La Actividad Científica en la Sociedad Moderna

por para Ciencia Hoy el . Publicado en Editoriales, Número 35.

El 1° de julio último, el doctor Daniel R. Bes recibió el Premio Bunge y Born de fisica en una ceremonia pública a la que concurrió el vicepresidente Ruckauf. El galardonado agradeció la distinción con palabras en las que reflexionó sobre la ciencia en el mundo de hoy y en particular, en la Argentina. El tema cobró gran actualidad porque, casi simultáneamente, las autoridades nacionales anunciaron la designación de una nueva cabeza del organismo gubernamental responsable de la politica oficial en cuanto a ciencia y tecnología, que poco antes había sido trasladado de la dependencia administrativa de la presidencia de la Nación al ministerio de Educación. CIENCIA HOY, que comparte el pensamiento de Bes en la materia, considera importante difundirlo -lo mismo que la declaración del Foro de Sociedades Científicas- a modo de aporte al nuevo papel que debe desempeñar el citado ministerio. Por estas razones, y por primera vez en la vida de la revista, CIENCIA HOY pone la página editorial en manos de un editorialista invitado.

Estamos reunidos para celebrar y, en mi caso, para agradecer la entrega anual del Premio Bunge y Born. Quisiera aprovechar esta ocasión para tratar; en forma breve, un tema muy amplio que nos preocupa a todos: la actividad científica en una sociedad moderna.

La revolución científica -o quizas debería decir la religión cientifíca que tiene a Newton y Descartes como principales profetas- es paralela a la revolución industrial; no existen países industrialmente desarrollados que no lo sean, también, desde el punto de vista científico. Muchos economistas reconocen que el capital humano (experiencia, educación, conocimiento) es actualmente más decisivo para el desarrollo que las formas tradicionales de capital. Sin embargo, la relación profunda entre ciencia y desarrollo está lejos de ser entendida por el análisis económico, posiblemente debido a las diferencias entre el capital humano y los otros capitales, enfatizadas, por ejemplo, por Lester Thurow. Pero aun sin una comprensión acabada de este tema, podemos partir de dos premisas básicas para extraer conclusiones valederas: (i) para que exista desarrollo, es necesario compartir los valores de las sociedades industrializadas, entre los cuales la ciencia, la educación y el adiestramiento de la inteligencia están en primer lugar; y (ii) la interacción entre ciencia y desarrollo, si bien es causal, no es un proceso directo. Algunos descubrimientos científicos han dado lugar a las aplicaciones que modelaron nuestras vidas. Pero esos descubrimientos nunca tuvieron como objetivo dichas aplicaciones: Maxwell no desarrolló la teoría de propagación de ondas electromagnéticas para que nosotros veamos televisión.

Debido a esta ausencia de linealidad y a las grandes dificultades que se presentan para transformar los productos de la ciencia en innovaciones comercialmente aptas, en los países periféricos la ciencia no debería estar orientada hacia objetivos específicos. El énfasis tendría que ponerse en la educación superior inseparable de la investigación científica, si quiere ser realmente superior y no mera repetición de textos-, en el adiestramiento de técnicos y en la afirmación de niveles de calidad. Este también es el énfasis que se pone en algunos países desarrollados, como Alemania, donde dicha actividad contribuye a mejorar los patrones de calidad industrial y a la difusión de nuevas tecnologías, por el alto nivel de los egresados universitarios y la interacción de la universidad con la empresa. Este énfasis en la utilidad de la ciencia como instrumento para difundir la calidad pone de relieve, por otra parte, el hecho poco discutido de que sólo es útil la ciencia de buena calidad. La otra no lo es.

Me referiré ahora a la actividad científica en nuestro país. Sólo usaré dos indicadores de la actividad científica, aparecidos en The World Competitiveness Report 1995, publicación del World Economic Forum, la organización que reúne anualmente, en Davos, a autoridades gubernamentales y empresarios. El primero de ellos es el crecimiento real de los gastos en investigación y desarrollo durante el período 1989-93. La tabla correspondiente está encabezada por Turquía, con un aumento del 78%, y cerrada por la Argentina, con un decrecimiento del 76%. La justificación de la actividad científica como difusora, hacia las empresas, de principios de calidad y de nuevas tecnologías está reflejada en la tabla sobre colaboración entre la empresa y la universidad: en esto, también, la Argentina figura en último lugar (Finlandia en el primero). Este comportamiento desalentador se repite a lo largo de todo el capítulo del informe dedicado a investigación y desarrollo. Tal vez lo más grave sea que ello está sucediendo sin que nuestra sociedad, representada por el gobierno y los llamados factores de poder; manifieste inquietud por tal deterioro. La actitud contrasta, por ejemplo, con la de ejecutivos de las dieciséis empresas más importantes de los Estados Unidos, quienes el 2 de mayo del año pasado publicaron una solicitada, en el Washington Post, en la cual reclamaban enérgicamente por lo que consideraban una disminución del apoyo a la ciencia básica. Rara el caso argentino, viene a mi memoria una frase de Martin Luther King, quien dijo que más le preocupaban la indiferencia y la apatía de tanta gente razonable que las acciones reprobables de pequeños grupos.

Analicemos ahora la estructura de nuestro presupuesto de investigación y desarrollo. La ciencia de buena calidad requiere que los montos destinados a sueldos y a administración sean del mismo orden que los asignados para gastos operativos y equipamiento. Este año, el CONICET tiene un presupuesto para subsidios que es menor que el 3% del correspondiente a sueldos. Proporciones de ese tipo o, mejor dicho, desproporciones de ese tipo tienen también lugar en las otras instituciones responsables del desarrollo científico (universidades, CNEA, INTI, etc.). No se precisa conocimiento especial para darse cuenta de que esos presupuestos están convirtiendo a una fracción creciente de nosotros en una variedad de ñoquis intelectuales, proceso que es, generalmente, irreversible. Por otra parte, la distribución de los sueldos penaliza la creatividad y la calidad, porque beneficia excesivamente la antigüedad biológica, las tareas burocráticas, la promoción de áreas geográficas, etcétera.

Sin embargo, de poco servirá adecuar los presupuestos de la actividad científica sin un cambio en las reglas de juego con las cuales esta actividad se desenvuelve. Tales reglas deberían tener; como objetivo básico, dar prioridad a la calidad científica. En el pasado -para poner una fecha, desde la muerte de Houssay-, el establecer prioridades por temas y aplicaciones ha sido sistemáticamente usado, entre nosotros, como pretexto para favorecer la mediocridad por sobre la calidad. Recientemente, este mal procedimiento ha sido sustituido, en el CONICET, por la concesión de prioridades a áreas geográficas más atrasadas científicamente, lo que tendrá el mismo resultado negativo con respecto a la calidad.

Para lograr objetivos que se puedan valorar positivamente, es imprescindible respetar los códigos que se dan por aceptados en los países científicamente desarrollados. La ignorancia de ellos se traduce en la promoción de proyectos sin sentido desde el punto de vista científico. Una regla fundamental requiere la transparencia en la toma de decisiones, que debe estar basada en el juicio de los pares y en la publicidad de las fundamentaciones. Otra regla es la implantación de un sistema objetivo de evaluaciones, ya que la ciencia sólo sobrevive en un contexto de meritocracia. Dada nuestra historia y el tamaño relativamente pequeño de nuestra comunidad científica, para su instrumentación será necesaria la participación de evaluadores externos, con el objeto de eliminar los conflictos de intereses y la endogenia científica (el inbreeding no sólo degenera el ganado) que plagan nuestra actividad científica. Es lamentablemente sintomática, también, la resistencia de algunos sectores científicos argentinos a la aplicación de estos procedimientos, ya habituales en muchos países (Brasil y Chile, entre otros).

Antes de terminar; quisiera volver al Premio Bunge y Born y hacer una analogía con lo que acabo de mencionar También en estos procesos, importantes en la actividad científica de un país, puede procederse con calidad o sin ella. Existen entre nosotros premios notorios que se dan sin seriedad. Por el contrario, el procedimiento minucioso seguido por la fundación Bunge y Born consiste en la designación de un comité asesor que propone los candidatos y de un jurado que decide (dos instancias del juicio de pares). Seguramente, no fue sencillo conseguir una selección de especialistas de primer nivel para integrar esos cuerpos. Agradezco profundamente a Bunge y Born S.A. por el premio y a la fundación Bunge y Born por la calidad con que lleva a cabo estos procesos, independientemente del hecho fortuito de haberme tocado ser este año el premiado.

DECLARACIÓN DEL FORO DE SOCIEDADES CIENTÍFICAS ARGENTINAS

En esta primera declaración pública del año 1996, el Foro de Sociedades Cientificas Argentinas se ve en la obligación de llamar nuevamente la atención sobre el agravamiento de la crisis que afecta a la ciencia argentina y señalar su convencimiento de que dicha crisis no se origina exclusivamente en la penuria económica que ha aquejado al quehacer científico en los últimos años sino, muy especialmente, en la falta de aplicación de los principios democráticos que deben regir la vida de las instituciones de la ciencia.

El Foro se refiere a los principios que fundamentan la conducción de las instituciones de la ciencia en el consentimiento libremente expresado de sus integrantes. Ello garantiza los derechos de los investigadores a la información fehaciente sobre los actos que los afectan, así como el acceso al financiamiento de sus proyectos de investigación en función exclusiva del mérito y del interés y relevancia de su trabajo cientifico. Estos principios incluyen la exigencia ética de que los responsables de la gestión de los órganos de promoción de la investigación científica valoren la satisfacción del bien común duradero por encima de intereses particulares o sectoriales.

La norma de conducción de las instituciones con el consentimiento de sus integrantes fue violada en la elección de los actuales miembros del directorio del CONICET, que transcurrió en los primeros meses del corriente año. La SECyT anunció que la elección se haría con la participación de los investigadores, a través de una consulta. Sin embargo, con una única excepción, fueron excluidas de la consulta todas las sociedades científicas que agrupan a los investigadores, las que, a su vez, representan a las diversas ramas de la ciencia argentina en las uniones internacionales de cada disciplina. Por el contrario, las autoridades de la SECyT consideraron pertinente recabar la opinión de instituciones como asociaciones profesionales de fines principalmente gremiales, de la Policía Federal, la Gendarmería y las tres ramas de las fuerzas armadas, entre otras, cuya relación con la producción científica resulta por lo menos lejana o nula. Lamentablemente, las curiosas características que asumió el proceso de consulta no motivaron reacción alguna entre los parlamentarios, las autoridades de las universidades públicas y de la mayoría de las academias nacionales.

Los severos vicios que definieron la elección de las autoridades del CONICET convierten en paródica la proclamada participación de la comunidad científica en la conducción del principal organismo de promoción de la investigación del país. Esto resulta particularmente grave cuando la situación de la investigación es tal que necesita de la contribución de todos para salvar el presente y futuro del quehacer científico, amenazado por la falta de oportunidades para los jóvenes que desean investigar, por la ausencia de apoyo para proyectos de investigación y por el congelamiento burocrático de los ingresos y promociones a la carrera del investigador.

Los investigadores científicos, agrupados en las sociedades científicas adheridas al foro, convencidos de la necesidad de evitar que se extinga la capacidad de investigación nacional, proponen que se constituya con urgencia una comisión integrada por científicos designados por acuerdo entre el CONICET y el Foro, de manera de garantizar su absoluta independencia, pluralismo ideológico e idoneidad, con los siguientes cometidos:

1. Analizar lo actuado por la SECyT y el CONICET en los últimos años, con el fin de determinar:

* Las causas por las que se excluyó a las sociedades científicas del proceso de consulta para la elección del presente directorio del CONICFT.
* La proporción de recursos que, en forma de becas, subsidios e ingresos y promociones a la carrera del investigador, fue asignada a los miembros del directorio del CONICET y a funcionarios de la SECyT, o a los equipos de trabajo, centros o institutos que ellos dirigen.
* Qué fundamento y evaluación académica independiente han tenido los proyectos de fomento a la ciencia que la SFCyT está promoviendo en el interior del país y en qué medida la financiación para dichos proyectos proviene de los fondos del CONICET originariamente destinados a subsidios y becas.

2. Elaborar una serie de propuestas para adecuar el sistema científico argentino a las necesidades del país. Para ello deberá:

* Evaluar el estado de las distintas ramas de la ciencia en la Argentina, en relación con su desarrollo en el mundo y las necesidades del país.
* Proponer los cambios institucionales que sean necesarios para garantizar la efectiva aplicación de procedimientos de promoción por mérito, la participación real de los científicos en todas las instancias institucionales y la publicidad de lo actuado, como garantía de transparencia de la gestión de funcionarios y asesores del CONICET.
* Proponer políticas para la distribución de los recursos que configuren un balance entre el mantenimiento de grupos de investigación consolidados y el apoyo a grupos nuevos, así como una adecuada promoción regional y la equitativa asignación de fondos entre las diversas instituciones ejecutoras de ciencia.
* Estimar con racionalidad el monto de los recursos requeridos para que el sistema científico pueda operar con eficiencia y para que sea posible proyectar sus necesidades de financiamiento para los próximos años.

Daniel R Bes

Daniel R Bes

Departamento de Física, Comisión Nacional de Energía Atómica