Una sociedad movilizada: la Argentina y la Primera Guerra Mundial

por para Ciencia Hoy el . Publicado en Número 139.

La difusión intencionada de unos telegramas secretos del encargado de negocios alemán en Buenos Aires, más el hundimiento por submarinos alemanes de naves cargueras de bandera argentina, quebraron el consenso que existía sobre la política de neutralidad de la Argentina y modificaron las actitudes ante la contienda. Eso acaeció en momentos en que la sociedad había votado por primera vez con las reglas del sufragio universal.


Entre 1914 y 1918 los dos presidentes que gobernaron la Argentina –el conservador Victorino de la Plaza y el radical Hipólito Yrigoyen– adoptaron la neutralidad frente a una guerra que, iniciada en territorio europeo, pronto iba a adquirir alcance global. La postura diplomática oficial contrastó con el alto grado de compromiso de la sociedad civil, que a lo largo de toda la contienda se movilizó de diferentes maneras por uno u otro de los bandos beligerantes.

Durante la mayor parte de la guerra, sin embargo, este activismo no implicó el cuestionamiento del rumbo de la política exterior oficial. De hecho, hasta 1917 existió un extendido consenso acerca de que la neutralidad era el mecanismo más adecuado para preservar los vínculos comerciales con todas las potencias, tanto durante como después de la guerra, y también para evitar tensiones culturales agudas en una sociedad cosmopolita como la argentina.

En el compromiso de la sociedad argentina con la guerra pueden distinguirse dos fases con perfiles definidos y motivaciones diferentes, cuyo límite está en 1917. A comienzos de ese año, Alemania aplicó de modo sistemático la guerra submarina irrestricta, que implicaba el ataque a cualquier buque que navegara en una zona predeterminada alrededor de Gran Bretaña, Francia e Italia, lo mismo que en el este del Mediterráneo, incluso si se trataba de barcos de países neutrales. Esa medida motivó el ingreso de los Estados Unidos en la contienda, en abril. A partir de entonces el gobierno norteamericano, con la bandera del panamericanismo, inició una campaña de presiones diplomáticas y económicas sobre las naciones de América Latina para alinearlas con su política exterior.

En el caso argentino, a este factor se agregó el hundimiento de tres buques cargueros de bandera nacional entre abril y junio: la pequeña goleta Monte Protegido, con un cargamento de lino en camino a Rotterdam, hundido cerca de la costa de Inglaterra; el algo más grande velero Oriana, que llevaba carga a Génova, torpedeado en el Mediterráneo, frente a Alicante; y el Toro, con un cargamento de carne, grasas, cueros, lana y otros productos, mandado a pique algunas decenas de millas al sudoeste de Gibraltar. Esos incidentes fueron utilizados por el gobierno de los Estados Unidos para incitar –sin éxito– al argentino a abandonar la neutralidad. Para ello difundió públicamente por la agencia Reuters unos telegramas secretos enviados a su gobierno por el ministro de Alemania en la Argentina, el conde Karl von Luxburg (1872-1956), que habían sido descifrados en Londres y comunicados a Washington. En ellos el diplomático germano se refirió al ministro de Relaciones Exteriores local, Honorio Pueyrredón, como ‘un conocido burro y anglófilo (ein bekannter Maultier und Anglophil)’, y recomendó no continuar atacando barcos argentinos o, en su defecto, que fueran hundidos ‘sin dejar rastros’ (Spurlos versenkt). La difusión de esos comunicados conmocionó a la sociedad, quebró el consenso alrededor de la neutralidad que existía hasta entonces y modificó la percepción social de la contienda.

Manifestación acaecida en octubre de 1917 en reclamo de la ruptura de relaciones diplomáticas con el Imperio Alemán. Adviértase la mención del buque Curramalán, que desapareció sin dejar rastros en diciembre de 1916 tras partir de Inglaterra hacia la Argentina. No se pudo establecer si naufragó o si –como recomendó Luxburg– fue hundido sin dejar rastros por submarinos alemanes. Ante la falta de evidencias, y a diferencia de lo que hizo con el Monte Protegido, el Oriana y el Toro, el gobierno argentino no reclamó por vía diplomática. Foto AGN Manifestación acaecida en octubre de 1917 en reclamo de la ruptura de relaciones diplomáticas con el Imperio Alemán. Adviértase la mención del buque Curramalán, que desapareció sin dejar rastros en diciembre de 1916 tras partir de Inglaterra hacia la Argentina. No se pudo establecer si naufragó o si –como recomendó Luxburg– fue hundido sin dejar rastros por submarinos alemanes. Ante la falta de evidencias, y a diferencia de lo que hizo con el Monte Protegido, el Oriana y el Toro, el gobierno argentino no reclamó por vía diplomática. Foto AGN

Hasta 1917 la guerra suscitó un notable interés en la opinión pública, que la contempló como un espectáculo distante que activaba una adhesión emotiva a la causa de los bandos contendientes en función de los lazos históricos, económicos, demográficos y culturales que ligaban al país con Europa. Pero en última instancia se consideraba que no concernía directamente a la Argentina. La guerra europea, como se la denominaba por entonces, fue intensamente discutida en la prensa y entre algunos intelectuales, que debatieron sobre las causas y las responsabilidades de su desencadenamiento y tomaron partido explícito por uno u otro de los beligerantes.

En líneas generales, la sociedad se volcó mayoritariamente en favor de los aliados, especialmente en favor de Francia, que desde el siglo anterior constituía el modelo político y cultural de las elites. El lema ‘la causa de Francia es la causa de la humanidad’ inclinó a la opinión pública hacia los aliados, a los que se identificaba con valores universales como la libertad y la democracia. La enorme mayoría de los diarios y las revistas de mayor circulación –La Prensa, La Nación, Crítica, Caras y Caretas– era partidaria de dicha causa. Los admiradores de Alemania, en cambio, eran francamente minoritarios y debieron afrontar la dificultosa misión de defender la causa germana ante una opinión pública hostil, para lo que contaban casi exclusivamente con el diario La Unión, sostenido por la comunidad alemana y por la embajada de ese país.

Además de esta movilización cultural, la guerra generó una importante movilización económica y militar. Las primeras protagonistas de ese activismo fueron lógicamente las comunidades de inmigrantes residentes en el país, que en 1914 constituían casi el 30% de la población de la Argentina y alrededor de la mitad de los habitantes de la capital de la república. La colectividad más numerosa era la italiana, seguida por la española, y a mayor distancia por las comunidades francesa, rusa, sirio-libanesa, austro-húngara, británica, alemana y suiza.

Por la vía de sus asociaciones preexistentes y de los comités patrióticos organizados al iniciarse el conflicto, los inmigrantes canalizaron dinero a sus patrias y respondieron en diversos grados a la convocatoria militar de sus Estados, como lo analiza el artículo siguiente de este número. También aportaron al esfuerzo bélico europeo mediante la aplicación de las medidas dispuestas por los gobiernos de sus patrias de origen; por ejemplo, a partir de 1916 la comunidad británica boicoteó las empresas de capital alemán y las argentinas que comerciaban con ese país, las que fueron incluidas en las listas negras elaboradas por el gobierno de Londres. Poco después el resto de las colectividades aliadas aplicó iguales medidas, lo que reprodujo localmente la guerra económica que acompañó en Europa a los enfrentamientos militares.

Manifestación de noviembre de 1917 ante el diario La Prensa, en la avenida de Mayo, en solidaridad con Italia. Foto AGNManifestación de noviembre de 1917 ante el diario La Prensa, en la avenida de Mayo, en solidaridad con Italia. Foto AGN

Los argentinos contribuyeron asimismo a la causa de las naciones en guerra con manifestaciones diversas de solidaridad. La ocupación alemana de Bélgica y los crímenes cometidos por los ocupantes contra la población civil fueron narrados por Roberto J Payró, corresponsal de La Nación en Bruselas, y sus despachos fueron publicados en el diario. Sensibilizaron a la opinión pública al punto de que se creó un Comité Argentino Pro Huérfanos Belgas, el cual, lo mismo que otras asociaciones civiles, recaudó dinero para auxiliar a esas víctimas de la contienda. Otro tanto ocurrió con el Comité Franco-Argentino y con la Sociedad Damas Argentinas Pro Hospital Argentino en París, por citar solo algunos ejemplos.

Para recaudar, diversas entidades recurrieron a actividades como fiestas de caridad con juegos de rueda de la fortuna, tómbola y tiro al blanco; almuerzos y cenas benéficos; bailes; veladas literarias, musicales y teatrales; festivales deportivos; funciones circenses de la legendaria compañía de Frank Brown; fiestas campestres; kermeses. También acometieron otras que buscaban concientizar acerca de la gravedad y los horrores de la guerra, entre ellas, funciones especiales de cine en las que se proyectaban filmes sobre la guerra, conferencias de intelectuales, de ex combatientes o de capellanes militares de los países aliados, declamación de poesías y venta de postales alegóricas con pensamientos sobre la guerra de escritores argentinos y europeos.

Además de la ayuda material a los soldados y a las víctimas civiles, la sociedad argentina aportó a los ejércitos europeos numerosos combatientes voluntarios –las cifras de enrolados son imprecisas pero se trató de varios centenares–, igual que desinteresados servicios de médicos y enfermeras.

Muchos de esos voluntarios perdieron la vida en los campos de batalla y algunos tuvieron un desempeño destacado y reconocido por las naciones por las que lucharon. Ese fue el caso, por ejemplo, de los aviadores Eduardo Olivero y Vicente Almandos Almonacid, héroes de guerra que recibieron condecoraciones de los gobiernos italiano y francés respectivamente por los servicios que prestaron a la aviación de esos países durante la conflagración.

Sin embargo, la coyuntura de 1917 transformó radicalmente la forma en que fue vista la guerra, y cambió los objetivos de la movilización de la sociedad. La conjunción de las presiones norteamericanas con los efectos de la acción de los submarinos incidió decisivamente en el quiebre del consenso neutralista que había predominado desde 1914. La guerra lejana se convirtió en un conflicto que tocaba de cerca a la Argentina. Como consecuencia, despertó pasiones nacionalistas que tornaron políticas las tensiones culturales registradas con anterioridad. Se entabló entonces una lucha simbólica por la apropiación de la argentinidad que derivó en una aguda polarización política e ideológica.

La división entre aliadófilos y germanófilos, que hasta 1917 describía las afinidades de la opinión pública con los bandos beligerantes, se cargó de contenidos injuriosos. Esos términos se convirtieron prácticamente en insultos políticos dirigidos respectivamente a los partidarios de la ruptura de relaciones diplomáticas con el Imperio Alemán y a los defensores de la neutralidad. El uso del término ‘germanófilo’, en particular, se desvirtuó y terminó englobando no solo a los admiradores confesos de Alemania, sino también a cualquier partidario de la neutralidad, cualquiera fuera el fundamento de su posición.

En esta etapa la guerra intensificó el activismo de la prensa, de los intelectuales y de las asociaciones, y colocó la cuestión internacional en la agenda pública. Hasta el final del conflicto, las calles y las plazas de las principales ciudades de la Argentina se convirtieron en escenario de la disputa sobre la política exterior del país. Se realizaron manifestaciones masivas, que en algunos casos superaron ampliamente las sesenta mil personas, organizadas por una multiplicidad de asociaciones surgidas en ámbitos sociales y geográficos diversos.

La mayoría de los partidarios del mantenimiento de la neutralidad tendieron a confluir en una entidad de alcance nacional que buscó articular las actividades de ese sector de la opinión pública: la Liga Patriótica Argentina Pro Neutralidad. Entre las figuras más destacadas que la encabezaron puede mencionarse a José M Penna, Ernesto Quesada, Gregorio Aráoz Alfaro, Alfredo Colmo, Juan P Ramos, Calixto Oyuela, Dardo Corvalán Mendilaharzu, Belisario Roldán, José Monner Sans y Coriolano Alberini. Los defensores de la ruptura de relaciones diplomáticas con Alemania se encolumnaron detrás del Comité Nacional de la Juventud. Entre sus principales dirigentes se contaron Ricardo Güiraldes, Ramón Columba, Alfonso de Laferrère, Alberto Gerchunoff, Ricardo Rojas, Leopoldo Lugones y Alfredo Palacios.

Los neutralistas consideraban que los incidentes diplomáticos con Alemania habían sido resueltos satisfactoriamente tras las reclamaciones efectuadas por el gobierno argentino. Por lo tanto, continuaron afirmando las ventajas que el mantenimiento de la neutralidad reportaría al país en esos momentos y en la inmediata posguerra. Además, se identificaron con España, cuya neutralidad constituía el modelo a seguir para las naciones latinoamericanas que rechazaban el panamericanismo estadounidense. Los rupturistas, en cambio, sostenían que la gravedad de la situación hacía insuficiente cualquier compensación por parte de Alemania y requería el cese inmediato de los vínculos diplomáticos con el Imperio. Continuaron defendiendo la causa de los aliados, a la que identificaron con la tradición liberal y democrática de la Argentina.

En esta etapa de la guerra, el cuestionamiento de la neutralidad mantenida por el gobierno de Yrigoyen adquirió también fuertes matices políticos.

Los opositores al radicalismo, con fuerte presencia en el Comité Nacional de la Juventud, denunciaron que el presidente desoía la voluntad popular expresada en las calles y en la prensa, y que por lo tanto no representaba a la nación soberana. Por el contrario, exaltaron al Congreso Nacional –que por entonces era uno de los reductos controlados por la oposición–, la mayoría de cuyos integrantes se había pronunciado en favor de la ruptura de relaciones diplomáticas. La política exterior, en consecuencia, alimentó las luchas partidarias internas de esa primera experiencia democrática.

Caricatura publicada en 1917 en el semanario Fray Mocho por el dibujante José María Cao. El diálogo al pie dice: –El brazo me lo rompieron en una manifestación aliadófila, y el ojo me lo hincharon en una manifestación germanófila. –¿Y a qué fuiste a las dos manifestaciones? –Fui en calidad de neutral.

Caricatura publicada en 1917 en el semanario Fray Mocho por el dibujante José María Cao. El diálogo al pie dice: –El brazo me lo rompieron en una manifestación aliadófila, y el ojo me lo hincharon en una manifestación germanófila. –¿Y a qué fuiste a las dos manifestaciones? –Fui en calidad de neutral.

¿Cómo se explica el interés apasionado generado en la sociedad argentina por una tragedia que se desenvolvía a miles de kilómetros y que había afectado los intereses locales solo en forma episódica y lateral? Más allá de la gravitación que tuvieron la gran proporción de inmigrantes en la población y de los vaivenes de la economía producidos por la contienda, creemos que buena parte de la respuesta se encuentra en el entrelazamiento de dos procesos político-culturales que venían del siglo anterior.

Por un lado, la construcción del Estado en la segunda mitad del siglo XIX fue acompañada por la creación de una identidad nacional anclada en modelos políticos y culturales europeos. Apenas cuatro años antes del estallido de la Gran Guerra, en ocasión del primer centenario de la Revolución de Mayo, tuvieron lugar intensos debates entre los intelectuales acerca de la argentinidad, ante el carácter crecientemente cosmopolita de la sociedad resultante de las rápidas transformaciones económicas y sociales de las décadas precedentes. La Gran Guerra reactivó las controversias en torno a la cuestión nacional. En una primera fase, motivó una nueva reflexión acerca de la definición de la nacionalidad argentina, ante la conciencia de la crisis que atravesaba la civilización europea en la que esta se enraizaba. Ello la llevó al reexamen de los vínculos que la ligaban con el viejo continente. En una segunda fase, inaugurada en 1917, dio lugar a la disputa por la representación de una nación cuya posición en el concierto internacional parecía verse amenazada por los coletazos de la guerra. Rupturistas y neutralistas se consideraron a sí mismos los únicos y genuinos custodios de la nación y condenaron a sus adversarios a la categoría de enemigos de la patria.

Las reacciones sociales ante la guerra también se fundaron en una cultura política que, vigente desde el siglo anterior, se había visto renovada en vísperas de la contienda. Desde el siglo XIX la opinión pública se expresaba por la prensa, las asociaciones y las movilizaciones callejeras, en gran medida en sustitución de la falta de transparencia del sistema electoral. En 1912 la Ley Sáenz Peña abrió la libre participación electoral y, con ello, reforzó la soberanía popular como criterio de legitimidad política. Los grupos que se movilizaron en torno de la guerra apelaron a ambos canales de expresión política: recurrieron al asociacionismo, a la prensa y a las calles al mismo tiempo que exigieron al gobierno de turno el respeto por la opinión popular en materia de asuntos exteriores.

La conjunción de estos cambios de largo plazo, es decir, del nacionalismo y la democracia, con la coyuntura específica de la Gran Guerra contribuye a explicar la centralidad que tuvo la contienda para una sociedad ubicada a muchos kilómetros del teatro bélico.

Lecturas Sugeridas

SIEPE R, 1992, Yrigoyen, la Primera Guerra Mundial y las relaciones económicas, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires.

TATO MI, 2008, ‘La disputa por la argentinidad. Rupturistas y neutralistas durante la Primera Guerra Mundial’, Temas de Historia Argentina y Americana, 13: 227-250.

WEINMANN R, 1994, Argentina en la Primera Guerra Mundial: neutralidad, transición política y continuismo económico, Biblos, Buenos Aires.

, 2014, ‘Luring Neutrals. Allied and German Propaganda in Argentina during the First World War’, en Paddock T, World War I and Propaganda, Brill, Leiden.

María Inés Tato

María Inés Tato

Doctora en historia, UBA. Investigadora independiente del Conicet.
Profesora adjunta en las facultades de Filosofía y Letras y de Ciencias Sociales, UBA.
Coordinadora del Grupo de Estudios Históricos sobre la Guerra, Instituto de Historia Argentina y Americana Dr Emilio Ravignani, UBA-Conicet.
mitato@conicet.gov.ar
  • Joaquin Capandegui

    Muy buen articulo, genial