Las ollas multifunción de hace 800 años

para Ciencia Hoy el . Publicado en CONICET dialoga, Número 149.

Restos de cerámica encontrados en la costa norpatagónica aportaron datos novedosos sobre el modo de vida de los pueblos originarios.

Cuando no existían el microondas, los hornos a gas ni eléctricos, ni el actual arsenal de utensilios y elementos de vajilla que hacen más práctica y rápida la cocina en los hogares, el ingenio de las mujeres y hombres que integraban grupos de cazadores recolectores de la costa noreste de Chubut se puso a prueba.

¿Cómo cocinaban los pueblos originarios que habitaban en un suelo semi-desértico, expuestos a fuertes vientos y bajas temperaturas? Siempre se supo que sustentaban su alimentación principalmente en la carne de guanaco asada, un recurso de gran disponibilidad en Patagonia.

Sin embargo, restos de cerámica hallados por la arqueóloga Verónica Schuster, becaria postdoctoral del CONICET en el Instituto de Diversidad y Evolución Austral del Centro Nacional Patagónico (IDEAus, CENPAT-CONICET), advirtieron que los pueblos originarios de la región supieron aprovechar la biodiversidad que ofrecían un mar y una estepa prácticamente vírgenes.

A partir de técnicas derivadas de la geología y de la medicina -como por ejemplo las radiografías y de estudios físico-químicos- realizadas en los restos de cerámica se pudieron revelar dos importantes aspectos que marcaron el modo de vida de estos pueblos: la elaboración local y artesanal de artefactos cerámicos y, de manera relacionada, la incorporación de otros tipos de alimentos que ampliaba la dieta basada en la carne de guanaco.

La cerámica encontrada fue fabricada por los grupos de cazadores recolectores de la zona, con arcillas que obtenían del suelo que mezclaban y amasaban para elaborar ollas que servían para varios propósitos domésticos en un contexto de movilidad territorial permanente o semi-permanente.

Este dato provocó diversos interrogantes a los estudios arqueológicos existentes sobre los pueblos originarios. ¿Por qué los cazadores recolectores, grupos altamente móviles acostumbrados a una dieta centrada en el guanaco, necesitaban una pieza cerámica?

Se hicieron estudios físico-químicos de ácidos grasos y de isótopos estables sobre la cerámica y se determinó que los residuos que estaban adheridos o absorbidos en las paredes de las piezas tenían restos de recursos vegetales asociados a carnes de especies terrestres y marinas. Esto quiere decir que los grupos basaban su dieta en función de la disponibilidad de recursos que había en la zona: peces y grasa de mamíferos marinos, vegetales autóctonos y carne.

“Estos materiales estaban en los contextos arqueológicos pero se les negaba la posibilidad de que contaran su historia”, dice Verónica Schuster.

Son piezas que no tenían morfologías particulares, como las que se elaboraban en el noroeste argentino para usos específicos. Son ollas de boca abierta, subglobulares, sin base, que servían para diversos fines como cocinar sobre el fuego, guardar alimentos y procesarlos. “Eran piezas funcionales al modo de vida de los grupos. Tampoco pesaban mucho, lo cual les permitía cargarlas en los viajes a otros campamentos”, apunta Schuster.

“Nuestra hipótesis es que estas piezas podrían haber servido para maximizar o intensificar los recursos que ya estaban presentes en la dieta de estos cazadores, con la particularidad de que el uso de cerámica les permitía hacer preparaciones, como un puchero o un guiso, aprovechando los recursos vegetales que de otra manera eran más difíciles de digerir o de preparar. Esto sumaba valor nutritivo y condiciones de higiene a su dieta ya que hervir la carne era más saludable que comerla cruda o después de varios días sin condiciones adecuadas de conservación”, explica la arqueóloga del CENPAT-CONICET.

 

Arqueología contra viento y marea

“Los estudios arqueológicos sobre cerámica en la costa norpatagónica fueron relegados mucho tiempo por diversos motivos: se pensaba que había poco material en comparación con el lítico (de piedra), y que éste no se podía fechar correctamente debido a la perturbación de los sitios”, afirma Schuster.

La cerámica en dicha región tiene un breve desarrollo dentro de las investigaciones y hay pocos sitios fechados. Los más recientes muestran que por lo menos hace mil años ya había una tecnología cerámica pero ésta tuvo poca permanencia porque apenas hubo contacto con los europeos se dejaron de usar completamente y se reemplazaron por otros materiales. En Península Valdés las dataciones más antiguas registradas indican que 880 años atrás ya existía esta tecnología.

Además, los materiales fueron hallados, en su mayoría, enclavados en médanos móviles, que varían a lo largo del tiempo por el movimiento de la arena. Este movimiento transportó los materiales que estaban enterrados y por ello en muchos casos resulta complejo fecharlos.

“Aparecen restos asociados a otros materiales y muy pocas veces tenemos la certeza de que han estado de manera contemporánea en el pasado. Por eso son estimaciones. Los sitios a veces no permiten la conservación de carbón adecuada que permita fechar la cerámica correctamente”, explica Schuster.

Nuevas hipótesis

Muchos años atrás se creía que la costa de Patagonia era únicamente zona de paso de los grupos de cazadores recolectores; personas que venían del interior a buscar ciertos recursos, para luego volver a sus campamentos más estables en la meseta. Sin embargo, investigaciones llevadas adelante por Julieta Gómez Otero, investigadora independiente en el IDEAus, y su equipo- en el cual colabora Schuster-, pudieron corroborar que hubo poblaciones humanas asentadas en la costa.

“En los sitios arqueológicos hay indicios de que estos fueron ocupados por gente que estuvo comiendo animales terrestres y marinos en diferentes épocas del año; esto nos permite inferir que habían grupos que vivían en la costa, muy probablemente con distintos tipos de campamentos y que iban explotando diferentes ambientes en función de lo que necesitaban”, infiere la arqueóloga.

Del mismo modo, la especialista señala que hacer cerámica implica un determinado tiempo de permanencia en el lugar por el proceso mismo que lleva fabricarla de manera artesanal.

“También hay sitios arqueológicos donde encontramos mucha cerámica. Esto nos permite suponer que dejaban equipados algunos lugares sabiendo que en algún momento volverían”, apunta Schuster.