La Argentina y sus Argentinas: honor deportivo y dicotomías fenotípicas

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La Argentina y sus Argentinas: honor deportivo y dicotomías fenotípicas

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El año 2022 será recordado en nuestro país por un acontecimiento histórico como fue la obtención del máximo honor posible en el fútbol internacional: la Copa del Mundo. El desempeño excepcional de la selección nacional coincidió con (tal vez provocó) una intensa identificación con la sociedad. Por ser el deporte más practicado, visto, estudiado, analizado, amado del país, durante los últimos meses del año hemos asistido a debates de naturaleza técnica, táctica y estratégica sobre las virtudes y los vicios de la selección argentina y de algunos de sus jugadores más representativos.

Tanto el equipo como el cuerpo técnico fueron merecidamente elogiados por propios y ajenos, incluso por antiguos críticos, no solo por el alto nivel demostrado en el plano del juego sino también por su comportamiento honorable y por su discurso analítico, transparente y sereno. Hay quienes sostienen que la actual selección provocó una identificación casi unánime con la sociedad, no solo entre los siempre indómitos amantes del fútbol, sino que también atrajo a una gran cantidad de aficionados en general poco proclives al entusiasmo deportivo. Esto puede deberse, como se ha sostenido, a los valores que parecen transmitir tanto los futbolistas como el cuerpo técnico, tales como la humildad, la templanza, el coraje, el hambre de gloria. Para una sociedad golpeada por una crisis estructural social, política, económica y cultural, este resultado deportivo puede haber funcionado como un catalizador.

Por otra parte, la composición del plantel parece a simple vista representativa de lo que sucede cada día en cada cancha o potrero del país. Es decir, todo aquel joven adulto que juegue regularmente al fútbol probablemente haya encontrado en algún club, torneo o partido a algún futuro jugador de la selección. En este sentido, difícilmente algún argentino o habitante del país haya sentido la necesidad de reflexionar acerca de la composición étnica del equipo. Sin embargo, inesperadamente, aquel debate tuvo lugar y durante algunos días académicos, periodistas y usuarios de redes sociales dedicaron su tiempo a discutir sobre las características fenotípicas del plantel mientras este disputaba su camino hacia el título.

En efecto, la efervescencia local por el gran desempeño del equipo se vio transitoriamente enrarecida cuando el periódico norteamericano The Washington Post publicó un artículo intitulado ‘¿Por qué la Argentina no tiene más jugadores negros en la Copa del Mundo?’. El artículo apareció en una columna que el diario inició en 2017 y que se denomina ‘Made by history’, a la cual referimos intencionalmente primero en inglés (aunque su traducción es sencilla: ‘Hechos por la historia’) porque hace referencia a una frase del pastor y luchador por la igualdad de derechos raciales Martin Luther King Jr, quien se había dirigido a su congregación afirmando que ‘Instead of making history, we are made by history’(‘En lugar de hacer historia, estamos hechos por la historia’). 

La columna está curada por profesores universitarios de historia y antropología, y recibe aportes espontáneos de quienes deseen expresarse en ella con conocimiento. El artículo al que nos hemos referido en el párrafo anterior estaba firmado por Erika Denise Edwards, autora de un libro intitulado Hiding in Plain Sight: Black Women, the Law and the Making of a White Argentine Republic (‘Ocultándose a la vista: mujeres negras, la ley y la creación de una República Argentina blanca’, Universidad de Carolina del Norte en Charlotte, 2020) y actualmente profesora asociada en la Universidad de Texas en El Paso.

El libro de marras es el resultado de su tesis doctoral y está basado en su experiencia como estudiante extranjera en la Argentina y, más precisamente, en la ciudad de Córdoba. La tesis principal de su obra es que la ausencia de gente negra en la Argentina no se debe a su escasez (aunque algo contradictoriamente menciona el censo de 2010 que pone la cifra absoluta en casi 150.000 personas, o sea algo menor al 0,4% de la población), sino a un anhelo de modernidad de las clases dirigentes locales de la primera mitad del siglo XIX, ejecutado con firmeza durante la segunda mitad. Estas clases dirigentes, cuya inspiración era naturalmente Europa, tenían en el horizonte a Gran Bretaña, Francia y Alemania, que actuaban además como espejo en donde reflejarse. El concepto que la autora adelanta es que, a partir del siglo XIX, durante la construcción de nuestra nación, la negritud, lo mismo que el mestizaje, era un obstáculo al desarrollo y al progreso (aquí la autora cita a Sarmiento y su Civilización y barbarie, 1845), y que por lo tanto debía ser ‘borrada’ del tejido social. 

La Argentina y sus Argentinas: honor deportivo y dicotomías fenotípicas

La autora descalifica lo que llama mitos locales para explicar esta ausencia: por un lado, su rol activo en las guerras y, en segundo lugar, como consecuencia del primero, el hecho de que las mujeres negras no tuvieron más alternativas que casarse, cohabitar o mantener relaciones con hombres de origen europeo, ‘blanqueando’ así a su descendencia. Un tercer mito, desde su punto de vista, habría sido el efecto de las epidemias del siglo XIX. Edwards sostiene, en cambio, que la suerte social dependía de su ‘blancura’. La población afroargentina no se habría esfumado de la historia argentina por los ‘mitos’ enunciados, sino porque de ello dependía su supervivencia en la sociedad. Argumenta que las mujeres negras actuaron, consciente o inconscientemente, para tener hijos que pudiesen ser vistos con más aceptación por una sociedad que se veía a sí misma como blanca.

Como decíamos, la columna de Edwards generó un gran revuelo. Inmediatamente, los medios se hicieron eco de la pregunta del título y las redacciones y las redes sociales, principalmente, se vieron inundadas por apoyos por un lado y críticas por el otro a las tesis expuestas. Las conclusiones rimbombantes de la autora se vieron amplificadas por las circunstancias en que fueron enunciadas. Sin embargo, la legítima pregunta de por qué la Argentina tiene menor proporción de población de origen africano en comparación con el resto de América requiere a su vez su propia crítica.

Más allá de los argumentos del artículo, varios de ellos ciertamente especulativos y otros tantos imprecisos, lo que sabemos es que la proporción de población afroargentina al compararla con otras realidades americanas siempre fue relativamente más baja porque ni en Buenos Aires ni en el interior se desarrollaron economías de trabajo intensivo como las plantaciones de algodón o azúcar características de Brasil, el Caribe o el sur de los Estados Unidos, que recurrían al trabajo esclavo o forzado a gran escala. La población esclava y, tras la independencia, simplemente de origen africano, cumplía en el actual territorio argentino, en general, tareas domésticas o, una vez comenzado el desarrollo agropecuario pampeano y litoral, se empleaba como mano de obra rural dispersa, donde convivían personas de origen indio, europeo, africano, y derivaba en altos grados de mestizaje –la odisea de Martín Fierro empieza cuando mata ‘a un negro’, sin ir más lejos–.

Como leíamos en un artículo publicado en Ciencia Hoy (141: 27) hace algunos años: ‘Para entender esta historia, hay que considerar la importancia de la mano de obra esclava en las ciudades y en el campo, incluidas las estancias ganaderas y jesuíticas. Los afrodescendientes tuvieron también considerable presencia en el ejército, en las guerras de independencia, las guerras civiles y la guerra del Paraguay. Hacia finales del siglo XIX fueron personajes de la política local, músicos, compositores, escritores y periodistas; participaron en la gestación de lo que hoy entendemos por cultura popular, en el tango, la murga y el folclore’. En efecto, se encuentran negros en la literatura del siglo XIX en las pulperías, en las calles, en el ejército, y no pareciera que hablaran con algún dialecto particular, que frecuentaran lugares separados o exclusivos o que fueran devotos de otras religiones. No es tan difícil de deducir por qué, considerando que ni ellos ni sus antepasados vivían en comunidad (como sucedía en las plantaciones).

Esto último se explica, además, por un rasgo particular de la trata esclavista atlántica y es que, si bien eran traídos de regiones y etnias vecinas de la costa atlántica del continente africano, la captura apuntaba específicamente a niños, jóvenes y hombres con cierta contextura física apta para el trabajo duro, y se buscaba aislar al cautivo de su familia y de su pueblo para que fuera más vulnerable y dócil y se neutralizaran potenciales rebeliones organizadas. Entonces, difícilmente fuera trasladada una familia entera (más difícilmente un pueblo entero) y, en el caso de que eso sucediera, no siempre compartirían barco o destino. Tras el paso de las generaciones, el resultado podía ser que, una vez abolida la práctica infame de la esclavitud en el Río de la Plata, los libertos (tal vez ya de segunda o tercera generación) no encontraran lazos familiares ni comunitarios de su lugar de origen a su alrededor, sino que sus vínculos sociales fueran con la sociedad abierta.

Este punto también es importante porque nos libera de la dicotomía ramplona que opone dos constructos llamados whiteness y blackness. Así como ser ‘blanco’ es algo extremadamente diverso y variable (desde un celta irlandés hasta un eslavo croata y desde un escandinavo noruego hasta un godo castellano, ni hablar de la población americana como nosotros), también ser ‘negro’ abre un inmenso abanico de posibilidades (porque no es lo mismo ser de origen zulú que etíope). Deberíamos decir, incluso, que en términos genéticos, la población negra africana es mucho más diversa que todo el resto del espectro cromático. Uno de los problemas al dividir al Homo sapiens en razas es que cantoneses, bengalíes o suecos, por ejemplo, tienen menos diferencias genéticas entre sí que las que encontramos entre yorubas y bantúes. Incluso las poblaciones aborígenes de Oceanía y América tienen más familiaridad genética con la realeza europea en comparación a la que tienen los pigmeos con cualquier otro grupo de población negra.

Podríamos decir incluso que la humanidad es negra y que será más negra aún conforme continúe el mestizaje, ya que es ahí donde se encuentra mayor diversidad genética. Si a esto le sumamos los cruces entre indígenas, europeos, africanos, mesorientales, etcétera, que han tenido lugar en la Argentina desde tiempos coloniales y que se intensificó aún más tras las grandes olas inmigratorias del siglo XIX y XX, el planteo de la profesora Edwards resulta realmente estrecho de miras. ¿Dónde empieza la blackness, en qué grado de pigmentación? ¿Los cabileños, caracterizados por su piel blanca, serían whites o blacks? ¿El criterio es cromático, cultural, idiomático, religioso, social? No queda claro si en el centro del análisis se pone la pigmentación de la piel o alguna otra dimensión no suficientemente explicitada. Si el criterio es identitario, entonces pertenece estrictamente al plano político y en ese plano deberá ser legítimamente considerado, con la precaución de evitar sostenerlo con supuestos estándares científicos. Si el criterio es cromático o fenotípico, entonces la autora del artículo probablemente no haya prestado suficiente atención a la diversidad étnica y fenotípica argentina. Frente a la gran cantidad de colectividades presentes en la Argentina, uno podría incluso concluir que la cantidad de estudios dedicados a la población de origen africano es desproporcionada (sobrerrepresentada) con relación a los escasos estudios que encontramos sobre comunidades muy presentes en la historia argentina, como polacos, mocovíes, sirios, vascos, armenios, bávaros, rumanos, occitanos, escoceses, guaraníes, calabreses, judíos sefardíes, galeses, griegos, etcétera.

Es probable, entonces, que el debate haya sido mal planteado. La Argentina está conformada por personas de orígenes étnicos bien diversos que, a diferencia de otras realidades americanas (incluyendo, especialmente, Norteamérica, donde la distinción étnica es parte constitutiva de sus tradiciones sociales y políticas), desarrollaron una sociedad bastante más homogénea en términos identitarios. Para ser más precisos: desde las guerras de independencia, que fueron enfáticamente abolicionistas y derivaron en igualdad ante la ley para todos sin distinción étnica o de origen, la Argentina nunca desarrolló legislación excepcional en función o en perjuicio de tal o cual grupo étnico. El debate sobre la negritud y el mestizaje, en todo caso, no estaba anclado necesariamente en una dimensión racial sino social. Es cierto que muchos de nuestros próceres pensaban que África era sinónimo de atraso social, político, económico, etcétera, pero ese diagnóstico no respondía en general a fundamentos biológicos racistas, aunque uno encuentre, ciertamente, perspectivas de ese tipo también. En cuanto europeos de origen, el objetivo era reproducir en América las virtudes de la civilización occidental, que era la propia, y aun así Manuel Belgrano y tantos otros llegaron a plantearse la posibilidad de instaurar una monarquía incaica. No es descabellado que intentaran imitar ese modelo. En términos de hoy, se lo podrá considerar ‘etnocéntrico’, pero es difícil no encontrar los mismos mecanismos ‘etnocéntricos’ en todas las civilizaciones, incluyendo las propias sociedades africanas, sobre todo cuando advertimos que la captura y venta de esclavos en el continente era perpetrada por otros pueblos africanos, ajenos a cualquier tipo de familiaridad identitaria de carácter cromático. El argumento racial no sería, entonces, el más pertinente para comprender la historia de la Argentina reciente.


Foto Beatriz Sirvent. Flickr.com

Para retomar al caso puntual de la selección nacional, como decíamos, allí se encuentran perfectamente representados los niños y jóvenes que juegan en cualquier cancha o potrero del país. Al ser un deporte que se desarrolló inicialmente en las ciudades portuarias del Río de la Plata y el litoral por influencia inglesa y que paulatinamente se extendió por el resto del país, no produce ninguna sorpresa que al menos el 80% de los jugadores sean oriundos de aquellas regiones y tampoco que sean de origen español, italiano, francés o incluso irlandés. Por otra parte, el mestizaje ha sido una práctica tan común y extendida en estas latitudes que es altamente probable que entre los jugadores de la selección (tanto como entre los miembros del comité editorial y de la comunidad de lectores de nuestra revista) encontremos en sus genotipos presencia de ancestros noreuropeos, mediterráneos, indígenas, africanos, orientales. Un estudio sobre la ancestralidad de la población argentina a partir de datos de ADN demuestra esta mezcla genética, donde se observa disparidad entre los genes asociados a herencia paterna y materna. Nuestros genes paternos son 94,1% de origen europeo mientras que los maternos provienen mayoritariamente de nativos americanos, 53,7% para ser precisos. Por otro lado, los genes de origen africano representan alrededor del 4%, un orden de magnitud más que lo reportado por el censo. 

El camino de formación de un deportista es, por su propia naturaleza, enteramente meritocrático en cada etapa de formación, y en el fútbol en particular desde infantiles hasta la mayor, pasando por todas las divisiones juveniles. Lo mismo sucede en Francia (y en otras selecciones europeas o norteamericanas), donde parece suscitar menos debate el hecho de que la inmensa mayoría del plantel de la selección sea de origen africano (incluso varios de ellos nacidos o con padres nacidos en África). Los buenos entrenadores eligen a los mejores jugadores, sin importar sus condiciones cromáticas, genotípicas, fenotípicas, culturales o de cualquier otra índole. El deporte, como la ciencia, tiene la cualidad de premiar al talento y al esfuerzo y sancionar la búsqueda de atajos o de excepciones extradeportivas, como lo serían los cupos étnicos que tímidamente se empiezan a sugerir en ciertas intervenciones públicas. En la mayoría de los casos, incluso, los futbolistas tienden a provenir de orígenes sociales desfavorecidos para la práctica del deporte, que se convierte en un vehículo de progreso personal y de neutralización de diferencias étnicas.

Así como este comité ha discutido ya en 2021 (‘Dilemas en el camino a la igualdad’, editorial, Ciencia Hoy, 177) la cuestión de la igualdad natural, los cupos y la llamada ‘discriminación positiva’ en la ciencia, creemos que es una buena oportunidad para reivindicar la dignidad del trabajo científico y su familiaridad con el honor y la gloria deportiva, la cual solo puede ser alcanzada a bordo de la virtud y no de la segregación y la pequeñez.