El Museo Soy Yo

por para Ciencia Hoy el . Publicado en Ciencia y Sociedad, Número 38.

Un experimento fallido de modernización que fue parte del proceso constitutivo de un país en el que coexistían incómodamente las cateorías sarmientinas de civilización y barbarie.

En el marco del pensamiento positivista del siglo pasado, se fundó en Paraná un museo concebido como agente creador de consenso y de costumbres civilizadas entre los habitantes de la confederación, y como divulgador fuero del país de la imagen de uno Argentina regenerada por los nuevos instituciones, además de providencialmente dotada de infinitas riquezas.

Portada de la Confédération Argentine, Edición de 1858. Debajo del nombre del autor dice : Coronel de Artillería, Ayuda de Campo del Gobierno Federal, Diputado al congreso Federal Legislativo, ex Subsecretario de Estado en los Ministerios de Finanazas y Relaciones Exteriores, Director Fundador del Museo Nacional, Vicepresidente Honorario de la Sociedad Universal para el Fomento de las Artes y la Industria, miembro de la Asociación de Amigos de la Historia Natural del Plata, miembro de la Sociedad Geogradica de Berlín, de la Sociedad Real de Anticuarios del Norte, del Ateneo de las Artes, las Ciencias y las Letras de Paris, etc. etc.

Portada de la Confédération Argentine, Edición de 1858. Debajo del nombre del autor dice : Coronel de Artillería, Ayuda de Campo del Gobierno Federal, Diputado al congreso Federal Legislativo, ex Subsecretario de Estado en los Ministerios de Finanazas y Relaciones Exteriores, Director Fundador del Museo Nacional, Vicepresidente Honorario de la Sociedad Universal para el Fomento de las Artes y la Industria, miembro de la Asociación de Amigos de la Historia Natural del Plata, miembro de la Sociedad Geogradica de Berlín, de la Sociedad Real de Anticuarios del Norte, del Ateneo de las Artes, las Ciencias y las Letras de Paris, etc. etc.

Luego de establecido el gobierno de la Confederación Argentina en Paraná (y separada aquella del estado de Buenos Aires), por decreto del 17 de julio de 1854, su poder ejecutivo fundó el Museo Nacional y nombró al correspondiente director, Alfredo Marbais -luego barón Du Graty-, quien entonces revistaba como coronel del ejército de la Confederación y años después, promovería la inmigración belga a la Argentina y al Paraguay.

Alfred Marbais du Graty había nacido en Bélgica en 1828 y egresado como oficial de artillería de la escuela militar de ese país. Fue agregado militar a la delegación belga en Río de Janeiro hasta que escapó a Buenos Aires a raíz de una deuda que no pudo saldar (y, tal vez porque había renunciado a su puesto, no aceptó la orden de regresar a Europa). En 1850 se incorporó al ejército de Entre Ríos como sargento mayor; ascendido a comandante, participó en la batalla de Caseros y en el sitio de Buenos Aires. Hombre de confianza de Urquiza, el congreso constituyente de 1853 le concedió el grado de coronel de la nación. Ocupó varios cargos -a veces simultáneamente- en el gobierno de la Confederación: subsecretario de estado de Hacienda y de Relaciones Exteriores, director del Museo Nacional y redactor, en dos lapsos diferentes, del periódico y boletín oficial del gobierno de la Confederación, El Nacional Argentino. Elegido representante por Jujuy y Tucumán al congreso federal de Paraná, en 1856, su diploma fue impugnado por su condición de extranjero sin carta de ciudadanía. Siendo comandante de frontera en el Chaco, el presidente Derqui le concedió la separación del mando en 1860 y le otorgó dos años de licencia. Viajó entonces a Europa y no regreso.

Mientras vivía en la Argentina, circuló por el viejo mundo su libro La Confédération Argentine, editado en 1858 por Guillaumin, en París, Bruselas y Londres; sus primeras páginas mostraban el retrato del futuro barón Du Graty luciendo -a la manera de Urquiza- levita, chiripá, botas, facón en la cintura, galera y prolijo bigote. En 1862, pero sin su estampa de hombre confederado, se editó La República del Paraguay, traducida del francés al español por el encargado de negocios del Paraguay en Francia, Carlos Calvo, y publicada en esta lengua por la imprenta de J. Jacquin, en Besancon, simultáneamente con la versión francesa que sacó C. Muquardt, de la Librairie Européenne de Bruselas, Leipzig y Gantes.

RETRATO DEL CORONEL DU DRATY APARECIDO EN LA CONFÉDÉRACION ARGENTINE

RETRATO DEL CORONEL DU DRATY APARECIDO EN LA CONFÉDÉRACION ARGENTINE

En la correspondencia que mantuvo con Alberdi, se destaca con especial nitidez el papel que desempeñó Du Graty como propagandista de las posibilidades y riquezas del territorio argentino, tarea que cumplió tanto desde la dirección del Museo Nacional y la redacción de El Nacional Argentino, como a través de la prensa europea. El militar belga se encargó de transmitir un cuadro fabuloso de la abundancia de la Confederación Argentina y de América, basado en la prodigalidad de los recursos naturales. Apuntaba, con esta propaganda, a la creación de la imagen de un nuevo El Dorado, para atraer a potenciales interesados europeos. Quizá uno de los rasgos más interesantes de sus argumentos propagandísticos sea que no los presentaba como impresión personal, sino como observaciones científicas realizadas in situ por una institución montada para tal fin. Llevaba a cabo la supuesta demostración de la abundancia del territorio de la Confederación apelando a la autoridad que conferia el museo y al lenguaje especializado de las ciencias. Es así como el Museo Nacional se fundó con la finalidad de disponer de un centro difusor en el extranjero de la imagen de la Argentina.

Esta imagen, por otro lado, debía formarse al mismo tiempo que el museo, dado que se lo concebía como una herramienta capaz de ejercer su influencia en das niveles: primero, como agente creador de consenso y de costumbres civilizadas entre los habitantes de la Confederación y, segundo, como divulgador fuera del país de las virtudes de una Argentina regenerada por las nuevas instituciones, además de providencialmente dotada de infinitas riquezas.

El decreto de creación del Museo Nacional establecía que debía instalarse en Paraná, bajo la dependencia inmediata del ministerio del Interior. Como sede se le asignaban los altos de la casa en la que funcionaba el Banco Nacional. La necesidad de un museo en Paraná se justificaba, principalmente, por dos funciones, percibidas como insoslayables para el desarrollo de la industria y el comercio. En primer término, reunir en un centro nacional las producciones minerales, vegetales e industriales de la Confederación; en segundo lugar, exponer esas riquezas a la consideración pública. Le correspondió a Du Graty tomar las medidas necesarias para conservar y clasificar los productos que se enviaban al museo desde las diversas provincias. La tarea no parece haber sido fácil, según un artículo sin firma aparecido en El Nacional Argentina en 1854.

Vistas de Córdoba y del Palacio San José, Nótese en la segunda, dentro del alambrado, la fauna americana domesticada, torpemente dibujada -ciervos, tal vez guanacos y ñandues- y los árboles dispuestos geométricamente. Ambos grabados ilustran La confédération Argentine. En el volumen aparecen algunos hombres públicos, como Rivadavia, San Martín y Urquiza

Vistas de Córdoba y del Palacio San José, Nótese en la segunda, dentro del alambrado, la fauna americana domesticada, torpemente dibujada -ciervos, tal vez guanacos y ñandues- y los árboles dispuestos geométricamente. Ambos grabados ilustran La confédération Argentine. En el volumen aparecen algunos hombres públicos, como Rivadavia, San Martín y Urquiza

A partir del establecimiento del Museo Nacional, el director intentó que los miembros ilustrados de la sociedad adoptasen una única manera de ordenar y describir los recursos. Sus informes en El Nacional Argentino insistían, una y otra vez, en la Urgencia de sistematizar la información y, en términos más prácticos, en que se debía cumplir con los procedimientos de preparación de los materiales para el museo. En agosto de 1854, desde las páginas del mismo periódico, Du Graty informaba al ministerio del Interior la lista de los objetos recibidos, la procedencia de cada muestra y el estado en que había ingresado en el museo. La lista incluía una colección de cuarcita y seis muestras de minerales de oro, plata, cobre y níquel del cerro de Famatima; una colección de minerales de la provincia de Córdoba enviada por el gobernador; una cabeza de ciervo del delta del Paraná enviada por un señor Hernández; muestras de cobre de Catamarca, remitidas por un particular; piedras calcáreas y conchillas, ocre, arcillas, tierra gredosa y huesos fósiles de las inmediaciones de la ciudad de Paraná, etc. Poco tiempo después anunciaba que había presentado al ministerio los análisis mineralógicos y químicos de las muestras minerales depositadas en el museo. La falta de cuidado de las provincias en la recolección de los datos y la preparación de los materiales era denunciada por Du Graty como un comportamiento contrario a la constitución de la Nación Argentina y, también, como un vicio que se arrastraba desde la época de la ilegalidad política.

Sin un edificio específico, el museo no era un lugar real sino una figura que intentaba constituirse a partir de la aceptación de su existencia por parte del público, en especial, de los productores y gobernadores provinciales. Por orden del gobierno, y como director de ese museo casi imaginario, Du Graty debía controlar el peso y la calidad del metal de la nueva moneda de cobre que se había puesto en circulación. Al respecto, publicó un informe en El Nacional Argentino que destacaba la conveniencia de su adopción, tratando de disipar los resquemores que había generado. El museo era un centro que confería autoridad, así como una referencia que permitía calibrar la mayor o menor adhesión a cierta imagen de la Confederación.

A fines de 1853 la Argentina invitada a participar en la exposición de productos de la industria y el comercio a ser realizada en París dos años después.

Desde las páginas de El Nacional Argentino se señalaba que esa muestra era el ámbito adecuado para que los países americanos pudieran exhibir en Europa sus productos naturales, los cuales constituían una fuente de interés para la ciencia industrial y para el poder de las máquinas del viejo mundo.

En sucesivos artículos que aparecieron en el periódico, se contrastaba la idea de América como el manantial posible de riquezas naturales aún inexploradas con una Europa donde la novedad era sólo posible bajo el dominio de la mano del hombre y la civilización. Este mensaje a la civilización europea se formulaba sobre la base de la atracción que ejercían los minerales preciosos. Apoyándose en el dictum alberdiano de gobernar es poblar, e insistiendo en la necesidad de un atractivo capaz de convocar a las poblaciones, sostenía que era preciso demostrar la existencia de minerales, como fundamento de la constitución real del país: El reino mineral es en la época presente el fuerte imán que encorva al hombre con más fuerza en el trabaja de la tierra. El oro es en nuestro siglo el heraldo mudo, que llama a las poblaciones a los lugares antes desiertos: el que transforma los sitios de deportación en paraísos... Creemos de la mayor importancia el envío de piedras y productos minerales de nuestro suelo a la exposición de París... de esto puede depender en gran parte la salvación del país, que se mantiene inquieto a fuer de pobre y despoblado".

Un mes después de haberse creado el Museo Nacional, su director tendría la responsabilidad de garantizar la participación de la Confederación Argentina en la exposición universal de París. Con el concurso de algunos mineros locales, que accedieron a enviar muestras, y recurriendo a parte de las ya reunidas, Du Graty pudo remitir a Francia una colección de ciento ochenta y tres muestras de distintas provincias. Una vez clausurada la exposición, y conforme con un decreto del 10 de febrero de 1855, la colección fue puesta a la disposición de un museo de Francia y exhibida en el de la Academia Imperial de Minas de París. El costo del envío superó los fondos que el museo logró reunir, pero la posibilidad de hacer propaganda en los lugares donde se pretendía captar inversores, más que la convocatoria original, fue un acicate eficaz para comprometer la participación de productores de las provincias. En París, la muestra argentina se incluyó en el rubro Productos de la industria: industrias que tienen por objeto principal la extracción o la producción de materias brutas. Al igual que la información de las colecciones del imperio Otomano, Egipto, Túnez, Portugal, el ducado de Nassau, Perú, Guatemala, Nueva Granada y Haití, la correspondiente a la Confederación Argentina no fue incluida en el catálogo oficial original por no haber llegado a tiempo.

Du Graty envió también una memoria descriptiva de la muestra. La presentación de los minerales de la Confederación generó críticas y apoyos que los periódicos de Paraná y Buenos Aíres no tardaron en difundir. Las criticas se iniciaron con un artículo de De la Sagra, reproducido en El Nacional de Buenos Aíres, en el que se atacaba la insistencia en presentar a la minería como la única producción argentina; el autor, cuyos textos sobre el potencial económico americano habían aparecido en el mismo diario, rechazaba furioso lo exhibido en París con el argumento de que hacía pensar que la Confederación Argentina no produce más que minerales. El Nacional Argentino respondió en los siguientes términos: Encontramos sus reproches infundados, injustos y hasta malevolentes, marcados con el sello de una crítica muy severa; demasiado, quizás, si conociere el estada de estos países. El autor del articulo refutó las críticas recurriendo no sólo a comentarios publicados en otros periódicos europeos, como L'lndépendence BeIge, sino, también, a una supuesta buena acogida entre sociedades científicas e industriales, como la Sociedad Geológica de Londres, el Instituto Superior de Comercio de Amberes y una Société uníverselle pour l'encouragement des arts et de l'industrie. La última envió una carta a Du Graty el 30 de julio de 1855, transcripta en El Nacional Argentino, uno de cuyos párrafos rezaba: La Sociedad Universal [...] desea llamar muy especialmente la atención de Europa y de las sociedades de colonización sobre esa parte del nuevo mundo, y para hacerlo eficazmente la sociedad sería feliz si poseyese los documentos los más exactos sobre la topografía, los productos y condiciones que sean de naturaleza a favorecer esta inmigración.

El artículo aparecido en L’Indépendence Belge y reproducido por El Nacional Argentino (donde la publicación figura con el título La independencia belga) es, a su vez, una glosa de la memoria descriptiva de Du Graty sobre los minerales argentinos. Aquí es necesario destacar dos circunstancias: por una parte, las ideas de que, sí se quiere generar confianza entre los inversores, es necesario cambiar imagen de la Argentina existente en Europa, de que, para ello, debe hablarse de un desierto cultural y de la riqueza natural. Por otra, las pruebas y contrapruebas que se esgrimían en las polémicas eran, en realidad, artículos de publicistas contratados por los gobiernos de Buenos Aíres o Paraná, y lo que se discutía no era tanto sí la Argentina era rica en minerales, sino sí su imagen en Europa era creíble y había sido aceptada. Asimismo, la larga lista de sociedades científicas que avalaban la muestra era parte de la autoridad que se esgrimía para demostrar, en la propia Confederación, que la imagen de esta había empezado a modificarse. De esta manera, la palabra de un propagandista legitimaba la de otro y todo se tornaba un juego que sólo existía en las páginas de los periódicos.

Mapa de la Confederación Argentina y sus vecinos inmediatos y mediatos; Buenos Aires, La Patagonia, la República Oriental del Uruguay, Chile, Paraguay, bolivia, y Perú, con los límites de entonces. Parte del territorio de la Confederación aparece inhabitado: el Gran Chaco y la Pampa Seca, como tierra de diversas tribus de indios.

Mapa de la Confederación Argentina y sus vecinos inmediatos y mediatos; Buenos Aires, La Patagonia, la República Oriental del Uruguay, Chile, Paraguay, bolivia, y Perú, con los límites de entonces. Parte del territorio de la Confederación aparece inhabitado: el Gran Chaco y la Pampa Seca, como tierra de diversas tribus de indios.

La defensa de la muestra argentina se respaldaba en argumentos que tenían por finalidad modificar la mirada europea sobre América. La insistencia en la riqueza de materias primas mineras y metálicas no explotadas contrastaba con el reconocimiento de que la tradición industrial, por ser tan imperfecta, carecía de atractivos. Parece que la lógica de la propaganda hacía que ciertos conocimientos no pudieran ser divulgados: aquellos que demostraban que el vacío cultural, en realidad, estaba ocupado por costumbres y vicios que interferían con la noción de una naturaleza disponible para todos los hombres de buena voluntad. También es interesante ver como los dos elementos que constituían la imagen de la Argentina –aun naturaleza prodiga y un régimen legal e institucional ideal para su exportación- se vinculaban entre si, no por la historia -que contenía las tradiciones a desterrar- sino por obra de la Providencia, que había trazado un futuro venturoso para el territorio. En ese sentido, se comprende que la historia no pudiese ocupar un lugar en la imagen de la Argentina que el museo nacional se proponía construir.

La Confederación recibió otra invitación del gobierno francés, para tomar parte en el concurso agrícola universal de 1857, pero no respondió, porque Du Graty había dejado el cargo de director del museo, a pesar de que ... para corresponder a los deseos de la Francia y dar a conocer nuestras valiosos productos, el gobierno nacional volvió a comisionarlo a que remitiera lo más importante de cada una de las provincias y lo dirigiera a París en tiempo oportuno.

En 1856, los objetivos del Museo Nacional fueron redefinidos y publicados en la memoria anual que Derqui difundió en su carácter de ministro del Interior: El documento rezaba: El Museo Nacional fundado más bien paro dar a conocer en el exterior nuestras riquezas naturales que para colectar objetos valiosos, lo que la falta de recursos impide en la actualidad, llena perfectamente su objeto. Así, el museo se debía dedicar a difundir en el extranjero la imagen de la riqueza argentina, respaldada, sobre todo, por la figura más que la realidad de un museo, pues. como el mismo Derqui expresó, este carecía de recursos para constituirse. El museo era, en última instancia, la tarea propagandística que su director realizaba mediante sus textos y desde las páginas de El Nacional Argentino.

En dos Ocasiones -pero por corto tiempo- Du Graty fue redactor de este periódico y desde tal tribuna se esforzó por definir el cometido de la juventud en la tarea de la constituir el país. Tres fueron las áreas que señaló: la prensa, la ciencia y la literatura. Mientras que la última aparecía para él como un peligro asociado con la vanidad y a la imposibilidad de crear un estado nacional, la opción deseable era la descripción objetiva de la realidad mediante el estudio científico de la naturaleza. Por tal camino creía posible llegar a cierto consenso acerca de la Argentina, pues medir la abundancia con el auxilio de las ciencias significaba aceptar un patrón universal y neutro en las disputas intestinas y, a la vez, adoptar un lenguaje común. La literatura, en cambio, era un campo que sólo permitía el disenso y los proyectos individuales. Asimilar el lenguaje de las ciencias, en cambio, era instalarse en un proyecto compartido.

La invitación a la discusión objetiva era también una legitimación del papel que Du Graty se atribuía como observador imparcial de la realidad. Precisamente, creía que su trabajo en el museo le brindaba la posibilidad de crear y difundir hábitos modernos, como el caso comentado de la adopción de una moneda de cobre. Así, en el contraste de dos diferentes discursos, establecía la equivalencia entre el lenguaje científico y la posibilidad de consolidar un proyecto nacional. El lenguaje de la prensa y el de la juventud -considerada el futuro de la nación- debían ser la descripción objetiva, para que la polémica tomara visos de universalidad y no interfiriera con el desarrollo concreto del país.

Aun cuando el lenguaje conciliador de la ciencia no pudo dominar el discurso político o legal, Du Graty nunca abandonó su confianza en su capacidad de hacerlo. En 1858, alejado del cargo de director del museo pero instalado en la redacción de El Nacional Argentino, insistía sobre la cuestión en una reseña bibliográfica sin firma. Refiriéndose a la obra de Augusto Bravard, nuevo inspector de minas de la Confederación, retomó su idea de que las observaciones científicas de los recursos minerales del país cumplen la función de atraer el interés europeo. Pero Bravard murió en el terremoto de Mendoza de 1861, sin haber logrado que pudiera sobrevivirlo la ilusión de que el museo crearía hábitos nuevos y generaría confianza en el extranjero.

Este trabajo fue escrito durante parte de mi estadia en el Ibero-Amerikanisches Institut de Berlín, donde gracias a una becea del Deuscher Akademischer Austauschdienst, pude consultar la obra de Du Garty y el Nacional Argentino de los años 1854-1860. Agradezco al Prof. Dr. Dietrich Briesemeister las facilidades que me brindó para realiar mi trabajo, asi como el apoyo constante del Prof. Klaus Zimmermann, del Dr. Peter Masson y de los bibliotecarios del Museo Etnográfico y del Museo Mitre que me ayudaron en la búsqueda de ilustraciones.

Lecturas Sugeridas

AUZA, N.T., 1973, 'El Museo Nacional de la Confederación', Investigaciones y ensayos, 15, Academia Nacional de la Historia, Buenos Aires.

AUZA, N.T., 1978, El periodismo de la Confederación, 1852-186 1, Eudeba, Buenos Aires.

AUZA, N.T., 1981, 'El Museo Nacional de Paraná', RAAM. 1, 2: 6-9, Buenos Aíres.

BREZZO, L. M., 1988, 'Cartas de Alfredo Marbais Du Graty a Juan Bautista Alberdi', Documentos, 5, Centro de Historia Argentina y Regional (UCA), Rosario.

SCOBIE, J., 1964, La lucha por lo consolidación da lo nacionalidad argentina, 1852 -1862, Solar, Buenos Aires.

GOROSTEGUY de TORRES, H., Argentina, La organización nacional, Paidos, Buenos Aires

Irina Podgorny

Irina Podgorny

Facultad de Ciencias Naturales y Museo, Universidad Nacional de la Plata