: probablemente haya que encontrar soluciones especiales, como recurrir a evaluadores extranjeros.

Creo que es un deber de los científicos exigir a los administradores de los dineros públicos y a los evaluadores que cumplan con las normas que acabo de señalar. Me atrevo a afirmar que en la Argentina muchos hacen la vista gorda, ya sea porque el asunto no los afecta de manera directa o por temor a perder los fondos que reciben. Existe, así, una implicita conformidad a que la asignación de fondos se realice de manera arbitraria. La incapacidad del sistema de desterrar los conflictos de intereses de las asignaciones de recursos públicos y la falta de transparencia de estas impiden la constitución de una comunidad científica madura.

Finalmente, creo necesario que clarifiquemos las relaciones entre quienes tienen por objetivo generar conocimiento y quienes buscan utilizarlo con fines de lucro privado, que pueden conducir fácilmente a conflictos éticos. Por ejemplo, la libertad académica que la comunidad está dispuesta a conceder a los científicos al mismo tiempo que financia sus investigaciones requiere como contraparte la libre difusión de los resultados de ellas; pero si el científico realiza investigación para una empresa, esta buscará retener la propiedad privada o el secreto de dichos resultados. Es necesario discutir, por ejemplo, la utilización de bienes, equipos o personal de las universidades, en particular estudiantes, para beneficio de una empresa y en detrimento de los objetivos académicos de bien común de la universidad.

Braun: Voy a mencionar algunos grandes temas, elegidos entre muchos, que vinculan la ética con la investigación científica. El primero se relaciona con el objeto de la investigación y las fuentes de financiamiento, que hoy son principalmente dos: el estado y la industria. En los países avanzados, aquel financia, ante todo, investigaciones relacionadas con la defensa, desde la fabricación de armamentos hasta las consecuencias de los medios de guerra químicos o bacteriológicos. La industria destina recursos al desarrollo de productos que puedan ser explotados en el mercado. Se calcula que el 80% de los fondos invertidos en investigación están vinculados con la defensa o con la industria. Por otro lado, el estado también promueve la ciencia académica y uno se debe preguntar en qué medida los intereses de la defensa o los de los negocios están determinando, directa o indirectamente, los temas de investigación.

Tradicionalmente, la investigación se orientaba por ciertos valores, que todavía, muchas veces, se presentan como si fueran los únicos que dirigen la actividad. Uno es la libertad académica, que ya fue mencionada, y que significa permitir al investigador trabajar sobre aquello que le parece relevante. No creo que la libertad pueda erigirse en el único valor. Es un requisito esencial e irrenunciable en cuanto signifique ausencia de censura y proteccion contra imposiciones o prohibiciones de determinados temas; en este sentido me parece que la libertad es irrenunciable. Pero la libertad académica no puede ser irrestricta cuando se la enfrenta con el valor bien de la humanidad.

Investigar es, hoy en día, una actividad tremendamente costosa; no es un pasatiempo sino una profesión que la comunidad considera lo suficientemente importante para destinarle medios escasos, porque espera resultados que puedan contribuir a satisfacer necesidades humanas. El problema ético que resulta de lo anterior es cómo optar entre destinar fondos a investigar temas que sean relevantes para responder a las preocupaciones del hombre común -que podríamos denominar las necesidades sociales- o a estudiar las cuestiones que interesan a la comunidad académica, las que encuadran mejor en los criterios de evaluación por los que el científico será juzgado por sus pares (y no por la sociedad). Es así que el investigador podría sólo buscar ser reconocido por aquellos y olvidar toda referencia a la sociedad, que no conoce su existencia.

Otro valor tradicional es la verdad y su servicio desinteresado: se solía proclamar que el científico está al servicio desinteresado de la verdad, una afirmación que no siempre parece aplicable en la presente organización social de la ciencia, en particular en materia de investigación relacionada con la defensa y la industria, que es secreta (o, por lo menos, privada) y para la cual la verdad es algo a ventilar en el grupo reducido de personas que pueden tener acceso a los resultados. Al científico que se ponga a reflexionar sobre cómo la sociedad debe elegir los temas cuya investigación esta dispuesta a financiar se le plantea, sin duda. un difícil problema ético.

También deseo decir dos palabras acerca de la ética de los resultados de la investigación, que se relaciona con el valor de veracidad que comenté. Si bien en el mundo contemporáneo, sobre todo en laboratorios importantes, puede no ser fácil discernir quién es autor de una investigación -un individuo, un grupo de personas, la institución-, no se pueden justificar ciertas prácticas deshonestas no del todo infrecuentes, como (y me referiré al ámbito de las humanidades, que conozco) publicar con la firma del profesor los trabajos de licenciatura u otras monografías de los alumnos. Hacerse pasar por el autor o coautor de algo que no es propio, porque se tiene autoridad, es una falta muy seria.

La veracidad de los resultados de las investigaciones constituye un asunto de no poca trascendencia. Uno podría preguntarse si el científico está verdaderamente dispuesto, como en los juramentos de los testigos que aparecen por televisión en tantos juicios orales de ficción, a decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. ¿Publica toda la verdad o sólo aquella parte que le permitiría seguir recibiendo recursos y seguir investigando? Relacionado con lo dicho está la propiedad intelectual de los resultados y la ética de utilizarlos para fines privados por parte de algunos de los posibles propietarios; particularmente delicado es el patentar investigaciones financiadas con dineros públicos, pues podría constituir una apropiación privada de un bien público.

En ciertos casos es muy difícil evitar el conflicto que se suscita entre querer patentar un descubrimiento y guiarse por el servicio desinteresado a la verdad para el bien de la humanidad; tal dilema se presentó con motivo del proyecto de relevamiento del genoma humano. Desde el momento en que se tomó conciencia de que la investigación científica confiere poder -porque, como dijo Francis Bacon hace cuatro siglos, saber es poder- se hizo imposible desligarse del uso de los resultados de ella. Y cierto tipo de investigaciones vinculadas con la defensa hacen muy difícil seguir pensando que se trata de buscar la verdad, e ignorar el propósito al que la que están destinadas.

No debe olvidarse, tampoco, la dimensión ética de la asignación de fondos a la investigación, que resulta perceptibIe si se piensa en los usos alternativos del dinero y se los relaciona con el concepto de justicia distributiva. En los últimos años, la bioética ha puesto de relieve la importancia de los conceptos éticos en la asignación de recursos pero, en la Argentina, ni el presupuesto público para salud, ni el correspondiente a ciencia y tecnología tienen en cuenta tales consideraciones. Uno podría preguntarse por qué se consideran necesarios comités de ética en los hospitales y no en la Secretaría de Ciencia y Tecnología, el CONICET, el INTI, el INTA o la CNEA. La asignación de recursos no es simplemente una cuestión técnica; su lado ético se vincula con los temas que se resuelve investigar y con los valores asociados a esos temas.

Las relaciones entre la ciencia y la ética son particularmente delicadas cuando se trata de la investigación en seres humanos y, después de las experiencias realizadas por médicos en los campos de concentración nazis, se intentó poner límites a lo que es permisible en ese aspecto. Para ello, se elaboraron criterios claros que han sido objeto de diversas declaraciones en foros internacionales. Pero determinadas prácticas condenables no fueron patrimonio exclusivo de los campos de concentración, sino que se hicieron en otros lugares, por ejemplo, en prisiones, y se conocen testimonios de experimentos realizados con personas que, a veces, ni siquiera sabían que eran objeto de estudio. Por eso, como procedimiento que aumente las garantías, señalo la necesidad de diseñar protocolos de investigación que sean sometidos no sólo a un comité científico, que evalúe y apruebe el proyecto, sino, también, a un comité de ética; luego, es necesario obtener el consentimiento informado de los pacientes. Tal es el procedimiento estatuido, pero no creo que muchos hospitales en la Argentina hagan investigación clínica siguiéndolo.

Posiblemente el principio ético más importante aplicable al caso de las investigaciones clínicas sea que los seres humanos nunca pueden ser usados como medio para otro fin; si se realiza investigación sobre ellos, la única justificación es el beneficio terapéutico del paciente. No se puede aplicar un criterio utilitarista del tipo se obtendrá un remedio que beneficiará a la humanidad o se logrará el progreso de la ciencia, el cual es, por cierto, un valor, pero los medios para perseguirlo no deben ser objetables ni pueden incluir procedimientos deshumanizadores.

Finkielman: Está abierta la discusión. Se invita a los asistentes a participar con comentarios y preguntas.

Público: Me parece que se plantearon dos problemas éticos distintos: la ética del investigador, que se refiere a la práctica de la ciencia, y la ética de la medicina, que incluye a otra persona, el paciente. Se señaló que la libertad de investigar no puede ser irrestricta cuando exista la posibilidad de que entre en conflicto con los derechos o la dignidad de las personas. Este es un asunto difícil; ¿cuál es el límite?, ¿quién lo pone?, ¿cómo? También se mencionaron los comités de ética: me temo que, en general, no estén constituidos ni funcionen como es debido aquí. Los médicos somos soberbios y creemos que sólo nosotros podemos opinar sobre ética médica, cuando tales comités no deben estar formados solamente por los profesionales de la salud. No sé, sinceramente, si en la Argentina, en estos momentos, hay un sólo comité de ética que pueda tomarse en serio.

Con relación a la investigación, creo que hemos ido cayendo en vicios paralelos a la degradación que viene sufriendo la estructura social argentina; nos tomamos licencias que hace unos años no nos permitíamos, porque el clima general de la sociedad es permisivo y no alienta el rigor, y no hemos sabido resistir su influencia. Además, como el sueldo no alcanza, toleramos irregularidades, admitimos ascensos a modo de compensación y no reaccionamos ante la aceptación, por parte de la universidad, de estudiantes que no reúnen los requisitos para entrar o permanecer en ella o ante el nombramiento de profesores que en ningún sistema universitario organizado serian tales. De ahí que vivimos en un mundo de falsedad, a veces por razones económicas y otras, políticas. La designación con propósitos políticos, en lugar de académicos, de jurados o comisiones evaluadoras, por ejemplo, es un grave error y una de las peores perversiones que se pueden cometer. Sin embargo, temo que debemos considerarla práctica corriente.

Garrahan: Haré un comentario sobre lo último, sobre cómo se evalúa. Crecientemente se está utilizando un invento de una empresa comercial de Philadephia, el Institute of Scientific Information, que posee una base de datos en la cual se puede contar el número de artículos publicados por un científico en las principales revistas de circulación internacional y la cantidad de veces que son citados por autores de otros artículos en revistas similares. Esta numerología de sabor babilónico dio lugar a lo que sus cultores pretenden convertir en una nueva disciplina científica, denominada cienciometría o bibliometría, cuya aplicación no crítica puede generar la ilusión de que se está evaluando con métodos objetivos. Escuché comentar a John Maddock, el editor de Nature, que con la cienciometría se corre el peligro de creer que trabajamos con realidades cuando sólo estamos jugando con números mediante operaciones simples como comparar, definir mayor que, menor que, etc. Si este es el criterio actual de evaluación, vamos mal; conviene recordar la vieja frase de Oscar Varsawsky: el número de trabajos, por sí solo, es índice de laboriosidad y no de creatividad.

También, me resulta poco realista la distinción entre científicos virtuosos y políticos corruptos. Los que conocemos la historía del CONICET advertimos que científicos destacados, al adquirir responsabilidades de gestión, se comportan igual o peor que los políticos que queremos expulsar de nuestro paraíso incorrupto. El propio directorio actual de ese organismo, que integran dos investigadores de la máxima categoría del área biomédica, reincorporó en la categoría de investigador principal, sin dar los pasos de evaluación y consulta con los pares que deberían esperarse en un organismo minimamente competente y democrático, a una figura acerca de la cual existen serias dudas, tanto científicas como morales, relacionadas con su actuación en materia de la crotoxina.

Lo que antes llamé transparencia es uno de los mecanismos más poderosos para inducir comportamientos que se ajusten a normas éticas y dificultar los contrarios. Por ejemplo, si uno se conecta por la red Internet con la National Science Faundation de los EE.UU. e indica a la máquina de allá el nombre de un científico cuyas investigaciones recibieron apoyo financiero de esa entidad, verá en su pantalla una ficha en la que figurará el tipo de subsidio que recibió, su monto, el nombre del funcionario administrativo responsable del trámite y una descripción de los objetivos de la investigación. Si incorporáramos esa pequeña dosis de accountability a nuestro sistema, permitiendo que todo el mundo pueda enterarse de los datos básicos de las asignaciones de dinero público que realiza el CONICET, dispondríamos de un freno más poderoso a la inmoralidad que expulsar a los políticos y recuperar ese organismo para los científicos. No quiero hacer ejercicio ilegal de la profesión religiosa ante el testigo calificado que me acompaña en la mesa, pero puedo pensar que no caigo en tal falta si recuerdo que el catecismo de mi infancia daba como consejo para no pecar evitar las ocasiones próximas. Una maravillosa manera de alejar la ocasión de proceder inmoralmente es saber que a uno lo están mirando.

Finkielman: Voy a ampliar lo dicho sobre los límites de la investigación. Se señaló que estos deben establecerse de modo preciso cuando el investigado es un ser humano y se hace investigación clínica. El criterio para establecer dichos límites es no ocasionar daño. No es admisible investigar en seres humanos e infligir daño al sujeto; análogamente, se ha establecido el criterio de causar el menor daño posible a los animales con los que se experimenta, por ejemplo, sacríficándolos, en caso necesario, por medios indoloros.

Braun: Con respecto a la libertad y sus límites, diría una sola cosa: si bien es muy difícil establecerlos, una libertad sin límites no es una libertad civil, es una anarquía. Hay que enfrentar el asunto y no sólo proclamar su dificultad. En líneas generales, la manera de hacerlo es tomar en cuenta las zonas de posible conflicto de la libertad con otros valores, como la verdad, la justicia, el bien común, etc.

Público: La ética es una cuestión eminentemente personal; que alguien tenga una actitud ética frente a la vida significa que su conciencia opera de determinada manera y, posiblemente, que recibió determinado tipo de educación. Soy consciente de que hay una crisis étíca en la ciencia: ¿cuál es el camino para resolverla?

Paladini: La pregunta apunta a una solución global, pero yo sólo puedo sugerir algunas parciales, como la ya mencionada accountability, o limpieza de procedimientos. Los EE.UU., a fin de cuentas, son un país avanzado que, sin embargo, ha sido escenario de fraudes notorios. La presión de la competencia o la desesperación por escalar posiciones han conducido a falsificar burdamente resultados de experimentos. Hay que discutir cómo evitar esas cosas. Hay que discutir si los directores de institutos actúan bien. Muchas veces analizamos temas importantes, como el manejo de embriones, el genoma humano, la crotoxina... , pero no discutimos la ética de las actividades cotidianas. Los que trabajamos todos los días en los laboratorios deberíamos prestar mayor atención, por ejemplo, a los conflictos de intereses. He visto que en otros países se ha llegado a conclusiones sumamente duras, como -para dar otro ejemplo- considerar inadmisible que un investigador acepte ser invitado a comer por una empresa que pudiese beneficiarse económicamente por los resultados de su trabajo, de modo que no sienta que le debe algo y pueda resistirse a llegar a conclusiones que le sean adversas.

Braun: Acerca de la crisis ética, me parece que una deficiencia notable de nuestra universidad es que no figura una materia con ese nombre en casi ningún programa. Toda institución universitaria, tenga su enseñanza una orientación académica o profesional, requeriría proporcionar a los estudiantes una iniciación a la ética aplicada, en particular en lo que hace a la disciplina o profesión respectiva, de modo que, aun estando lejos de terminar como expertos, puedan manejar los rudimentos. Sé que en los estudios de medicina hay algo de ello, pero se trata más de deontología legal -es decir, el estudio de las obligaciones legales- que de bioética.

Público: Se mencionó que una parte del dinero que financia la investigación proviene de la industria. ¿Podría tratarse de fondos que, por imponer determinadas condiciones, coarten la creatividad del investigador? ¿Habría que definir unas pautas que indiquen lo aceptable y lo inaceptable en esa materia? ¿Quién debería establecerlas? ¿Cuándo?

Garrahan: No puedo dar una respuesta sencilla, pero intentaré señalar algún posible punto de conflicto. Me refiero al peligro, ya mencionado, de que se empleen indebidamente instalaciones, equipos y personal pagado con fondos públicos en beneficio privado; dicho de otra manera, que tenga lugar una apropiación indebida de recursos públicos. Insisto en lo de indebido, porque el problema reside en que, si esos fondos públicos fueron destinados a financiar la ciencia académica, es indebido usarlos para el beneficio directo de la industria, cosa que no sería cierta si el segundo hubiese sido el destino que les dio el legíslador. Me parece que la forma de proceder es cuidar que las tareas científicas o universitarias financiadas con dinero público no se pongan al servicio de actividades legítimas de la sociedad pero ajenas a los fines de aquellas. Permítanme ahora hacer un comentario sobre algo que está sutilmente vinculado con lo anterior, el pago de las donaciones de sangre. Creo recordar un estudio comparativo sobre los riesgos de infección por transfusiones de sangre en los EE.UU., donde la sangre se vende, y en Inglaterra, donde se dona. La conclusión fue, si no me equivoco, que la sangre donada era más segura que la vendida. La interpretación sería que en la donación, un acto altruista, habría mayores garantías de que el donante no oculte patologías que pudiesen afectar el valor de su sangre; en cambio, bajo el estimulo del lucro, ese ocultamíento seria más probable en una transacción de tipo comercial (véase "La donación de sangre : Entre el mercado y el altruismo"). Como en la asistencia sanitaria, me parece que en la investigación científica de tipo académico se pueden generar distorsiones cuando el propósito de lucro entra en escena. Ello debe tenerse en cuenta para evitar que se distorsione la cooperación entre el sector académico y la industria. ¿Cómo hacerlo? No lo sé muy bien.

Público: Cuando se trata de incluir a un individuo en un tratamiento experimental o dejarlo afuera, ¿con qué criterio se resuelve?; aquel que es tratado con placebo, ¿debe saberlo? ¿Cuáles son los derechos del paciente? ¿Incluyen conocer de manera completa el diseño del experimento? No podemos esperar que acepte una situación que, en su opinión, podría perjudicarlo, por más que le expliquemos que beneficiará a la humanidad. En general, creo que se informa al paciente que, si lo acepta, podría estar incluido en un estudio, pero que no podrá saber si recibe la droga activa o el placebo.

Braun: En esta cuestión hay consenso sobre el modo de proceder. Se debe cuidar que, en el formulario en el que el paciente expresa su consentimiento, esté explicada con claridad la experimentación. No sé si en todas partes se hace asi. Si es un procedimiento de investigación, hay que comunicarlo y no dar a entender que se trata de una terapia común. Quien desee ser parte de la investigación podrá aceptar que lo incluyan en ella; quien no, no. Además, debe quedar abierta para todos la posibilidad de salirse del experimento. Pero no tiene sentido revelarle a alguien que está siendo tratado con placebo o con la droga, porque ello anularía el grupo de control.

Público: Creo que habría que cuestionarse acerca de la ética de ciertas situaciones en las que el paciente, al que se ofrece la posibilidad de participar en experimentos de este tipo, tiene escaso margen de libertad. Me refiero, por ejemplo, a presidiarios.

Finkielman: Desde las recomendaciones de Helsinki, eso está explícitamente rechazado. Ni presidiarios, ni niños, ni soldados. Y en algunos paises está prohibido por ley.

Público: Se explicó que los fondos destinados a la investigación provienen del estado, es decir, de la comunidad. Por ello creo que importa la divulgación de los resultados de las investigaciones. No hablo de su publicación en revistas especializadas, sino de informar a la comunidad. Sería tal vez bueno que en el Congreso se creara una comisión de divulgación del conocimiento científico, porque los representantes del pueblo tienen derecho a saber lo que se hace con los fondos que autorizan.

Garrahan: Creo que es una cuestión de educación, no de ética. Hay un aspecto de la divulgación, sin embargo, que se relaciona con esta última, y es el de las normas que rigen la comunicación al público de resultados científicos nuevos, sobre todo los de medicina. El criterio habitualmente aceptado es que sólo pueden divulgarse aquellos que previamente fueron publicados (o, por lo menos, aceptados para su publicación) por un órgano especializado que los haya sometido al juicio de los pares. A los que nos tocó actuar en el caso crotoxina, nos sucedió que no sabíamos de qué se trataba y no podíamos descubrir si las afirmaciones que se habían hecho públicas eran ciertas, porque en el ámbito científico no había fuente que las hubiese evaluado en forma independiente a la cual recurrir.

Paladini: Sobre la divulgación, hace unos quince años no había periodistas científicos. Ahora los hay y todos los diarios publican suplementos científicos. Ello es un avance.

Público: ¿Cómo se remedian las arbitrariedades de la política? Tomemos el caso de César Milstein, que tuvo que emigrar por razones políticas. Hubo, y sigue habiendo, muchas situaciones menos notorias pero estrictamente semejantes en cuanto a la incidencia de factores políticos en decisiones que deberían depender exclusivamente de criterios científicos.

Paladini: Tenemos que tener el coraje, el perjudicado y todos los demás, de hacer públicas esas injusticias.

Público: Cuando en la estructura administrativa se infiltran los factores políticos, posiblemente el que denuncie las injusticias se quede sin trabajo. En tales circunstancias, ¿no están los investigadores con las manos atadas? Si no denuncia toda la comunidad cientifica, si no lo hacen los directores y los directores de los directores, ¿no están los investigadores con las manos atadas?

Braun: Se trata de un dilema ancestral. ¿Se puede hacer una política de la ética? No lo creo, salvo que queramos terminar rodeados de Savonarolas. Proponerse ser etico tiene, por lo general, más inconvenientes que ventajas. Si uno no está dispuesto, como Sócrates, a sufrir por la verdad, será mejor que no se empeñe en el campo ético, porque quien busca genuinamente regir su conducta por la ética en un medio que no lo hace es una amenaza para el resto. Sin embargo, es un avance que se haya realizado, por primera vez en un congreso argentino de microbiología, una reunión de discusión sobre la ética de la investigación científica. En los últimos díez años hubo cambios, la sociedad está pidiendo cuentas a la comunidad científica y esta se las está pidiendo a sí misma. El mismo proceso tiene lugar entre jóvenes y mayores, entre disciplinas, entre científicos y personas que dirigen la ciencia pero no son científicos, etc. Creo que forma parte de la maduración de una sociedad libre, y no hace tanto tiempo, después de todo, que tenemos libertad. Para la discusión ética es necesaria la libertad y la seguridad en los empleos. Todavía esa seguridad no existe, por lo menos en la conciencia de la comunidad científica, porque los recursos son muy limitados y las posibilidades de ser excluido son grandes. No hace falta ser muy arbitrario para que a uno lo dejen afuera. Esta es una situación real, pero la única manera de aprender a vivir en libertad éticamente es hacerlo afrontando las consecuencias. Y siempre las consecuencias han sido duras para quien eligió respetar su conciencia, aun a costa de perder la posibilidad de hacer investigación.

Público: Creo que los mayores tenemos que salir a denunciar los problemas, más que los jóvenes. Estos no tienen poder (no es que nosotros poseamos mucho) y son más vulnerables. Es la primera vez, en los treinta y un años que llevo en el CONICET, que escucho a un director de instituto preguntarse si él y sus colegas están haciendo las cosas bien. Cuando hablamos entre nosotros, todos los científicos estamos de acuerdo, salvo que alguno ocupe una posición de poder, en cuyo caso no se sabe si lo estará y hay que temer lo peor. Son muy pocos los que se atreven enfrentarse a los que tienen poder. Me produce satisfacción ver que hay jóvenes en la sala y dolor que no haya más colegas maduros presentes.

Público: El apoyo del capital privado a la investigación tal vez no sea importante en el país por la mentalidad de los empresarios locales. En otras latitudes, hay empresas que montaron sus propios laboratorios de investigación. Hubo casos en que advirtieron la necesidad de aumentar sus conocimientos básicos y dieron subsidios a universidades para hacerlo.

Paladini: Los descubridores de la penicilina, en Oxford, no quisieron patentarla porque pensaron que beneficiaría a la humanidad. Squibb patentó un método para fabricarla barato y, durante veinte años, ganó millones. Oxford no. Hace cien años, Röntgen inventó el aparato de rayos X: no sólo descubrió los rayos sino que inventó la máquina y se radiografió con ella. Se le ofreció la patente y la rechazó porque el invento debía beneficiar a todos. Una empresa eléctrica alemana patentó el aparato y su tubo y cobró los beneficios. Milstein no lo hizo el descubrimiento de los hibridomas -la clave de los anticuerpos monoclonales- pero, de haberlo hecho, no hubiera cobrado gran cosa, porque era empleado de su instituto, que dependía del Medical Research Council, que tal vez se haya arrepentido de no haber sacado esa patente. En el instituto Rockefeller, fundado a principios de siglo para la investigación médica, nunca se patentó nada. Hoy los investigadores están más dispuestos a obtener patentes.

Público: Vinculadas con la ética están las prioridades a asignar a los proyectos de investigación. Se advierte la tendencia a privilegiar investigaciones aplicadas, posición que últimamente pregonan los voceros del gobierno, junto con la exhortación a que las universidades se procuren recursos vendiendo servicios. Se corre así el grave riesgo de empobrecer la ciencia y desvincularía de su tarea central de entender el mundo o, como se solía decir antes, buscar la verdad. Podría terminar buscando ciertas verdades, útiles para determinadas funciones y sectores, y descuidando los conocimientos globales que importan a la sociedad en general.

Público: En ciertos momentos, el CONICET estableció temas prioritarios y les concedió subsidios mayores. Siempre me pregunté en qué se basaron esas prioridades.

Garrahan: En la Argentina el sistema de asignación de prioridades nunca siguió criterios racionales, ni fue debatido públicamente. Por lo general, lo establecieron funcionarios de nivel intermedio, sin mayor idoneidad para la tarea, y así salió.

Braun: A mí me parece, para ser realistas, que hay que dejar de creer que los investigadores sólo buscan la verdad de manera desinteresada. Hoy, los laboratorios son empresas de producción de conocimientos y, como tales, tienen intereses, principalmente que las investigaciones en las cuales están embarcados continúen. Es esencial comprender la naturaleza del conflicto intracientifico por la asignación de recursos, que, en toda sociedad, incluso en los EE.UU., son limitados. El lobby que se hace en ese país es abierto, mientras que aquí es una tarea oculta, porque no se piensa en términos de una organización social democrática para la ciencia, sino en los de un sistema autoritario, en el cual el director de instituto es el patrón y las autoridades resuelven sin dar explicaciones a nadie.

Un país como la Argentina no puede financiar todas la investigaciones posibles, pertenecientes a todos los campos del conocimiento. ¿Cuál es su ventaja comparativa? ¿Habrá que elegir temas o personas? Si se tiene grupos buenos, ¿convendrá formar otros en las mismas o en diferentes disciplinas? La ética de la administración de la ciencia es un tema sumamente complejo y, en el fondo, un subproducto de la ciencia política, campo que hace cincuenta años no existía y hoy es enorme.

Organizador: Muchas gracias a los integrantes de la mesa y a todos los participantes.