Egresados del País : ¡Es Necesario Reaccionar!

por para Ciencia Hoy el . Publicado en Número 34.

Un episidio de 1928, relacionado con la contratación de un joven científico alemán, pone de relieve las ideas que alumbraban el esfuerzo por implantar una cultura académica moderna en la universidad argentina más progresista de ese momento.

Un conflicto académico relacionado con la institución de la ciencia en la Argentina de los años veinte.

En 1982, el Centro Pro Defensa Universitaria de la Plata imprimió una pancarta callejera con la bandera argentina y, sobre esta, la consigna Egresados del país: ¡es necesario reaccionar! Se trataba de una convocatoria a resistir algo que, hasta entonces, habia sido común, pero en ese momento cobraba visos de escandanlo: como jefe de la sección Zoología del museo de la Plata, se había nombrado a Erich Dautert, un desconocido malacólogo ( o especialista en moluscos) alemán.

Dautert había nacido en 1901 en Brelín-Schönebreg y, en 1926, luego de graduado como agrónomo, obtuvo el doctorado en la Universidad Fiedrich-Wilhelm, de Berlín, con una tesis sobre Die Bildung der Keimblätter bei Paludina vivípara (La formación de la menbranas embrionarias en Paludina vivípara). Previamente, había coloborado con el Instituto de zoología de dicha universidad y trabajado en el ordenamiento de las colecciones zoológicas del instituto Urinaria.

Una corta experiencia en el museo zoológico de Berlín, una estadía en la estación de zoología de Helgoland y otra en Nápoles eran los puntos más importan­tes del curriculum vitae que Dautert envió a Robert Lehmann-Nitsche, antropólogo alemán que, desde 1897, ocupaba el cargo de jefe de la sección Antropología del museo y, también, la cátedra de esa especialidad, creada en 1906 al fundarse la universidad nacional de La Plata. Dautert mandó dicho curriculum el 30 de julio de 1928, para postularse al cargo de jefe de la mencionada sección de Zoología; adjuntó, además, una recomendación de Eugen Fischer, director del Kaiser Wilhelm Institut für Anthropologie, menschliche Erblehre und Eugenik, de Berlín, y otra del zoólogo Richard Hesse, por quienes había recibido la noticia del puesto vacante en La Plata, que el mismo Lehmann-Nitsche se había encargado de difundir. Las recomendaciones y las cartas en alemán no estaban dirigidas al director de la institución sino al profesor Robert Lehmann-Nitsche.

A fines de la década de 1920, cuando la dirección del museo estaba en manos de Luis María Torres, aquel era miembro del consejo superior de la universidad, que presidía Ramón Loyarte. No era la primera vez que tomaba la iniciativa de hacer circular en Alemania una invitación a que se presentaran postulantes a ocupar una vacante académica en La Plata; su correspondencia muestra que, constantemente, apoyado por la embajada alemana en Buenos Aires, se preocupaba por cubrir tales puestos con personas a las que lograba llegar por su red de contactos en instituciones alemanas y del resto de Europa.

Por otro lado, tal conducta no parecía contradecir en nada el sistema de provisión de cargos del museo y la universidad de La Plata, muchas de cuyas cátedras e institutos estaban en manos de alemanes, que habían llegado al país jóvenes y sin experiencia, como había sido el caso de Leh­mann-Nitsche, cuya historia, aparentemente, repetiría Dautert treinta años después. Era una historia que se inscribía en el modo de concebir a las instituciones científicas y universitarias de la Argentina moderna, estructuradas con el necesario concurso de académicos traídos de Europa, ya que el país no contaba con agentes locales capaces de llevar a la práctica tal proyecto. Dado que el modelo universitario alemán (o, mejor dicho, prusiano) era entonces uno de los más admirados e imitados fuera del viejo mundo, la búsqueda de profesores que pudiesen actuar como el personal clave de las nuevas instituciones se orientó muchas veces a Alemania. Hacía 1880, el Río de la Plata no sólo ofrecía salarios atractivos sino, también, cargos de prestigio y jerarquía a los investigadores que, con recomendaciones suficientes, tomaran la decisión de emigrar.

Las posiciones universitarias argentinas proporcionaban la manera de ascender rápidamente en la escala académica y, también, la garantía de poder volver a Europa con sólidos antecedentes, en contraste con la situación en los países de origen, donde la competencia era muy dura y el progreso muy lento. Acá, esa competencia no existía, ya que los europeos expatriados debían crear la ciencia y la tradición académica local. Si bien en 1901 egresó el primer doctor en ciencias químicas de la universidad de Buenos Aires -Enrique Herrero Ducloux-, la formación de científicos en la Argentina de los primeros lustros del siglo no iba al ritmo de la creación de institutos, cátedras universitarias y museos; por ello, se continuaba contratando personal europeo. Según lo anterior, en los primeros pasos relacionados con la traída de Dautert todo parecía normal. En diciembre de 1928, mediante una carta traducida por Lehmann-Nitsche, Torres comunicó a Dautert que. en febrero, recibiría $ 400 para cubrir los gastos de su pasaje a Buenos Aires, y que, además de practicar el castellano todo lo que le fuera posible, trajera con él cualquier material de enseñanza y de laboratorio que considerara indispensable. Siguiendo estas indicaciones, Dautert llegaría a La Plata a fines de marzo de 1929.

Dejaba en Alemania el proyecto de una expedición a la costa lusoafricana, su puesto de becario de un ministerio y los problemas de fines de la década: una tesis sin publicar debido a la hiperinflación y la imposibilidad de contar con sus propios instrumentos científicos por razones económicas. Llegó a La Plata el viernes santo, sin haber tenido oportunidad ni tiempo de aprender castellano, luciendo una gorra deportiva blanca, para ser reconocido por quienes lo esperaban. Alojado las primeras semanas en el mismo museo, Dautert fue designado -en carácter interino hasta tanto el consejo superior de la universidad lo ratificase- profesor de zoología y jefe de la correspondiente sección del museo, con un salarío mensual de $ 800, descontado el 5% correspondiente a la caja de jubilaciones, según el diario platense La opinión, un sueldo que no gana Hindenburg. A titulo de comparación, puede señalarse que, en 1929, el presupuesto de la Universidad Nacional de la Plata era de cerca de 4,3 millones de pesos moneda nacional, y que su presidente -título que el estatuto de 1906 dio al rector y que aún se conserva- ganaba $1000 mensuales, mientras el director del museo percibía $700; un jefe de sección y un profesor cobraban $400; un profesor adjunto, $250; un ayudante estudiante, $75; un preparador, $150, y el portero, $50. El precio medio de una hectárea de campo en la pampa húmeda (por ejemplo, en el partido de 25 de Mayo) era entonces $220. Desde el 28 de junio de 1920 regían en el ámbito de la universidad nuevos estatutos dados por el poder Ejecutivo de la Nación, por los que el observatorio y el museo dejaron de ser facultades y adquirieron rango de institutos científicos, con lo que cobraron mayor autonomía frente al gobierno de la universidad. La ordenanza orgánica del museo, con las modificaciones introducidas por el director Luis Maria Torres y por el consejo superior de la universidad, fue aprobada el 10 de mayo de 1923.

El artículo primero establecía: El museo tiene el carácter de instituta; mantendrá los fines de su primitiva creación y, como lo establece la ley 4699, su personal científico estará al servicio de la enseñanza superior de las ciencias naturales en sus respectivas especialidades. Algo novedoso que aparecía en esta ordenanza era una aclaración sobre el personal del museo: en igualdad de condiciones, serán preféridos los argentinos, característica que Torres no olvidó de destacar en sucesivas memorias presentadas a la universidad. Por la misma ordenanza, el director del museo adquirió cierta autonomía en el manejo del presupuesto de la entidad.

Robert Lehmann-Nitsche

Robert Lehmann-Nitsche nació en Posen en 1872. Se incorporó al Museo de La Plata en 1897, en reemplazo de Hermann ten Kate, antropólogo que dejó el cargo de jeje de la sección Antropología del museo para asumir uno similar en el japón. Lehmann-Nitsche se habia doctorado en ciencias natu­rales en Munich, en 1893, y en medicina en Berlín, en 1897. A poco de ins­talarse en La Plata, inició sus estudios etnográficos y folklóricos, para los que recopilá información sobre la vida urbana y rural bonaerense.

Juntó y coleccionó casi obsesivamente todo lo que le pareció característico de la Argentina de la época: adivinanzas, folletines (también llamados entonces "literatura de cordel"), tarjetas postales, fotografías, refranes, objetos, canciones, etc. Entre sus numerosas publicaciones, dedicó a los estudios mencionados Adivinanzas rioplatenses, 1911;EI chambergo de bola, l9l5;El retajo, 1915; La bota de potro, 1916; Santos Vega, 1917, y, con el seudónimo Victor Borde, Texte aus den La Plata ­Gebieten, 1923, del que hay tradución castellana de 1981 titulada Textos eróticos del Río de la Plata. Murió en Ber­lin en 1938 y su archivo, igual que su biblioteca criolla -una importante colección de folletos e impresos relacionados con el criollismo-, pasó a los fondos del lbenoamerikanisches lnstftut de esa ciudad.

En este marco institucional, Torres envió al presidente de la universidad la propuesta de que Erich Dautert fuese designado director del departamento de Biología, con la finalidad de impulsar el estudio de la fauna de los mares y ríos argentinos, precariamente representada en las colecciones del museo. La reacción no se hizo esperar. Una declaración firmada por biólogos egresados del museo, los doctores Max Birabén, María Hilton Scott de Bi­rabén y Ernestina Langmann, y una nota de la Sociedad Argentina de Ciencias Naturales denunciaron que un joven graduado alemán, desconocedor del idioma y sin más credenciales que su doctorado, ocuparía un puesto para el que las universidades argentinas ya habían preparado investigadores.

Mientras el problema llegó a la prensa independiente y a la de todos los partidos políticos, el nombrado Centro Pro Defensa Universitaria alertó sobre la falta de perspectivas de los estudios científicos en la Argentina. La Vanguardia, La Prensa, La Provincia (órgano de la rama La Plata de la Unión Cívica Radical), La Opinión y El Mundo se hicieron eco del asunto y, al igual que el mencionado Centro, lo plantearon en términos de patriotismo y de reivindicación nacional. Torres, por su parte, también solía referirse a la defensa de los recursos humanos nacionales y, varias veces, manifestó públicamente su deseo de incorporar jóvenes diplomados argentinos como adscriptos rentados en los departamentos científicos del museo, para favorecer una alta evolución científica. El presidente de la universidad, Ramón Loyarte, envió al consejo superior la propuesta de Torres de nombrar a Dautert; el 25 de abril de 1929, la comisión de enseñanza del consejo, luego de considerar los títulos, trabajos y antecedentes del candidato, rechazó la designación, sobre la base de las objeciones públicas.

La comisión emitió un dictamen por el que sugería recomendar al director del museo dos medidas: (i) promover a la jefatura a un diplomado argentino; (ii) encargar al doctor Dautert la organización de los estudios sobre la fauna de los mares de nuestras costas y ríos. Alfredo Palacios, integrante de la comisión de enseñanza, votó en disidencia acerca del segundo punto, pues consideró que la tarea se podía encargar, también, a un graduado argentino. Las actuaciones volvieron al consejo superior, donde fueron discutidas en mayo de 1929, a menos de dos meses del arribo de Dautert al país. Un artículo de La Prensa, del 10 de mayo, calificó a la situación que se crearía en el consejo como de extrema importancia, porque, de aceptarse la propuesta de una misión alternativa para Dautert, ...valdría como desalentadora notificación para la juventud que se sienta inclinada a emplear su energía cerebral en el estudio de las ciencias naturales [...] La importancia del voto que pronunciará el consejo superior al resolver definitivamente la incidencia explica que, en los medios intelectuales de la República, despierte intensa expectación. Las circunstancias que La Prensa consideraba para desechar darle una misión de Dautert eran la imposibilidad de que el museo de La Plata formase las colecciones que pretendía; la existencia, en Quequén, de una estación marítima del museo Bernardino Rivadavia, y la falta, en La Plata, de personal idóneo para trabajar el material entomológico y ornitológico allí existente.

En la reunión del consejo, las posiciones no fueron coincidentes. Si bien el primer punto del dictamen de la comisión se aprobó por unanimidad, el segundo generó una intensa discusión, en la que se perfilaron tres posiciones y durante la cual el silencio de Lehmann-Nitsche fue tan notorio como la directa responsabilidad que asumió Torres en el asunto. La primera posición, sostenida por Pascual Guagliagone, consejero de la facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, se respaldó en los estatutos del museo y en las facultades del director para designar personal; el consejo superior, sostuvo, sólo podría recha­zar o aceptar una propues­ta, pero no intervenir con sugerencias.

Ricardo Levene, consejero de la misma facultad, y Luis María Torres fueron los voceros de la segunda posición, según la cual la investigación científica se aprende no sólo en las aulas -ámbito donde los graduados argentinos estarían en igualdad de condiciones que el alemán- sino también en el medio social. Por ello, el graduado alemán sobrepasaba, en opinión de los nombrados, a los otros, porque se había formado en un contexto en el cual la investigación tenía gran arraigo y acontecía en un ambiente de disciplina y dedicación al trabajo. Los graduados argentinos, según lo expresado por Torres, habrían tenido capacidad suficiente para tareas específicas, pero carecido de la laboriosidad, del carácter y de la visión de conjunto necesarios para la jefatura de una división y para la tarea que se les encargaría.

La tercera posición fue la de Alfredo Palacios, consejero por la facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales, y se refirió a la disidencia que ya había planteado con su voto en la comisión. Aclaró que su disidencia no significaba una oposición a la colaboración extranjera, que no podría sostenerse en este país cuyo pueblo es una síntesis de razas diferentes- que tanto la ha aprovechado para sus progresos materiales y espirituales [...] sino el rechazo de quienes no tienen títulos ni antecedentes para demostrar una mayor capacidad que un diplomado argentino.

Después de más de veinte años que en el museo funciona una escuela de ciencias naturales, la oportunidad que se presentaba de incorporar a un jefe de sección argentino, pues todos las existentes son extranjeros, se iba a abandonar con la incorporación de otro extranjero, tentativa por suerte desechada; pero como tal extranjero está ya en el país, se pretende encargarle una tarea científica para la que existen, también, diplomados nuestros en mejores condiciones. [...] Esta es la oportunidad de que el museo de La Plata colabore con sus hombres y elementos con la labor científica que se realiza sobre fauna marina en el museo de historia natural de Buenos Aires, antes que intentar la empresa de realizar por separado y por cuenta propia una labor análoga. Un argumento que fue expuesto de forma recurrente para justificar que a Dautert se le encargara una misión alternativa fue la situación desagradable, crea­da por el compromiso previo, [... ] por razones obvias de seriedad, es deseable, y hasta necesario, que la Universidad le encargue un trabajo que salve en algo el compromiso moral que con él se ha contraído. Finalmente se emitieron los votos.

Cinco por la afirmativa: Juan R Hartmann (director del observatorio), Lehmann-Nitsche, Le­vene, Agustín P. Pardo (decano de Medicina Veterinaria) y Carlos A. Sagastume (decano de Química y Farma­cia); seis negativos: Juan A. Briano (decano de Ciencias Físico-Ma­temáticas), Eugenio A. Galli (director de la escuelas de Ciencias Médicas), Guagliagone, David Lascano (vicepresidente del consejo superior), Palacios y Frank L. Soler (consejero por Ciencias Médicas). Torres se abstuvo. En consecuencia, la segunda parte del dictamen de la comisión de enseñanza -es decir, la misión científica por la que Dautert justificaría su viaje- fue rechazada. Todas las críticas de la prensa apuntaron a Luis María Torres, cercano a las posiciones políticas de la Unión Cívica Radical, y pusieron en cuestión que su formación de abogado fuese adecuada para regir una institución de ciencias naturales. Interpelado por el consejo superior, desconoció la segunda parte de la resolución de este y, haciendo uso de las facultades que le concedía la ordenanza orgánica de 1923, destinó parte del presupuesto del museo a financiar una tarea que le encomendó a Dautert, quien partió hacía Mar del Plata para cumplirla, mientras la prensa denunció casos similares en otros institutos y cargó las tintas contra el presidente de la universidad de La Plata, la política de recomendaciones y las amansadoras en las puertos de los gabinetes y decanatos. El caso Dautert se había vuelto paradigmático.

Como se desprende del informe de Torres publicado en la memoria del museo correspondiente a los años 1928/29, Dautert cumplió con un programa científico en la estación marítima de Mar del Plata, perteneciente a la Comisión Oceanográfica Argentina, que incluyó más de veinte excursiones en una embarcación y la observación de especímenes que traían a puerto los pescadores de la ciudad. El 31 de enero de 1930, regresó de Mar del Plata y firmó una nota -redactada por Lehmann-Nits­che- por la que se declara conforme con la suma de $2500 que recibiría del museo en retribución de un viaje que habría de realizar entre febrero y junio a las Georgias del Sur, para recolectar material de estudio. Luego retornó a Alemania y, allí, publicó una crónica de ese viaje a las solitarias islas en el Atlántico Sur, en el semanario Die Woche, impreso en caracteres góticos e ilustrado en su primera plana con fotos de albatros, glaciares y elefantes marinos. Ese año, Lehmann-Nitsche alcanzó la jubilación y también regresó a Alemania. Torres se retiró de la dirección del museo en 1932, pero antes, en 1931, tras el golpe militar que derribó al gobierno constitucional de la Nación en septiembre de 1930, la universidad fue intervenida. Se cerró así el ciclo inaugurado en 1906, cuan­do, según el proyecto de joaquín V. González, se creó una universidad moderna en La Plata con el propósito, entre otros, de contribuir a la constitución de una nueva sociedad democrática.

El caso Dautert ilustra algunos de los conflictos que se ventilaban en los medios académicos del país como parte del clima ideológico imperante a fines de la década de 1920. Pero también íntegra el proceso de institucionalización y de profesionalización de las ciencias en la universidad argentina. Dos argumentos fueron recurrentes en este episodio: el primero, que se esgrimió tanto dentro como fuera de los recintos académicos, era la defensa de los graduados locales y la necesidad de terminar con la práctica de contratar extranjeros. Esta modalidad, instaurada para promover la fundación de las instituciones cientificas, seguía vigente a pesar de que, desde 1912, La Plata había expedido títulos máximos. No había, sin embargo, promovido la incorporación de los nuevos doctores a sus institutos.

El segundo argumento, que blandía sobre todo la prensa, cuestionaba la legitimidad de los entonces directores de los institutos y daba menos importancia a la nacionalidad que a los títulos académicos que ostentaban. Así, mientras Hartmann -director del observatorio- no era cuestionado, a pesar de ser alemán, Torres, que desde 1901 se dedicaba a la arqueología y a la historia, era objeto de impugnación por ser abogado y carecer de competencia en las ciencias naturales. Sumando ambos argumentos, se vislumbraba el propósito de encontrar argentinos con el título adecuado para la institución que pretendieran dirigir, lo cual no sólo constituía una novedad importante en el proceso de organizar los centros de investigación, sino, también, un indicador de una mayor profesionalización científica, de la que el mismo Torres era un ferviente mentor. Algunos argumentos esgrimidos a fines de los veinte resultan hoy notablemente familiares.

La ilusión de que, incorporando a los institutos de investigación personas formadas en centros científicos avanzados, se corregirían todas las deficiencias locales, muchas veces se disipó, tanto ayer como hoy, por acción de algo tan simple como las redes de reciprocidades y favores, que también forman parte del mundo científico. Y, en muchos casos, las deficiencias de la ciencia argentina no se han debido a debilidades internas de esta sino a condiciones de trabajo y a políticas que fueron hostiles a la investigación y a la enseñanza universitaria.

Los materiales para la elaboración de este artículo provienen de dos fuentes principales: las publicaciones del Museo de La Plata y la documentación inédita del acervo Lenmann-­Nitsche, depositado en el lberoamerikanisches lnstitut de Berlín. Pude revisar el segundo gracias a una beca del DAAD y a la colaboración de los profesores Dr Dietrich Briesemeister y Dr. Klaus Zimmermann y del Dr. Peter Masson. Agradezco a las autoridades y los bibliotecarios de ambas instituciones, y a Gustavo Politis, Guillermo Ranea, José A. Pérez Gollán, Laura Miotti y Javier Trímboli su apoyo y las ideas y sugerencias recibidas. Los errores son de mi exclusiva responsabilidad.

Lecturas Sugeridas

MONTSERRAT MARCELO, 1993, Ciencia, historia y saciedad en la Argentina del siglo XIX, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires.

PYENSON, LEWIS, abril 1978, "The incomplete transmission of a European image: Physics at greater Buenos Aires and Montreal, 1890-1920", Proceedings of the American Philosophical Society, 122, 2:98.

PYENSQN, LEWIS, 1985, Cultural lmperialism and Exact Sciences (German Expansion Overseas 1900-1930), Peter Lang, New York.

RINGER, FRITZ K., 1969, El ocaso de los mandarines alemanes. Catedráticos, profesores y la comunidad académico alemana, 1890-1933, Pomares-Corredor; Barcelona.

Irina Podgorny

Irina Podgorny

Facultad de Ciencias Naturales y Museo, Universidad Nacional de la Plata