El pelícano y sus avatares: del símbolo crístico a un ave en duda

1809
Figura 2. Bestiario ca. 1450, La Haya, Ms. Museum Meermanno, MMW, 10 B 25, folio 32r medieval. manuscripts.kb.nl/show/manuscript/10+B+25

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Entre las tantas aves que la tradición occidental convirtió en símbolos transmisores de ideas complejas, la historia del pelícano (Pelecanus onocrotalus) es una de las más peculiares. Su carácter simbólico alcanzó tanto peso que llegó incluso a hacer desaparecer o poner en duda la realidad concreta de este animal, sepultado por el peso inverosímil de sus leyendas. Así pues, el pelícano es un ejemplo elocuente de la mirada transformadora que los seres humanos han dedicado a la naturaleza en su búsqueda por comprenderla o quizá, ante todo, de comprenderse y justificar sus creencias.

Ya en la antigüedad encontramos descripciones bastante fieles, donde destacaba su largo pico con una gran bolsa gular en la mandíbula inferior, cuya función es la pesca y la recolección de alimento. Aristóteles, por ejemplo, indicaba que estas aves tragaban los moluscos enteros con sus conchas y que los recocían en ese saco hasta que se abrían para poder comer su carne (Historia de los animales IX, 10, 614b). En el caso de la Historia naturalis de Plinio (siglo I e. c.), el pelícano era presentado como un ave rumiante que capturaba alimento con gran voracidad para luego, ‘volviéndolo poco a poco a la boca, como rumiando, llevarlo al vientre verdadero’ (Historia natural, libro X, cap. 47, p. 506 de la traducción de Gerónimo de la Huerta). Un par de siglos después, vemos en el De natura animalium de Eliano un detalle que puede haber sido el origen de la leyenda sobre nuestra ave. En su obra incluía al pelícano dentro de las aves que aman mucho a los hijos y decía haber oído que, si se quedaba sin alimento para ofrecerles, el pelícano era capaz de vomitar lo ingerido en la víspera para alimentar a sus crías. Percibimos cómo la mirada antropomórfica y moralizante empieza a filtrarse en la representación de esta ave.

¿DE QUÉ SE TRATA?
La historia del pelícano en el imaginario cristiano ha girado en torno de una leyenda de alto contenido simbólico, la cual parece haber diluido y confundido la existencia natural y la anatomía de esta ave.

En efecto, el agregado de Eliano parece haber sido crucial para convertir al pelícano en un símbolo cristiano. En el Physiologus griego ya se decía que el pelícano era capaz de revivir a sus crías muertas con sangre emanada de su propio pecho, obtenida a través de una herida autoinfligida con su pico. En las distintas versiones del Physiologus el relato de la muerte de los polluelos difería, lo cual explica las diversas versiones retomadas por los bestiarios medievales, que guiaron la lectura de la naturaleza y de los animales. Tenemos, no obstante, un núcleo común de la leyenda: ante sus crías muertas (fuera por la acción de una serpiente o por el propio pelícano), el macho o la hembra, luego de tres días de lamentos, revivían a sus crías con la sangre de su pecho herido por su propio pico.

Estos ejemplos morales convirtieron paulatinamente al pelícano en un símbolo del sacrificio de Cristo, quien sacrifica su vida por la humanidad al darse en ofrenda a los fieles en forma de pan y vino en el sacramento de la comunión. San Agustín de Hipona, en su comentario al salmo 102 o 101 de la Vulgata (cuyo versículo 7 menciona al pelícano), no se privaba de desarrollar la alegoría crística de la leyenda del pelícano, aunque planteara dudas sobre su veracidad: ‘Se dice que estas aves matan a sus polluelos a picotazos y que, una vez muertos, los lloran por tres días en el nido; en fin, se dice también que, hiriéndose la madre gravemente a sí misma, derrama su sangre sobre sus hijos, con la cual rociados reviven. Quizá esto sea verdad, quizá sea falso. Si es verdad, observad cómo conviene a Aquél que nos vivificó con su sangre’.

El simbolismo animal, tan influyente durante la Edad Media, es ciertamente deudor del pensamiento de san Agustín, quien presentaba un mundo repleto de huellas de su creador. Los animales, las plantas y los minerales se convertían en signos naturales que enseñaban a los hombres verdades trascendentes. Resultaban ser ejemplos tanto de vicios como de virtudes, símbolos de misterios divinos y de advertencias morales para que el creyente se encaminara hacia la Salvación. Podríamos decir que durante la Edad Media se trazó una suerte de gramática simbólica al valerse de los animales como mensajeros silentes de un lenguaje escrito por la mano de Dios. Sin saberlo, los animales decían a los hombres muchas cosas, no con palabras ciertamente, sino que ellos mismos daban forma a un léxico simbólico que el buen cristiano debía aprender a leer. Era en la Biblia donde se hallaba el fundamento para formar esta mirada que definía la relación de los hombres con la naturaleza y así solían recordarse con frecuencia ciertos pasajes del Antiguo Testamento, como en Proverbios 6,6 (‘Fíjate en la hormiga, perezoso, / observa sus costumbres y aprende a ser sabio’) o en el libro de Job 12, 7-10 (‘Pero interroga a las bestias, y te instruirán, / a los pájaros del cielo, y te informarán, / a los reptiles de la tierra, y te enseñarán, / a los peces del mar y te explicarán. / ¿Quién no sabe, entre todos ellos, / que todo esto lo hizo la mano del Señor? / Él tiene en su mano la vida de todo viviente / y el espíritu de todo ser humano’).

Figura 1. Bestiario Ashmole, 1511, que contiene una representación iluminada del pelícano. © Bodleian Libraries, University of Oxford

La producción profusa de bestiarios (figura 1) contribuyó a formalizar y difundir las supuestas enseñanzas naturales de las ‘bestias’. En estas obras se conjugaban las peculiaridades físicas de los animales y sus costumbres (muchas veces fabulosas o legendarias), cuyas fuentes eran en general los textos bíblicos, el ya mencionado Physiologus, los comentarios de la patrística y lo recogido por las autoridades de la antigüedad. Tales leyendas, junto con sus consiguientes figuras, nutrieron el arte de la época y pueden reconocerse aún hoy en las decoraciones de iglesias, monumentos, joyas o artefactos suntuarios, así como en la heráldica o las divisas cortesanas.

Figura 3. Libro de Horas de Carlota de Saboya, ca. 1420-1435, Nueva York, The Morgan Library & Museum, Ms. M. 1004 fol. 157r. ica.themorgan.org/manuscript/page/214/7692

El pelícano en su piedad

Durante la Baja Edad Media se produjo una suerte de fijación iconográfica de la imagen que más trascendencia tendría a lo largo de los siglos: la conocida como ‘el pelícano en su piedad’, que consiste en un ave adulta rodeada por sus crías que hiere su pecho para alimentarlos con su sangre. El pelícano muestra, así, el ejemplo piadoso de quien se sacrifica por su prole (figuras 2 y 3).

La marcada veta religiosa de este símbolo de Cristo se refleja en las numerosas representaciones medievales y renacentistas de la crucifixión presididas por pelícanos. En lo alto de la Cruz, un pelícano alimenta o revive a sus crías hiriéndose el pecho. Su herida funciona como un espejo de la herida de Cristo en su costilla izquierda, aquella de donde mana la sangre que salva a la humanidad (figura 4). Es muy común también encontrar en las iglesias católicas y anglicanas, aún en nuestros días, depósitos eucarísticos o decoraciones con forma de pelícano. Por esta razón, Cristo aparece nombrado como ‘pelícano divino’ en la literatura medieval. Así lo encontramos en el himno de Santo Tomás, ‘Adoro te’ (‘Señor Jesús, pelícano bueno / límpiame a mí, inmundo, con tu sangre…’) o en la Commedia de Dante Alighieri (‘Este es el que descansó sobre el pecho de nuestro pelícano y este fue desde lo alto de la cruz elegido para la gran misión’, Paraíso, canto XXV, v. 112).

Figura 4. Arbor vitae, ca. 1260, Salterio Scherenberg, Cod. St. Peter perg. 139, folio 8r, Estrasburgo, Badische Landesbibliothek. Wikimedia Commons

Por otra parte, el símbolo podía tomar un tinte político y hacer de esta representación iconográfica una metáfora del soberano que protege a su pueblo. Encontramos testimonios de este motivo, por ejemplo, en la divisa apócrifa de Alfonso X de Castilla, difundida en varias colecciones del siglo XVII y utilizada con variantes por príncipes seculares y religiosos (figura 5). Otro famoso ejemplo es el retrato de Isabel I de Inglaterra (1553-1603), en el cual la soberana luce una joya con forma del pelícano con sus crías (figura 6).

Encontramos también el símbolo del pelícano como figura de los amantes dentro de la estética del amor cortés, donde no es extraño que las ideas religiosas se trasladaran a las relaciones amorosas. Así, el pelícano sacrificial podía representar tanto al amante que muere por su dama o a la vida que ella puede dar al enamorado si accede a sus súplicas.

Formas elocuentes

Más allá del antropomorfismo y de las escasas probabilidades de que un ave reviva o alimente a sus crías con su propia sangre, es notable la transformación que sufre el pelícano en estas representaciones, al punto de que se vuelve difícil de reconocer en términos estrictamente anatómicos. Por ejemplo, las características de su pico dificultan la posibilidad de herir su propio pecho. Es probable que el pelícano real, con su desproporcionado pico y su peculiar garbo, pudiera parecer un ave algo extravagante para los cánones estéticos entonces vigentes. Tal vez por eso las representaciones tradicionales tiendan a mostrar un ave con un pico pequeño y un cuello largo. Los rasgos de ese pelícano simbólico parecen un testimonio de la valoración humana para juzgar a los animales. El pelícano simbólico tiende a asimilarse anatómicamente a las águilas, a los cisnes e incluso a las palomas, aves cargadas de significados positivos dentro del código simbólico animal.

Figura 5. Supuesta empresa de Alfonso X en Salomon Neugebauer, Selectorum symbolorum heroicorum, 1619. www.bidiso.es/Symbola/divisa/12

El avance de la observación y la precisión científica suscitaron dudas terminológicas e intentos por discernir si pelícano y onocrótalo eran la misma ave. Los autores de la antigüedad lo habían llamado con ambos nombres, pero el animal que se convirtió en el símbolo zoológico del sacrificio de Cristo poco podía tener que ver con el ave real que era conocida por su voracidad, su figura poco agraciada y su ruidoso graznido (de ahí el nombre ‘onocrótalo’ que alude al rebuzno del asno). De hecho, el onocrótalo funcionaba como analogía del hombre glotón y murmurador en las colecciones de figuras simbólicas del siglo XVI y XVII.

Figura 6. The Pelican Portrait, Queen Elisabeth I, Nicholas Hi- lliard (atribuido) ca. 1575, Walker Art Gallery, Liverpool.

En la enciclopedia natural de Conrad Gesner, Historiae animalium, de mediados del siglo XVI, hay un capítulo dedicado al onocrótalo (con una imagen bastante fiel del ave real) y otro separado para el pelícano. Un caso notable es el del español Andrés Ferrer de Valdecebro, que en su obra de finales del siglo XVII Gobierno general, moral y político, hallado en las aves más generosas y nobles: sacado de sus naturales virtudes y propiedades, hacía malabarismos para mantener una propuesta ligada a las propiedades naturales de los animales junto con las alegorías morales que de ellos se extraían. Llegaba a decir, por ejemplo, que pelícano y onocrótalo eran la misma ave y que habían sido vistos, incluso, en el aviario que tenía el rey Felipe IV en el Palacio del Buen Retiro. La obra de Valdecebro recoge prácticamente todas las moralizaciones edificantes que se han vertido sobre nuestra ave. Su descripción es bastante fiel, pero insiste en mencionar la supuesta llaga en el pecho, atribuida a su simbólica herida autoinfligida.

Figura 7. Poster de reclutamiento de la Scottish National Blood Transfusion Association, 1944, por KM Munnich.

Aunque esta alegoría siguió su curso en la cosmovisión cristiana, también es cierto que podemos encontrar en la literatura temprano-moderna dudas sobre la existencia misma del pelícano. Tal es el caso de Francisco de Quevedo en sus cuatro romances burlescos sobre animales fabulosos donde enumera aquellos animales que se encuentran en los libros pero no ‘en las despensas’: el unicornio, el basilisco, el ave fénix y el pelícano. Curiosamente, sobre el que más carga las tintas de su burla y desprecio es este último, al cual convierte en una figura ridícula, a la que llama ‘Pájaro disciplinante, / que haciendo abrojo del pico / sustentas, como morcillas, / a pura sangre, tus hijos’.


Figura 9. Escultor Ramón Martín, 2010, talla en madera para la cofradía sa- cramental de los dolores de El Viso del Alcor, Sevilla.

Los pelícanos son aves que se distribuyen principalmente cerca de los trópicos. En nuestro continente existen tres especies, una de ellas con distribución pacífica, hasta el sur de Chile. Son aves gregarias, que viven en coloniales e ictiófagas (comen peces). Ciertas características anatómicas le confieren ventajas al ambiente acuático, como por ejemplo sus extremidades traseras con cuatro dedos incluidos dentro de una única membrana, como una aleta, que le otorga ventajas al desplazarse en agua. Por otro lado, presentan la bolsa gular, que es un reservorio en el pico capaz de expandirse. Entre algunas curiosidades, tienen un sistema de pesca cooperativa bastante particular, se sitúan en forma de herradura para agrupar a los peces, luego se zambullen simultáneamente, los atrapan con el pico bajo el agua y los almacenan en la bolsa gular, que además cumple las funciones de termorregulación por estar muy vascularizada.

Ciencia Hoy


Aunque hoy desmentida la leyenda, lo cierto es que la figura ‘el pelícano en su piedad’ permanece aún como un símbolo relativamente vivo. Uno de los ejemplos más conocidos es el uso que le ha dado la tradición masónica, como imagen de sacrificio y regeneración. No obstante, algo ha cambiado en nuestro tiempo porque, aunque la acción que se representa siga siendo fabulosa, por lo general las imágenes ya no se permiten olvidar la característica forma de su pico. El animal simbólico seguirá siendo ejemplo de piedad y sacrificio, pero al menos su nombre condice con su forma en la mirada actual (figuras 7, 8 y 9). 

Figura 8. Sello del estado de Luisiana, Estados Unidos.

LECTURAS SUGERIDAS

D’ONOFRIO J, 2020, ‘En jeroglíficos andas… Animales leídos pero no mirados: el caso del pelícano en la España del Siglo de Oro’, Romance Notes, 60 (3): 461-478.

El fisiólogo. Bestiario medieval, 1971, introducción y notas de N Guglielmi, traducción castellana de M Ayerra Redín, Buenos Aires, Eudeba.

GARCÍA ARRANZ JJ, 2010, ‘Pelícano vulgar’, en Symbola et emblematum avium. Las aves en los libros de emblemas y empresas de los siglos XVI y XVII, La Coruña, Sielae, pp. 652-668. www.bidiso.es/sielae/upload/symbolaetemblemataavium_.pdf

RAPOSO C, 2016, ‘De la pesca al sacrificio o cómo el pelícano se transformó en un símbolo’, Memoria Europae, II/2 (2): 78-97. www.academia.edu/87759081/de la pesca al sacrificio o cómo el pelícano se transformó en