Estructura de varias moléculas que participan en la respuesta inmune

por , , para Ciencia Hoy el . Publicado en Número 60.

Estudios bioquímicos e inmunológicos pusieron de manifiesto una intrincada trama de interacciones entre diferentes células, moléculas de membrana y productos solubles que participan en la respuesta inmune. Ahora la cristalografía de rayos X muestra la estructura real de algunos de estos “actores” del proceso.

Carta de Lectores

para Ciencia Hoy el . Publicado en Carta de Lectores, Número 60.

SOLSTICIO Y PERIHELIO

La trayectoria de la Tierra alrededor del Sol puede describirse como una elipse, con este ubicado en uno de los focos. Entonces, ¿por qué no coincide el perihelio –el punto de la órbita terrestre más próximo al foco solar– con el solsticio? ¿En cuál de esos puntos es máxima la velocidad de traslación del planeta?

Horacio Della Costa
Buenos Aires

Perihelio y solsticio son dos cosas absolutamente independientes. En mi opinión, la errónea creencia de que coinciden proviene de la forma en que usualmente se dibuja la órbita de la Tierra. Si recordamos que esta es elíptica, con el Sol en uno de los focos, el perihelio es el punto de la órbita terrestre más cercano al Sol, es decir, más próximo al foco de la elipse que ocupa el Sol. El perihelio es, también, aquel punto de su órbita en que la Tierra se desplaza a la máxima velocidad. El solsticio, en cambio, es el momento en que el Sol se ve desde la Tierra en la posición más alejada del ecuador, cosa que sucede dos veces por año. Es un fenómeno causado por el hecho de que el eje de la Tierra no es perpendicular al plano de su órbita o eclíptica. Si no fuese así y la Tierra se trasladara con su eje de rotación perpendicular al plano de su órbita (lo que se dibujaría vertical si este se representara horizontal), existiría aún el perihelio pero no se producirían los solsticios. En estas hipotéticas circunstancias, el Sol, visto desde la Tierra, nunca se apartaría del ecuador y sus rayos siempre caerían verticales a mediodía sobre el ecuador terrestre (y el plano de este coincidiría con el de la eclíptica). Pero como el eje terrestre real tiene una inclinación con respecto a una hipotética vertical, se produce un solsticio en el momento en que la órbita aparente del Sol alcanza su máximo alejamiento del ecuador, hacia el norte o el sur, lo que marca el verano y el invierno en cada hemisferio del planeta. En qué lugar de su órbita está la Tierra en cada uno de esos momentos no está determinado por la forma elíptica de su órbita sino por la dirección en que está inclinado su eje polar.

Pedro Saizar

NOMBRES CIENTÍFICOS Y ARTÍCULOS

En una carta anterior, sostuve que los nombres científicos de especies, en latín, no deben llevar antepuesto un artículo, determinado o no. En mi opinión, lo correcto sería escribir, por ejemplo, Chaetophractus villosus, en lugar de el Chaetophractus villosus, pues se trata de un nombre propio, y, por lo tanto, no corresponde que lleve artículo (si bien el diccionario de la Real Academia admite excepciones en caso de regionalismos, como el Juan o la Susana, o de artistas como la Callas). Sin embargo, en el número anterior se escribió acerca del genoma de la Xylella fastidiosa. Como no soy un taxónomo sino solo un aficionado, es posible que se me haya escapado algún cambio en las convenciones.

Carlos M. Zaccaro
Buenos Aires

Posiblemente no haya una regla rígida para establecer si corresponde usar o suprimir el artículo. Es posible que, según el sentido de la frase, ambos usos sean aceptables. Así, haber escrito la Xylella fastidiosa expresaba tácitamente el hecho de que se trata de una bacteria. Si nombre propio es el que se aplica a una cosa determinada para distinguirla de las demás de su especie, las denominaciones científicas de plantas y animales deberían considerarse nombres comunes. Son, en realidad, dos nombres comunes, uno de los cuales, el del género, por mera convención arbitraria entre especialistas, se escribe con mayúscula (el más arbitrario de los signos gramaticales, al decir de María Moliner). Así, Chaetophractus lleva mayúscula no por nombre propio, sino para distinguirlo de la especie (villosus) que lo califica. Ello se debe a uno de los tantos acuerdos científicos internacionales que permiten entender en cualquier idioma que se está hablando de lo mismo. Confirmando lo dicho, Manuel Seco (Gramática esencial del español, Aguilar, 1972, p.136) sostiene: Los nombres concretos pueden ser comunes o propios, [...] los primeros son “clasificadores”, y los segundos, “individualizadores”. Es decir, un nombre común [...] actúa como una etiqueta que se pone a un ser para incluirlo en una clase de seres, porque se ve en aquel una serie de caracteres comunes con estos. En cambio, un nombre propio [...] no representa ninguna característica del ser nombrado; solamente se propone distinguirlo entre todos los que pertenecen a su misma especie... Cuando emplea tales nombres, Ciencia Hoy, como revista de divulgación, trata de ajustarse a los usos aceptados del idioma culto. Normalmente los redactores de la revista escribirían, por ejemplo: el zorzal colorado suele cantar en Buenos Aires en las madrugadas de primavera. Si quisieran referirse a la misma ave usando su nombre científico pondrían: esta mañana nos despertó el Turdus rufiventris (adviértase que la última frase, por ser una cita, se puso en itálica; por eso el nombre en latín salió en redonda, como sucedió en la apertura de la nota comentada por el lector). En consecuencia, en el uso común del idioma culto, el uso del artículo es correcto si el sentido general de la frase lo requiere o hace aconsejable. En otras palabras, podría haber, a nuestro juicio, frases en que fuese incorrecto tanto ponerlo como suprimirlo. Note el lector que nos referimos al uso común del idioma culto. En la jerga de ciertas ramas del conocimiento pueden haberse difundido otros hábitos, posiblemente distintos para cada una. Sobre ello, no opinamos, aunque se espera que en una revista de divulgación esas especializaciones idiomáticas cedan ante el uso general aceptado.

ALMEJAS NATIVAS E INVASORAS

A principios de los años setenta, cuando era niño, veraneaba en la costa atlántica del Tuyú. Bastaba entonces con hacer un pozo en la arena y, a diez o veinte centímetros, estaban las almejas. Los orificios que dejaban en la arena al asomar sus cuernos eran incontables, a lo largo de kilómetros y kilómetros. Sacábamos un balde o dos de almejas por semana, para nuestro consumo. A partir de 1995, cuando por primera vez advertí que no quedaban más, oí muchas explicaciones de la causa de su desaparición, entre otras, la depredación del turismo y comercial, la contaminación del Río de la Plata, la falta de cloacas en la zona, los agroquímicos, el peso de los vehículos que transitan por las playas, el barrido del lecho marino por las redes de los pesqueros, etcétera. Este verano descubrí un molusco desconocido para mí. Su sabor no difería mucho de la familiar almeja, pero su forma era diferente y sus tapas eran mucho más duras, redondeadas y oscuras. En el número 38 de Ciencia Hoy descubrí que se trataba de un invasor asiático (Corbicula fluminea) encontrado en la cuenca del Plata, que se debe haber difundido a la costa atlántica bonaerense. ¿Desapareció definitivamente la almeja de nuestras playas? ¿Por qué? El molusco invasor, ¿puede dañar nuestro ecosistema o contribuye a repararlo?

Pablo Gustavo Zolezzi
Buenos Aires

Es muy difícil conocer los porqués. Es más factible analizar los cómos, cuándos y dóndes. No se sabe qué ocasionó la desaparición de la almeja amarilla (Mesodesma mactroides) de nuestras costas. La contaminación ambiental podría haber sido la causa, pero tendría que haberse tratado de una contaminación atípica, que actuó sobre una especie en particular y no sobre el resto de los moluscos ni sobre la fauna en general. La almeja amarilla no solo desapareció de la costa argentina: lo mismo sucedió en las costas del Brasil y del Uruguay. También está la posibilidad de causas biológicas, como la infección por virus o bacterias. Los interesados pueden consultar un artículo publicado en 1999 en Biological Conservation (S. Fiori y N. Cazzaniga, “Mass mortality of the yellow clam Mesodesma mactroides in Monte Hermoso beach”, Argentina, 89:305-309). El bivalvo invasor Corbicula fluminea habita en aguas dulces pero soporta cierta salinidad. Su distribución en el estuario del Río de la Plata alcanza la zona de Punta Indio, cuyas aguas son, por lo menos, entre veinte y treinta veces menos saladas que las del mar. Sería fisiológicamente muy difícil, por no decir imposible, que pudiera vivir en la costa marina. No tengo noticias de que algún especialista lo haya visto en tales lugares. Por otro lado, resulta arriesgado identificar un animal por comparación con una foto como la que cita el lector. Quedo a disposición del señor Zolezzi para identificar los bivalvos si desea enviarme material.

Gustavo Darrigran
Facultad de Ciencias Naturales y Museo (UNLP)

GENERACIÓN ESPONTÁNEA

En la sección Páginas del libro de la ciencia, en el número 59 de Ciencia Hoy, se cita una conferencia de Pasteur, pronunciada en 1864, en la que este expresó que “no hay circunstancia conocida en que seres microscópicos llegan al mundo sin padres semejantes a ellos”. Estamos convencidos de que Pasteur estaba equivocado. Tenemos pruebas contundentes de la aparición de vida con prescindencia de los mecanismos genéticos. Cándido Víctor del Prado y Elvira V. de Parma comprobaron mediante once ensayos, realizados entre 1976 y 1977 en el Instituto Nacional de Microbiología, la transformación de materia física en materia viva. Sus conclusiones textuales fueron “...en las condiciones descriptas, se manifiesta un factor morfogenético desconocido que se revela con la exclusiva presentación de colonias de hongos no atribuible a los mecanismos genéticos conocidos”. La Tierra fue considerada el centro del universo, pero hoy sabemos que no es así. ¿No podría ocurrir lo mismo con la generación espontánea? A cualquier científico que quiera repetir las experiencias de los nombrados, le remitiremos copia fiel del trabajo de estos, el que también ponemos a disposición de Ciencia Hoy. Resulta inexplicable que una cuestión con tantas implicancias científicas y filosóficas haya caído en descrédito cuando nunca fue desvirtuada definitivamente.

Omar Arashiro
Daniel Magnífico
Lionel Negro
Buenos Aires

Quizá uno de los principales misterios biológicos, y también uno de los menos comprendidos, sea el origen de la vida en la Tierra. Sin embargo, existe amplio acuerdo en la comunidad científica internacional acerca de que la vida apareció y prosperó solo una vez en el planeta, y que sus inicios coinciden con los estadios primitivos de este, hace unos tres a cuatro mil millones de años. Todos los seres actualmente vivos, lo mismo que las especies extinguidas, descendieron de un único tronco primigenio mediante los procesos lentos de la evolución darwiniana, por pequeñas mutaciones hereditarias y por selección natural. En otras palabras, el pensamiento biológico moderno coincide con Pasteur en descartar la generación espontánea. La imposibilidad de que esta tenga lugar, sin embargo, no se puede probar, de la misma manera que no se puede demostrar que no haya brujas. Todo lo que se puede decir es que nadie ha verificado fehacientemente que acontezca aquella ni que existan estas. También se puede afirmar que todas las evidencias de que se dispone y todas las teorías científicas que la ciencia actual considera verdaderas inducen a concluir que tanto la generación espontánea como las brujas son fenómenos tan extremadamente improbables, que parece adecuado descartarlos por completo del marco espacial y temporal de la vida humana. En cuanto a los experimentos que mencionan los lectores, Ciencia Hoy no podría acogerlos en sus páginas porque, como revista de divulgación, adhiere al criterio de que cualquier conclusión de la investigación científica, antes de ser difundida al público general, debe hacerse conocer a la comunidad científica con suficiente detalle como para que pueda ser analizada, discutida y, si aplicable, sujeta a comprobación experimental por investigadores independientes de sus autores originales. Por ello, la comunidad internacional de la ciencia pone en práctica el principio de que el conocimiento adelanta sobre bases firmes cuando las nuevas teorías y descubrimientos se someten al debate por la vía de su publicación en revistas científicas sujetas a rigurosos controles editoriales. Si bien Ciencia Hoy está también sujeta a controles rigurosos, ellos son de una índole adaptada al periodismo de divulgación, lo que los hace inadecuados para casos que contradicen el pensamiento aceptado.