Las Malvinas, ¿objeto de investigación?

por para Ciencia Hoy el . Publicado en Editoriales, Número 157.

Dos acontecimientos que tuvieron lugar hace treinta y cinco años marcaron profundamente los sentimientos y las actitudes de la sociedad argentina con relación a las Malvinas. Si hoy alguien ajeno a nuestro medio procurara informarse acerca de ellos leyendo la prensa del momento, seguramente concluirá que el primero –la invasión de las islas dispuesta por la dictadura militar en 1982– fue un acto cuasi festivo que tuvo unánime apoyo social. Difícilmente encuentre este hipotético interesado registros de opiniones disidentes, aunque quizá piense que ellas no se manifestaron debido al carácter represivo del régimen, pero al mismo tiempo posiblemente advierta que la intensidad y diversidad de manifestaciones favorables a la invasión en todos los niveles sociales creaban un clima poco propicio a los cuestionamientos.

Leyendo las noticias del segundo acontecimiento –la guerra entre la Argentina y Gran Bretaña que se desencadenó en el lapso de escasas semanas de la invasión y terminó luego de 74 días con la expulsión de los invasores–, seguramente el mencionado interesado concluya que la sociedad lo tomó con ánimo sombrío, como una adversidad que se le había venido encima, pero también observe que si bien se produjeron oscilaciones en el pensamiento político al compás del derrumbe del régimen militar, de la restauración democrática y de las primeras alternancias en el gobierno de los dos partidos políticos dominantes, se marchó hacia una llamativa uniformidad de opiniones sobre la posición de la sociedad ante las islas, expresada, por ejemplo, en la disposición constitucional que las declara parte del territorio nacional, o en las múltiples manifestaciones públicas que así lo afirman.

Ciencia Hoy presenta en lo que sigue algunos análisis que invitan a los lectores a reflexionar sobre el tema y a la comunidad académica a considerarlo como un objeto de investigación que sería conveniente abordar. Luego de una introducción acerca de los enfoques de los estudios históricos sobre las islas, producida por los editores, un artículo firmado señala algunas líneas de análisis para las ciencias sociales.

Enfoques sobre la historia de las Malvinas

Los estudios históricos sobre las islas que el Estado argentino denomina Malvinas y el británico Falklands han sido objeto de por lo menos dos tipos de abordajes, enfocados uno en la historia política y militar del archipiélago, y el otro en el impacto de la cuestión Malvinas en la cultura y la política nacional. Una tercera línea de reflexión, más reciente, estudia la acción humana sobre la naturaleza en el Atlántico sur.

El primer conjunto de trabajos gira en torno al descubrimiento, la ocupación y la disputa por el control del archipiélago austral. Esa literatura tiene, a su vez, dos grandes vertientes, cuyos ejes son la historia diplomática y la historia del conflicto militar de 1982 respectivamente. En el primer grupo predominan las investigaciones centradas en las relaciones entre la Argentina y Gran Bretaña, con un fuerte énfasis en la cuestión de los derechos de soberanía. El segundo grupo de trabajos, en cambio, está centrado en las batallas de ese año. La literatura sobre la guerra de las Malvinas comprende desde una historia militar y diplomática de cuño tradicional, hasta estudios centrados en la experiencia subjetiva de los actores, la representación del conflicto en la prensa y sus ecos en la opinión pública. En las bibliotecas argentinas predominan las investigaciones realizadas y publicadas localmente, pero existe una vasta literatura producida en Gran Bretaña. De hecho, la tradición guerrera e imperialista de esa nación, así como el considerable desarrollo de los estudios históricos en sus universidades y centros de investigación, ha dado lugar a un amplio conjunto de trabajos sobre la historia de las guerras que cubre toda la experiencia británica en la era moderna. El conflicto militar de 1982 es uno de los capítulos más recientes de esa rama de estudios históricos.

El segundo conjunto de trabajos mencionado se interroga por el significado y el impacto de las Malvinas en la política y la cultura de las naciones que se enfrentaron en el año nombrado. Tal literatura pone más la atención en la sociedad nacional que en las islas. En la Argentina (donde la cuestión Malvinas indudablemente pesa más que en Gran Bretaña), su principal foco de interés son los procesos políticos y culturales que convirtieron al diferendo de soberanía en una causa nacional, esto es, en un factor central en la definición de la identidad argentina. Este fenómeno es relativamente reciente. Hasta el último tercio del siglo XX la ocupación británica de las islas era concebida como un problema menor de la relación anglo-argentina y con escaso peso en la agenda internacional del país, de estatus similar a los diferendos territoriales con países vecinos. Ni siquiera los grupos nacionalistas le otorgaban gran importancia. En consonancia con este cuadro, todavía en la década de 1970 existían vínculos regulares con las islas, que incluían vuelos entre el continente y Puerto Stanley (a cargo de la aerolínea estatal LADE), así como cierta colaboración en cuestiones comerciales, logísticas, educativas y sanitarias. En esos años, las negociaciones con Gran Bretaña parecían encaminarse lentamente hacia la cesión de soberanía, una solución que la dirigencia política argentina consideraba satisfactoria.

Pero durante las décadas de 1960 y 1970 el significado de la cuestión Malvinas fue cambiando. Para un número creciente de actores de peso en la vida pública local el problema dejó de encuadrarse como un mero diferendo territorial y se transformó en un factor capaz de movilizar el sentimiento de comunidad. Por detrás de esta mutación se advierte un cambio en la manera de concebir la nación, que dio enorme gravitación a su dimensión territorial (al punto de que, amén de instigar una guerra, terminó inscribiendo el reclamo de soberanía en la propia letra de la Constitución). Las razones de la emergencia de esta forma de nacionalismo, que sostiene que la Argentina no podrá realizarse plenamente hasta que la bandera nacional no flamee en las islas, constituyen un fértil campo de indagación. Desde esta perspectiva, las Malvinas sirven, ante todo, como mirador para explorar problemas más amplios de la política y de la cultura política nacionales.

De que se trata

Las diversas líneas de reflexión adoptadas a lo largo de los años por historiadores y otros interesados en las islas.

A 35 años, ¿vale la pena estudiar la guerra de Las Malvinas?

Este artículo se refiere al conflicto armado que sostuvieron la Argentina y Gran Bretaña en 1982 por la soberanía de los archipiélagos Malvinas/Falklands, Georgias del Sur, Sandwich del Sur y los mares circundantes. La guerra, nunca declarada, se extendió entre el 2 de abril, con la ocupación armada de la capital isleña Puerto Stanley, y el 14 de junio, con la capitulación argentina, tras 45 jornadas de acciones bélicas por aire, tierra y mar. La reivindicación territorial argentina fue sostenida sin solución de continuidad, aunque con distinto énfasis, desde 1833. Siglo y medio después el gobierno militar quiso forzar al Reino Unido con esa invasión a negociar la cesión de soberanía, arbitrada por las Naciones Unidas, pero ambas partes escalaron a un conflicto armado. (Como en toda guerra, los agentes y las causas de dicha escalada son por demás complejos y exceden los objetivos de este artículo.) Aunque el gobierno militar, presidido desde 1981 por Leopoldo Galtieri, era sumamente impopular debido a su cruenta represión ilegal, al fracaso de su política económica y a su negativa a convocar a elecciones, en abril de 1982 recuperó, junto con las Malvinas e igual de fugazmente, el respaldo de la mayor parte de la población, de los partidos políticos, de los presos políticos y comunes, y de los exiliados y emigrados argentinos. La derrota militar desencadenó una veloz apertura que terminó, para fines de 1983, con la dictadura iniciada en 1976. En la Argentina, la guerra tuvo varios efectos: relaciones diplomáticas interrumpidas o seriamente dañadas, particularmente con los Estados Unidos y Europa occidental; fracturas en las cadenas de mandos de las tres fuerzas armadas; 649 fallecidos o desaparecidos en combate, un número muy superior de heridos físicos y psíquicos, y miles de jóvenes que regresaban de su interludio militar a la vida civil. Por primera vez en el siglo XX algunos ciudadanos adquirieron el estatus de veteranos de guerra.

Cenotafio de la plaza San Martín, ciudad de Buenos Aires. Wikimedia Commons

En su decisión de dar cuenta de la historia reciente, la herencia de la dictadura y el autoritarismo, las ciencias sociales y las humanidades en la Argentina de la inmediata posguerra orientaron su esfuerzo intelectual a comprender y denunciar la represión, los campos clandestinos de detención y los crímenes de lesa humanidad perpetrados por agentes estatales, así como a analizar la nueva estructura social argentina y la transición democrática con vistas a reconstruir un Estado sobre bases constitucionales duraderas.

Comodoro Rivadavia, Chubut.

En este panorama, una gran ausente fue la guerra de las Malvinas, de la que sí se ocuparon los expertos en cuestiones militares y relaciones internacionales, el periodismo y algunos protagonistas directos. La literatura sociológica y politológica tocó el tema de manera tangencial y como parte del bestiario dictatorial, sin un lugar específico que restituyera complejidad a un hecho histórico de magnitud tal que comprometió a todos los argentinos dentro y fuera del país, independientemente de su apoyo a la causa de soberanía y de su posición político-ideológica.

Quequén, provincia de Buenos Aires

En otras palabras, la guerra de Malvinas, más que un objeto de investigación, fue para los científicos sociales argentinos una muestra más, extendida al territorio insular, de la acción de la dictadura, un episodio oscuro e insondable, cuya adjetivación como hecho irracional –‘la guerra absurda’, ‘la aventura del general borracho’, ‘un manotazo de ahogado’, etcétera– transformó a sus protagonistas argentinos en seres exóticos y distorsionados. Se habló de oficiales y suboficiales que torturaban a sus soldados, de pobres soldaditos de dieciocho años librados a su suerte frente al profesional inglés y a la sanguinaria fuerza mercenaria nepalí. La distinción analítica de historiadores, politólogos y periodistas entre reclutas civiles y profesionales militares vino a ratificar la oposición cívico-militar que dominó la escena política en los años de la transición democrática, y desconoció la especificidad de esta guerra como hecho social.

Si bien es cierto que el conflicto bélico fue acometido por el mismo régimen que aplicó el terrorismo estatal, no lo es menos que una guerra se realiza en varios niveles y dimensiones, y no se reduce a los estados mayores ni a la primera línea de los ministerios. En este sentido, la de la Malvinas tuvo, por lo menos, tres particularidades: se realizó contra una potencia mundial de primer orden; se combatió esgrimiendo la defensa de una causa de larga trayectoria histórica y plena vitalidad popular, y comprendió una nutrida presencia civil uniformada. Estas tres características pueden ser leídas de modo distinto del habitual.

La dictadura despertó el apoyo masivo y entusiasta de la población porque decía encarar la solución de una causa nacional gestada durante largas décadas de reclamos diplomáticos en nombre de la soberanía argentina. De ella participaron Domingo Faustino Sarmiento, José Hernández, Paul Groussac, el socialista Alfredo Palacios, el comunista Atahualpa Yupanqui, los nacionalistas Julio y Rodolfo Irazusta, y el aún no montonero Dardo Cabo, personalidades demasiado significativas para limitar el respaldo de la sociedad y los partidos políticos argentinos a una mera manipulación nacionalista.

La figura del ex combatiente es la primera y quizá la única que mereció cierta atención académica. Quienes logran superar la mirada compasiva –justificada por tratarse genéricamente de humanos en situación bélica– no siempre avanzan hacia otras preguntas acerca de cómo la guerra y su conscripción resignificaron sus vidas cuando los enfrentó al enemigo externo en el mismo bando que los militares profesionales argentinos. También resta investigar cómo los soldados vincularon su experiencia individual y colectiva en el teatro de operaciones con su transformación en actores políticos de la posguerra, dueños de un exclusivo capital moral –la veteranía militar asentada sobre su condición civil y, por ende, relativamente incontaminada por la incompetencia militar–. Finalmente, merecería estudiarse en forma cualitativa y cuantitativa el fenómeno de los suicidios de los soldados que regresaron, un mal que estos denuncian como su respuesta a la falta de reconocimiento social.

Ushuaia, Tierra del Fuego.

El desempeño del personal militar, tanto oficiales como suboficiales, fue analizado por historiadores militares y por protagonistas, y apenas rozado por los científicos sociales. Disponemos de una nutrida casuística experiencial en forma de testimonios personales y de informes castrenses, difundida por el periodismo tras cada 2 de abril. Dado que la guerra es el fin para el que un Estado crea, sostiene, financia, entrena y reproduce a sus fuerzas armadas, y dado también que las argentinas, como las de otros países latinoamericanos, aplicaron desde la década de 1960 la doctrina de la seguridad nacional o interna, la guerra de las Malvinas constituye una novedad para los científicos sociales, como lo fue en su momento para los mismos militares. Por este y otros motivos, los efectos políticos y organizativos de la guerra en la estructura interna de las fuerzas armadas aguardan un profundo análisis, que incluya la perspectiva de sus integrantes.

La de las Malvinas, como todas las guerras, fue un escenario al que asistieron espectadores interesados, entre ellos, los gobiernos de otras naciones y los fabricantes de armamento y de material logístico. Cada cual sacó sus conclusiones sobre la base de los informes de los especialistas. Por su parte, el Estado que condujo a la guerra no la estudió ni promovió su análisis, con una excepción: el informe que encomendó al general retirado Benjamín Rattenbach, quien tuvo a su cargo la Comisión de Análisis y Evaluación de las Responsabilidades Políticas y Estratégico-Militares en el Conflicto del Atlántico Sur. El informe se mantuvo en reserva, aunque por filtraciones llegó a la prensa. En 2012 fue dado a conocer, incluso con las declaraciones de todos los entrevistados. Hasta hoy, sin embargo, el Informe Rattenbach no se utiliza para estudiar la guerra, aunque algunos científicos sociales buscan en sus páginas información para identificar responsables de malos tratos a los soldados y otras faltas que, por exceder el nivel político-estratégico que le es propio, el documento no les proveerá. En cambio, podrían extraer de él material sobre la relación entre las fuerzas, sus unidades y sus jefaturas, sobre los procesos decisorios político-estratégicos, y sobre la concepción que tenían los comandantes del escenario internacional y de sus efectos en la dinámica del conflicto.

La diversidad de desempeños, aun dentro de cada fuerza y de cada unidad, es conocida por sus protagonistas directos y por los estudiosos de la cuestión militar, generalmente estrategas y soldados retirados. Pero esos análisis no son empleados por las ciencias sociales ni tampoco, llamativamente, en los programas de estudio de la mayoría de los institutos de formación de las mismas fuerzas armadas. Que la guerra de las Malvinas haya permanecido en el anecdotario de quienes la vivieron en vez de constituirse en objeto de investigación y enseñanza es, por lo tanto, una responsabilidad compartida por las conducciones castrenses, los científicos sociales y las agencias oficiales dedicadas a la educación y la defensa.

Las guerras suelen ser canteras inagotables de conocimientos sobre el desarrollo y la aplicación de tecnología, tema sobre el que las fuerzas armadas tienen sus especialistas. Aunque en la actualidad la producción argentina para la defensa es casi inexistente, su relevancia ocupó al Estado durante casi todo el siglo XX, en buena medida porque sus desarrollos no eran solo de uso militar. La guerra de las Malvinas demostró errores, pero también grandes aciertos, resultantes del profesionalismo y la capacidad de improvisar, en su mejor sentido, con efectos letales para un enemigo largamente entrenado y equipado.

Yapeyú, Corrientes

El éxito de las campañas militares se mide no solo por el logro del objetivo principal sino también por el esfuerzo empeñado. La Argentina perdió las islas; su estado mayor cometió gruesos errores políticos y estratégicos; las fuerzas armadas operaron solo a veces de manera conjunta; los soldados que combatieron en el medio terrestre constituían una nutrida tropa de jóvenes no profesionales. Pero pese a la brecha tecnológica, Gran Bretaña perdió 372 vidas, 8 fragatas misilísticas, 3 buques logísticos hundidos o inutilizables en el corto plazo, 10 aviones de combate y 24 helicópteros. Sin desconocer el enorme costo argentino (además de las pérdidas humanas, 98 medios aéreos, 12 helicópteros, 11 naves), la perspectiva de las jefaturas políticas y militares británicas se resume en el título del libro del primer jefe de las fuerzas terrestres, general Julian Thompson (No picnic, Pen & Sword Books, 1985), que habla de una campaña cruenta y esforzada para ambas partes. Testigos de su reconocimiento son los encuentros privados y públicos en la posguerra entre combatientes de ambos bandos.

Descalificar de manera simplista con el mote de absurda a esta experiencia bélica nacional destierra al sinsentido y, por eso, al aislamiento histórico, social e incluso castrense a sus protagonistas, profesionales y conscriptos; también ignora sus esfuerzos, el de sus familias y el de sus círculos de sociabilidad, a quienes la guerra de las Malvinas les transformó la vida para siempre. Esto excede los efectos psíquicos y somáticos del llamado estrés postraumático (post-traumatic stress disorder), que comenzó a ser atendido en forma tardía y asistemática por el sistema de salud civil y militar. Abordar la guerra de las Malvinas como objeto de estudio significaría aprender todas las lecciones que puedan extraerse de ella, tan absurda como la mayoría de las guerras, pero tan cultural, política y humana como todas.

Por último, los científicos sociales debemos analizar la incidencia política de la guerra de las Malvinas en el propio ámbito castrense. Haber cruzado a las islas y haberle visto la cara al enemigo en combates reales hizo que sus protagonistas plantearan la necesidad de redimensionar las rutinas militares, la formación de cadetes para la guerra contemporánea, y los sistemas de recompensa y castigo. Pero esta disposición no fue compartida por todas las jerarquías, algunas de ellas responsables de errores en los máximos niveles de decisión.

La guerra agrandó la brecha entre oficiales subalternos y medios, por un lado, y oficiales superiores por el otro, y entre oficiales y suboficiales. La cadena de mandos se resintió en algunos casos, y se reforzó en otros, según la autoridad moral de cada militar independientemente de su rango. ¿Cómo recibiría un subalterno la orden de un superior que había eludido el combate? ¿Cómo toleraría un suboficial convivir con un joven oficial que lo reprendió por tener la barba crecida tras regresar de una difícil y exitosa incursión en las filas enemigas? Finalizada la contienda, estas divisiones afectaron la política nacional y las agendas de la defensa, y se superpusieron a las causas legales pendientes por violación de derechos humanos. Pero la dirigencia política apenas pudo distinguir entre crímenes de lesa humanidad en el plano interno y errores político-estratégicos en el conflicto internacional, y se vio maniobrando sobre la marcha entre los planteos militares de cuatro sublevaciones acaecidas entre 1987 y 1990 y la presión de la ciudadanía en las calles, encabezada por las organizaciones humanitarias. Así, militares y civiles combatientes quedaron atrapados en una transición política en la que su experiencia bélica quedó repentinamente devaluada.

Puerto San Julián, Santa Cruz.

¿Vale la pena, entonces, estudiar la guerra de las Malvinas? La pregunta sugiere una articulación interesante entre el valor y la pena. Malvinas fue una guerra breve y contundente; suele decirse que fue la última guerra clásica entre contendientes directos y presenciales. Para muchos, continúa sigue siendo un ardid político del peor gobierno nacional, una ‘guerrita’ que la Argentina perdió, una guerra de poca monta que vino a probar la falta de valor de sus oficiales y la escasa utilidad militar de sus soldados. Aunque cada una de estas afirmaciones sea desmentida por sus protagonistas, todavía vivientes, y también por los hechos, cabe preguntarse si el valor de una guerra debe medirse por sus costos humanos y materiales y por su incidencia en el proceso político o también, y más importante, por cuánto una nación puede verse en esa configuración sociocultural en que la vida se bate cuerpo a cuerpo con la muerte.

He aquí la pena: el dolor de lo irreparable, el esfuerzo por seguir adelante de quienes pudieron regresar, y la dedicación de los que, sin saber cómo, fueron a recibirlos y los acompañaron desde entonces. He aquí la pieza faltante, el corazón de una labor que las ciencias sociales nos debemos todavía: desandar estos procesos, reconstruir humanidades sociales y culturales –y por eso no exóticas–, restituir una comprensión que se aleje de la caricaturesca, la heroica, la maldita y la victimizada, y se acerque a seres de carne y hueso que combinaron la decisión y la trayectoria de trabajo y de vida con el imperio de las situaciones y la orden inapelable del Estado. En alguna medida lo que hemos hecho todos los argentinos.

Las Malvinas antes de 1833

Desde el siglo XVI el archipiélago malvinense fue avistado y explorado por navegantes europeos en busca de puertos naturales para reparación y abastecimiento de las misiones comerciales a las Indias Orientales. Su primer colonizador, Louis de Bougainville, fundó Port Saint Louis en 1764, en nombre de Luis XV de Francia. En 1765 John Byron fundó Port Egmont en nombre de Jorge III de Inglaterra. Por un pacto entre imperios, Luis XV entregó las Îles Malouines a Carlos III de España en 1767, y en 1769 Francisco de Paula Bucarelli, gobernador de Buenos Aires, envió una misión militar para expulsar a una decena de británicos de Port Egmont.

Diecinueve españoles gobernaron las Malvinas hasta 1810, cuando la junta realista refugiada en Montevideo decidió evacuarlas. En 1820 David Jewitt, a órdenes de la Marina rioplatense, tomó posesión de las islas para controlar a cazadores furtivos norteamericanos e ingleses de lobos marinos, ballenas y pingüinos. En 1829 el gobernador porteño designó como comandante político-militar de las islas a Luis Vernet, comerciante franco-hamburgués radicado en Buenos Aires. Los conflictos por el control de las islas se agudizaron hasta que la corbeta inglesa Clío tomó Port Louis e izó la bandera británica el 3 de enero de 1833. Desde entonces, la Argentina reclamó su soberanía sobre las islas Malvinas, que en 1960 las Naciones Unidas declaró ‘territorio pendiente de descolonización’.

Horacio Heras

Rosana Guber

Doctora (PhD) en antropología social, Johns Hopkins University.
Investigadora principal del Conicet en el Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES).

Lecturas Sugeridas

GUBER R, 2001, ¿Por qué Malvinas? De la causa justa a la guerra absurda, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires.

GUBER R, 2016, Experiencia de Halcón. Los A-4B en Malvinas, Sudamericana, Buenos Aires.

LORENZ F, , 2006, Las guerras por Malvinas. 1982-2012, Edhasa, Buenos Aires.

NOVARO M y PALERMO V, 2006, La dictadura militar 1976-1983. Del golpe de Estado a la restauración democrática, Paidós, Buenos Aires.