Restos humanos en las colecciones de museos

para Ciencia Hoy el . Publicado en Editoriales, Número 150.

Esta entrega, el número 150 de la revista, es motivo para que Ciencia Hoy celebre con sus lectores, autores, árbitros, diagramadores, correctores y secretaría la continuidad de una labor que ya lleva 28 años. También lo es para que el comité editorial exprese su enorme reconocimiento y agradezca calurosamente a todos los que contribuyeron y contribuyen a hacerla posible, que incluye a los fundadores de la institución, a sus auspiciantes y benefactores, y a pasados miembros de sus cuerpos directivos y asesores.

Dicho esto, el presente editorial invita a reflexionar sobre un tema cuyo significado y alcances adquieren cada día más importancia a medida que nos adentramos en el siglo XXI y tomamos conciencia de las diferencias entre nuestra sociedad y la del siglo XIX –cuando se crearon los principales museos argentinos– e incluso la del siglo XX. Nos referimos a la existencia de restos humanos en las colecciones de museos, particularmente los de cienciasnaturales, antropología o etnografía, un hecho que plantea, entre otras cuestiones, si es éticamente aceptable tenerlos allí, cómo deben ser conservados, si se los puede exhibir y cómo, o si los museos deberían darles otros destinos y cuáles.

No es la primera vez que nuestra revista se ocupa de museos (ni probablemente será la última). Así, en 1997 publicó una reflexión sobre los museos etnográficos que viene muy al caso para lo que queremos argumentar en este editorial (James Volkert, ‘Los museos en los albores del siglo XXI’, Ciencia Hoy 7, 39: 10-15), e igualmente al caso resulta nuestro editorial del número de octubre-noviembre de 2007 sobre el Museo Histórico Nacional (‘¡Del museo se han robado un reloj!’, Ciencia Hoy, 17, 101: 6-7).

El título de este editorial remite, entre otros, a episodios acaecidos en el Museo de La Plata en las décadas de 1880 y 1890, de índole similar a otros que más o menos contemporáneamente tuvieron lugar en los grandes museos de historia natural y etnografía del hemisferio norte. Esos episodios consistieron en la obtención, incorporación a las colecciones y exhibición de restos humanos de aborígenes de territorios sometidos al dominio político europeo o al de países de reciente constitución en el ámbito cultural europeo, como la Argentina. Para la conciencia moral de quienes hoy dirigen, operan y visitan los mismos museos se trató de acciones reprobables sin atenuantes, pero no así para sus congéneres de hace más de un siglo. ¿Cómo puede ser que ello haya sido aceptable para los científicos y dirigentes de la época y todo lo contrario para los de hoy? ¿Y qué actitud debemos tomar ante esos hechos y sus protagonistas?

Para responder a estas preguntas conviene partir del hecho de que los museos son instituciones cuya concepción responde a la cultura de la época, con sus aciertos y sus errores. Por eso los museos de hoy son tan diferentes a los de fines del siglo XIX, y esa diferencia no solo incluye qué se presenta a los visitantes en las salas y cómo se lo presenta, sino también la concepción misma de un museo, su misión y sus funciones en la sociedad.

El mencionado editorial de 2007 habla de esos cambios en los museos históricos, y más concretamente, en la institución argentina de ese tipo por antonomasia, el Museo Histórico Nacional. Cuando este se fundó en 1889 impulsado por Adolfo Carranza (1857-1914), que lo dirigió por 25 años, tuvo por misión, en palabras de dicho editorial, construir ‘el relato a ser tomado como historia canónica u oficial’ y difundirlo entre quienes los gobernantes del país creían importante hacerlo, en especial ‘los escolares, los inmigrantes, quienes tenían poca educación y los extranjeros de visita’.

Era una misión perfectamente adaptada a una sociedad con gran proporción de inmigrantes en procura, para recurrir a la inspirada expresión de Tulio Halperin Donghi (1926-2014), de ‘construir una nación en el desierto argentino’. ‘Como no podía haber Nación sin historia’, afirma nuestro editorial, ‘fundar la primera exigía crear la segunda, algo que se hizo con éxito (y no excesiva fidelidad a los hechos...)’. Se hizo con la conducción de gobiernos cuya visión política, la del Estado nacional federal formalizado en la Constitución de 1853, solo había tomado vigencia efectiva pocas décadas antes, digamos en 1860. Dicha visión era netamente eurocéntrica: para ella la historia humana progresaba indefinidamente hacia estadios superiores definidos por los valores que difundían con celo proselitista las potencias coloniales.

Los museos de historia natural (que hoy llamamos de ciencias naturales) tenían misiones coherentes con lo anterior en el ámbito científico: ante todo conocer el mundo natural, pues entonces la investigación en esas ciencias se realizaba principalmente en los museos, y luego difundir ese conocimiento a los públicos mencionados.

La visión de la época acostumbraba a distinguir entre el ámbito de la naturaleza y el de la cultura, distinción que quedaba reflejada en el medio académico. Así, en la órbita alemana se diferenciaba entre las ciencias de la naturaleza (Naturwissenschaften) y ciencias del espíritu y la cultura (Geistes y Kulturwissenschaften). Esta concepción lleva implícito el postulado de que la cultura aparece en algún estadio de la evolución humana y explica que los museos decimonónicos de historia natural se hayan ocupado también de seres humanos, sobre todo de la evolución biológica de la especie, su diversidad (entonces concebida como razas biológicamente distintas) y las características étnicas de los grupos ajenos a la sociedad europea o marginales en ella. Por contraposición, esos grupos humanos no interesaban a los museos históricos.

Los museos de ciencias naturales abordaron el estudio de la especie humana con los métodos de observación, medición, clasificación y colección de especímenes que aplicaban a todos los temas de su interés. De ahí que hayan incorporado restos humanos a sus colecciones, de la misma manera que incorporaban restos de mamíferos, de otros animales y de plantas. Y que el tratamiento dado a esos restos y a su conservación y exhibición fuese similar.

Esta observación no implica desconocer y menos condonar procedimientos de obtención de esos restos que no solo hoy se consideran reprobables sino que, también, fueron denunciados por voces de la época, de la misma manera que había denuncias contemporáneas sobre la forma de obtención de cadáveres humanos en un mercado negro por anatomistas de entonces.

Con el andar del tiempo y la modificación de los enfoques científicos, muchos museos de ciencias naturales sedesprendieron de sus áreas y colecciones de antropología y etnografía, que pasaron a constituir museos independientes; otros las conservaron. En la Argentina sucedieron ambas cosas: en Buenos Aires hoy operan el Museo Etnográfico Juan B Ambrosetti, de la UBA, y el Museo Argentino de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia, del Conicet; las cuestiones que trata este editorial, en consecuencia, atañen al primero. El Museo de La Plata, en cambio, no fue escindido.

El contexto descripto, que corresponde a los años en que fueron creados tanto el Museo de La Plata como el Histórico Nacional, varió considerablemente desde entonces. Europa se vio devastada por dos grandes guerras y tuvo enormes sectores de su población sometidos por años a dictaduras sanguinarias; la descolonización cambió el marco de vida de millones de personas; el desarrollo económico, la educación y la movilidad social incorporaron multitudes a las clases medias en todos los continentes, cuya presión política dio lugar a sucesivas olas de democratización; transportes, comunicaciones y comercio internacional terminaron con las sociedades étnica y lingüísticamente homogéneas.

En el mundo así configurado, quedó obsoleta la misión de los museos históricos como creadores, depositarios y transmisores de la mítica historia oficial, y tendió a ser sustituida en los ámbitos más esclarecidos por la misión de explorar las múltiples historias de los grupos que componen las actuales sociedades pluralistas, con su diversidad de tradiciones étnicas, ideologías, religiones, morales privadas e incluso idiomas.

E igualmente obsoleta quedó la visión científica de los museos de ciencias naturales. La biología experimental de laboratorio, que revolucionó nuestra comprensión de los seres vivos, se instaló principalmente fuera de los museos; la genética molecular, que permitió entender los mecanismos de la evolución, quitó fundamento al concepto de razas humanas y mostró cómo puede coexistir una enorme diversidad de caracteres individuales en los miembros de una única especie; y el afán por medir y clasificar los organismos individuales pasó a segundo plano ante los esfuerzos por comprender el funcionamiento y evolución de los ecosistemas, las relaciones entre las especies, la selección natural, la conducta animal, etcétera.

Lo anterior aconteció en paralelo con cambios éticos y políticos que, luego de guerras, dictaduras, matanzas y genocidios, condujeron a reconocer la preeminencia de las libertades individuales, a limitar los poderes discrecionales de los gobiernos, a sujetar a naciones independientes a normas superiores a ellas, como la Declaración Universal de Derechos Humanos, y a sus gobernantes a instancias penales supranacionales, como la Corte Penal Internacional.

Este nuevo contexto provee la respuesta a la pregunta formulada más atrás sobre por qué procedimientos normales en los museos y entre los científicos de hace 130 años son hoy inaceptables. La situación es similar a la de muchas otras actividades en que los sujetos eran y son personas, desde la educación a la medicina pasando por las condiciones laborales, y en nuestro caso particular, al operativo económico, político y militar de la conquista del desierto (cuyo nombre mismo hoy resulta cuestionado).

Lo anterior, sumado a la presión de agrupaciones indígenas cada vez más poderosas, hicieron que los museos que las tenían decidieran (o se vieran legalmente obligados) a restituir partes mayores o menores de sus colecciones de restos humanos, y a que cambiaran los estándares de tratamiento y conservación de las partes que conservaron, las que ahora se tratan en todas las instituciones como materiales sensibles. Si hoy los museos se rigen por los nuevos estándares, qué hacer con algunas consecuencias de los antiguos, como los restos humanos que quedaron en ellos, es justamente lo que durante las recientes décadas esas instituciones, a las que se sumaron centros de investigación, vienen buscando enfrentar en muchos países.

En la Argentina, a veces lo han hecho de manera franca y decidida, pero no dejaron de registrarse casos de resistencias o negligencias internas, como demoras en actualizar inventarios o reticencias a dialogar con reclamantes. De todos modos, se ha ido difundiendo la conciencia de que es necesario cambiar de actitud ante esta compleja cuestión. En términos generales, ese cambio se está realizando con honestidad y está alcanzando todo el éxito esperable bajo fuertes presiones encontradas y no siempre libres de intereses espurios. Es un esfuerzo que merece reconocimiento y apoyo.

Lecturas Sugeridas

CASSMAN V, ODEGAARD N & POWELL J, (eds.), 2007, Human Remains. Guide for Museums and Academic Institutions, Altamira Press.

UK MUSEUM ETHNOGRAPHERS GROUP, 1994, ‘Professional Guidelines Concerning the Storage, Display, Interpretation and Return of Human Remains’, Journal of Museum Ethnography, 6: 22-24.