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Ceramistas de la ribera, los antiguos pobladores del delta del Paraná

La arqueología del delta del Paraná está reconstruyendo la historia desconocida de los grupos indígenas que habitaron esa zona entre hace dos mil años y la llegada de los españoles.


El delta del Paraná y sus antiguos pobladores

El delta del Paraná, que hoy se extiende a lo largo de 320km, desde Diamante en Entre Ríos hasta el Río de la Plata, no siempre tuvo la configuración que conocemos actualmente. Comenzó a formarse hace aproximadamente seis mil años, cuando las arenas, las arcillas y los limos que transportaba el río empezaron a depositarse y a configurar una intrincada red de islas, lagunas y estrechos cursos de agua, más llanuras aluviales costeras. Islas y llanuras podrían haber sido habitadas algo después, cuando se estabilizaron los ambientes litorales. Pero la presencia de población humana solo se constató fehacientemente, mediante mediciones de carbono 14, desde hace unos dos mil años. Esa población se estableció allí, sin duda, por un conjunto de condiciones favorables: clima subtropical, suelos fértiles enriquecidos anualmente por los desbordes del río, variedad de animales terrestres, aves, peces y moluscos, y diversidad de arboles nativos, como ceibo (Erythrina crista-galli), espinillo (Acacia caven), timbó (Enterolobium contortisiliquum) y sauce criollo (Salix humboldtiana).

Cuando en el siglo XVI los conquistadores europeos ingresaron en el estuario del Plata y remontaron los ríos Uruguay y Paraná, hallaron diferentes grupos étnicos establecidos en sus orillas y en las numerosas islas que forman el delta. Uno era el de los guaraníes, arribados a la zona relativamente poco antes, quizá con no más de dos siglos de antelación, desde el norte, posiblemente por el río Uruguay; estaban asentados en las islas externas del delta. En el resto de ese territorio vivían etnias más antiguas en la región, claramente diferentes de los ‘recién llegados’ guaraníes, como los chaná, timbú y mbeguá.

¿Quiénes eran esos antiguos grupos indígenas, que suelen ser identificados con el nombre genérico de chaná-timbú? ¿Cómo fue su forma de vida? ¿De dónde arribaron y desde cuándo habitaban la región? ¿Eran solo cazadores, recolectores y pescadores? ¿O también tenían cultivos? Las investigaciones arqueológicas que los autores llevan a cabo desde 2006 en el delta superior del Paraná buscan contestar esas preguntas mediante el análisis de los restos materiales de sus asentamientos en la actual provincia de Entre Ríos. Algunos de los resultados más interesantes de estos estudios se resumen en lo que sigue.

Figura 1. El montículo arqueológico Los Tres Cerros 1, en el delta del Paraná, próximo a Rosario pero en territorio de Entre Ríos. La foto fue tomada cuando se realizaban las labores de excavación. Entre los árboles se distinguen, de izquierda a derecha, tres ceibos, un timbó y un sauce criollo.

Entre los primeros viajeros que llegaron a tierras del Plata estaban Diego García de Moguer (1527), Luis Ramírez (1527), Ulrico Schmidl (1536) y Francisco de Villalta (1536). Escribieron crónicas en las que describieron el delta del Paraná como un área heterogénea y culturalmente dinámica, en la que convivían varios grupos indígenas (parcialidades, en su lenguaje): caracarais, chaná, mbeguá, chaná-timbú, chaná-mbeguá, timbú y corondas. Esas denominaciones podían corresponder a etnias distintas o a segmentos de una misma etnia.

Figura 2. Paisaje típico del delta: curso angosto limitado por albardones con bosque en galería

Para algunos cronistas, los timbú eran una etnia independiente que ocupaba la porción norte del delta del Paraná y sus llanuras aluviales adyacentes. El fuerte Sancti Spiritus, el primer asentamiento español en el actual territorio argentino, marcaba el límite sur de sus tierras, hacia el norte de las cuales se hallaban los quiloazas y los mocoretás, mientras que en el sector sur del delta estaban los mbeguá, chaná-mbeguá y chaná. Los últimos ocupaban también las orillas e islas del Uruguay inferior.

Los límites territoriales y las diferencias socioculturales entre estos grupos resultan difíciles de establecer con precisión sobre la base de la información fragmentaria y a veces contradictoria provista por las fuentes históricas. De ahí que se utilice el genérico chaná-timbú para llamar a esos indígenas. Hay mejores referencias sobre los guaraníes, quienes rápidamente se relacionaron con los españoles, con la ayuda de algunos náufragos de la expedición de Juan Díaz de Solís que sobrevivieron en las costas del Brasil y aprendieron allí la lengua guaraní o una muy cercana, el tupinambá.

Una dieta variada

Algunos cronistas que estuvieron en el área hacia 1530 apuntaron que los indígenas asentados en el delta del Paraná se procuraban los alimentos mediante la caza, la pesca, la recolección y algunos cultivos en pequeña escala. Entre los últimos mencionaron maíz, zapallo y porotos. También se refirieron al uso de vestimentas de ‘algodón’, que en realidad eran de fibras vegetales diversas. Nuestros estudios de restos de animales y vegetales recuperados en algunos sitios arqueológicos de esa zona permitieron verificar y ampliar las referencias de los cronistas mediante la identificación, mirando al microscopio, de granos de almidón y fitolitos.

Los primeros son partículas de hidratos de carbono que difieren según la especie de planta de la que proceden, y los segundos son componentes silíceos de las células vegetales, sujetos a la misma variación. Analizamos minúsculos restos que encontramos adheridos a paredes internas de vasijas, en artefactos de piedra usados para molienda y en sedimentos. Los resultados obtenidos nos llevaron a suponer que los indígenas cultivaban en pequeña escala maíz, zapallo, porotos y –posiblemente– mandioca; posiblemente porque existen variedades silvestres en la región (como Manihot grahamii) cuyos almidones pueden ser similares.
Además recolectaban frutos de especies silvestres: algarrobo (Prosopis sp.), palmeras yatay (Butia yatay) y pindó (Syagrus romanzoffiana), tubérculos de achira (Canna sp.) y, también posiblemente, algún tipo de arroz silvestre (Oryzeae).

Figura 3. Instrumentos óseos hallados en Los Tres Cerros 1.

En cuanto a animales, en las excavaciones arqueológicas aparecieron restos de mamíferos medianos y pequeños, aves, peces y moluscos de agua dulce. En el sitio arqueológico Los Tres Cerros 1, el mejor conocido de los ubicados hasta el momento, se hallaron abundantes dientes y huesos de coipo (Myocastor coypus) y carpincho (Hydrochoerus hydrochaeris), con huellas producidas al quitarles el cuero y carnearlos. Otros restos encontrados fueron de cuis (Cavia aperea), lobito de río (Lontra longicaudis), zorro gris pampeano (Lycalopex gymnocercus) y almejas de agua dulce (Diplodon sp.), más fragmentos de huesos del cráneo, espinas y vértebras de peces como tararira (Hoplias malabaricus), sábalo (Prochilodus platensis), boga (Leporinus obtusidens), chanchita (Cichlasoma facetum), bagre amarillo (Pimelodus clarias) y armado común (Pterodoras granulosus). Las vértebras presentaron evidencias de haber sido expuestas al fuego, posiblemente señal de que los pescados fueron asados.

Los objetos indígenas: un mundo de cerámica

Los aborígenes del delta del Paraná desarrollaron una elaborada alfarería. En cambio, fabricaban pocos instrumentos de piedra, lo que es comprensible dado que en el área insular no hay rocas adecuadas, ni como afloramientos rocosos ni como cantos rodados, aunque algunos artefactos encontrados en Los Tres Cerros 1 indican que obtenían rocas de lugares distantes hasta un par de cientos de kilómetros. También hallamos arpones, punzones y puntas de proyectil de varias formas hechos con huesos desgastados y pulidos de carpinchos, coipos y zorros, así como con astas de ciervos de los pantanos (Blastocerus dichotomus).

Pero, sin duda, el material que aprovecharon en forma más intensa y diversa fueron las arcillas, que son los sedimentos más comunes en el delta y afloran en todas las islas. Se vuelven plásticas cuando son humedecidas y se tornan duras y resistentes luego de su cocción. Los indígenas del delta transformaron las arcillas por limpieza, amasado, modelado, secado y cocción, y confeccionaron con ellas gran cantidad de platos, fuentes y ollas.

En la mayoría de los casos construían las paredes de los recipientes por superposición de rollos o rodetes, es decir, sin recurrir a un torno. Decoraron algunas piezas con guardas de líneas rectas y onduladas, trazadas en la arcilla blanda con dientes de coipo, ramas o huesos. Algunos recipientes, por lo general los más bajos y abiertos, eran para servir la comida; otros, con diámetros de boca de más de 20cm, para cocinar, como se deduce de los característicos restos de carbón que el fuego dejó en su exterior. Hervir algunos alimentos en recipientes de cerámica los hace comestibles y permite aprovechar nutrientes reunidos en el caldo.

Es muy común encontrar en los sitios arqueológicos abundantes fragmentos de recipientes, y muy raro hallarlos completos: en Los Tres Cerros 1 recogimos más de 50.000 fragmentos y solo unas pocas piezas enteras. Esto se debe a roturas accidentales, durante la manufactura, uso y descarte, o intencionales, realizadas al abandonar los asentamientos o como acompañamiento funerario. Se encuentran igualmente pendientes y cuentas de collar de cerámica, lo mismo que objetos elípticos posiblemente usados como pesas en redes de pesca, y pequeñas bolitas que pudieron servir para cazar pájaros.

Los antiguos pobladores del delta aprovecharon las cualidades de la arcilla para representar en detalle muchos de los animales que vivían en su entorno, en especial modelaron cabezas de guacamayos, loros y cotorras, pero también yaguaretés, tapires, monos, venados, carpinchos, reptiles y moluscos. Sus representaciones tienen diferentes tamaños y grados de realismo; algunas pertenecen a la categoría que denominamos ‘figuras recortadas’, con las cabezas por lo común de perfil y su contorno a veces resaltado con una capa de pigmento rojo.

Figura 4. Representaciones de aves en las que se distinguen los ojos y el pico.Figura 4. Representaciones de aves en las que se distinguen los ojos y el pico.

Figura 5. Figuras zoomorfas macizas. La segunda desde la izquierda es un mamífero; las restantes son aves.

También modelaban cabezas de animales en tres dimensiones –designadas como ‘figuras escultóricas macizas’– con incisiones para marcar sus rasgos y a veces trozos de arcilla para formar los ojos. Podían ser relativamente grandes y en ocasiones formar parte de las llamadas ‘campanas’, nombre que se les dio por su forma, aunque no tenían esa función. Algunos arqueólogos supusieron que servían para conservar el fuego, mientras otros les dieron un significado totémico o simbólico, dado que es frecuente encontrarlas asociadas con entierros humanos. Más allá de su posible función, evidencian la destreza que poseían los ceramistas que las fabricaron, así como su sentido estético y simbólico.

Mediante el estudio con lupa y microscopio del interior de las paredes cerámicas constatamos que los ceramistas molían piezas rotas o descartadas en fragmentos de pocos milímetros, que luego agregaban a la arcilla en preparación para hacerla menos plástica y mejorar las cualidades de las nuevas horneadas. Establecimos que algunos de esos pequeños fragmentos contenían a su vez tiesto molido, lo que pone de manifiesto que los contenedores reciclados fueron fabricados de acuerdo con los mismos criterios, y que su modo de hacer fue transmitido de generación en generación. En ciertos casos encontramos masas de arcilla desechadas antes de terminar de modelar las piezas, lo mismo que rollos de arcilla que no llegaron a usarse, y hasta una masa con las impresiones digitales del artesano.

Figura 6. Típicas piezas cerámicas con forma de campana sobre cuyo uso se han formulado varias hipótesis.

Figura 7. De izquierda a derecha: pieza usada para alisar las superficies cerámicas; rollo de arcilla amasada; masa de arcilla con impronta de dedos y uñas.

Las características de la cerámica han servido para identificar a los grupos que la confeccionaron, por las semejanzas en las formas, los temas representados y los modos de fabricación. Esos rasgos, transmitidos de generación en generación, perduraban a través del tiempo como una expresión de la identidad del grupo. Aunque la relación entre un grupo étnico y los objetos que produce no es directa ni unívoca, ya que grupos distintos pueden hacer cosas similares, en el caso de los ceramistas del delta del Paraná los modelados de aves y la singular forma de campana de algunas piezas parecen haber sido rasgos estilísticos compartidos. Su simbolismo con toda probabilidad contribuyó a la cohesión social y la continuidad histórica de estas culturas indígenas a lo largo de por lo menos 1500 años.

La vida en las islas

Los indígenas del delta ocuparon los sectores naturalmente elevados de las islas, como albardones y médanos, pero también construyeron montículos de tierra conocidos localmente como cerros o cerritos, donde instalaron sus asentamientos y enterraron a sus muertos. Esos montículos llegan a tener tres metros de altura y una superficie de varios centenares de metros cuadrados; constituyen una notable modificación del paisaje, que es completamente llano. Son las estructuras más duraderas y visibles que han erigido las poblaciones indígenas del litoral.

Los estudios de Carola Castiñeira y Adriana Blasi, de la Universidad Nacional de La Plata, sobre la composición mineralógica y granulométrica de las capas de sedimentos que componen el montículo de Los Tres Cerros 1, indican que se trata de una elevación artificial a la que se agregaron arcillas, tierras quemadas, huesos y fragmentos de vasijas para aumentar su altura y cohesión. La superposición de capas sirvió entre otras cosas para proteger el sitio de las crecidas del río.

Las investigaciones llevaron a concluir que los asentamientos tenían distintas jerarquías, funciones e intensidad de ocupación. En algunos se han diferenciado espacios destinados a actividades domésticas de otros que servían de basurero, con miles de fragmentos cerámicos y huesos de los animales. Mediante dataciones realizadas midiendo carbono 14 en restos óseos, valvas y maderas quemadas recuperados en distintos niveles estratigráficos se estimó que Los Tres Cerros 1 fue ocupado entre los años 1200 y 560 antes del presente. Fue ocupado en forma semipermanente, con prolongados períodos de residencia alternados con episodios de abandono y posterior reocupación. Se trató pues de una aldea y no de un campamento transitorio ni estacional, y quizá allí residía el poder político de la zona.

Figura 8. Posible piso de vivienda hecho con arcillas apisonadas y quemadas en el sitio Los Tres Cerros 1.

En el sitio Cerro Tapera Vázquez, localizado más al norte que el anterior, cerca de Diamante y en el parque nacional Predelta, hubo un asentamiento más simple, con una ocupación menos intensa unos seiscientos años antes del presente. Estaba sobre un albardón cuya altura se incrementó de manera no intencional con los materiales descartados durante la ocupación humana. Allí se encontraron modelados de animales y tiestos decorados, lo mismo que restos de coipos y rastros de plantas domésticas, como maíz y porotos.

Se han localizado numerosos sitios más, cuyos escasos restos sugieren ocupaciones esporádicas de albardones y lugares levemente elevados. Quizá fueron campamentos estacionales de unas pocas familias que se desplazaban por las islas durante algunos períodos del año.

Jerarquías y poder político

Las mencionadas crónicas de viajeros del siglo XVI sugieren que en estas sociedades indígenas existía algún tipo de jerarquía social. No eran, entonces, grupos igualitarios como los cazadores-recolectores pampeanos y patagónicos. A partir del estudio de poblaciones contemporáneas, la antropología ha denominado a ese tipo de organización ‘sociedades de rango’, que no son igualitarias pero tampoco tienen marcada estratificación social. En ellas, los jefes ejercen cierta autoridad pero tienen escaso poder real; acceden a los recursos básicos como todos los miembros del grupo, pero tienen un acceso preferencial a productos exóticos y bienes de prestigio.

Algunos datos arqueológicos del delta del Paraná son coherentes con esa clase de jerarquía social. Haber levantado montículos de tierra implica cierto nivel de organización del trabajo comunitario. Las características de algunos sitios permiten suponer que tuvieron una posición importante en la región. Por otra parte, el hallazgo esporádico de objetos exóticos, por ejemplo, láminas y cuentas de metal, traídos de tan lejos como las sierras de Córdoba o los Andes, lleva a pensar que pertenecían a personajes destacados o líderes grupales, a los que conferían prestigio.

Balance

Tradicionalmente se creía que los indígenas del delta eran básicamente cazadores-recolectores y pescadores, que no tuvieron plantas cultivadas hasta la llegada tardía de los guaraníes, que habitaban las elevaciones naturales del terreno y que mantenían una organización política relativamente simple. Las investigaciones recientes, sobre todo en el delta superior, muestran un panorama distinto: grupos con algún tipo de jerarquía social, es decir, con caciques principales, que en algunos lugares llegaron a formar aldeas estables sobre montículos artificiales de tierra, que practicaban la horticultura en pequeña escala y que mantenían amplias redes de intercambio que alcanzaban las sierras de Córdoba y el área andina.

Estos indígenas habrían sido los ancestros de los chaná-timbú del siglo XVI. Pero su estilo cerámico, su tecnología y la modalidad de construcción de montículos no estaban restringidos al delta, sino que ocupaban toda la llanura aluvial del Paraná medio e inferior, desde la confluencia con el río Paraguay, y el río Uruguay inferior. Su vida allí habría comenzado hace unos dos mil años; hace unos mil ocupaban todo el delta del Paraná y formaban poblaciones estables en las islas y en las orilla de los grandes ríos. Este mundo de ríos, islas y cerámica persistió hasta el siglo XVI cuando fue desarticulado por la conquista europea.

Los cerritos arqueológicos y otros tipos de sitios del delta del Paraná están siendo fuertemente alterados y muchos destruidos antes de que puedan ser estudiados. La causa reside en la ganadería, deforestación y quema de pastizales, además de las inundaciones del río. Por ello, no solo es necesario que se intensifiquen las investigaciones arqueológicas sino, sobre todo, que se pongan en práctica medidas de conservación de estos importantes recursos culturales.

Lecturas Sugeridas

ACOSTA A y LOPONTE D, 2008, ‘Sociedades originarias. Una economía a base de caza, recolección y pesca’, Atlas Total Clarín de la República Argentina, 12: 62-69, Arte Gráfico Editorial Argentino, Buenos Aires.

BONOMO M, 2012, Historia prehispánica de Entre Ríos, Fundación de Historia Natural Félix de Azara, Buenos Aires.

BONOMO M, POLITIS G y GIANOTTI C, 2011, ‘Montículos, jerarquía social y horticultura en las sociedades indígenas del delta del río Paraná’, Latin American Antiquity, 22, 3: 397-333.

CERUTI C, 2000, ‘Ríos y praderas: los pueblos del Litoral’, en TARRAGÓ M (ed.), Nueva historia argentina. Los pueblos originarios y la conquista, Sudamericana, Buenos Aires, t. 1, pp. 105-146

RODRÍGUEZ JA, 2004, ‘En busca de la tierra sin mal. El poblamiento de la cuenca del Plata por los guaraníes prehistóricos’, ciencia Hoy, 14, 80: 28-33.

Mariano Bonomo

Mariano Bonomo

Doctor en ciencias naturales, UNLP. Investigador adjunto del Conicet.
mbonomo@fcnym.unlp.edu.ar

Violeta Di Prado

Violeta Di Prado

Licenciada en antropología, UNLP.
violetadiprado@hotmail.com

Ciencia Hoy
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