Inicio Volumen 28 Número 164 Catolicismo argentino y ciencias sociales

Catolicismo argentino y ciencias sociales

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¿Es usted creyente?

Desde hace algunas décadas las ciencias sociales vienen abordando temas antes poco o nada atendidos por ellas. Así, muchas dimensiones de la actividad humana que no eran consideradas por la investigación histórica hoy son objeto de tesis doctorales, artículos y libros especializados. La mayoría de las veces, los desafíos del presente proporcionan las preguntas a partir de las cuales se mira el pasado. Así ha sucedido, entre muchas otras, con las cuestiones ambientales, la historia de las mujeres o las actividades de ocio y recreación. Y también con el estudio de los fenómenos religiosos, en especial, los relacionados con el catolicismo.

¿DE QUÉ SE TRATA?
El catolicismo argentino como objeto de estudio de las ciencias sociales.

Resulta curioso, sin embargo, el recelo que todavía hoy rodea a esa clase de estudios, al punto de darse por sentada la adhesión (u hostilidad) confesional de sus investigadores, a quienes de modo recurrente se les pregunta si los estudian porque son creyentes o enemigos de la religión. Este tipo de situaciones difícilmente se replique regularmente en otros campos de indagación, por ejemplo, el estudio de la pobreza, de los terratenientes o de los militares.

Hasta hace unas pocas décadas, cuando la historia elaborada fuera de los ámbitos eclesiásticos se topaba con las instituciones religiosas y sus integrantes, o ignoraba su presencia, o les confería una existencia ahistórica que sustraía a la Iglesia del terreno de las interpretaciones del pasado (e incluso del presente). En este segundo caso, la centralidad del catolicismo se daba por supuesta y su acción resultaba eximida del ámbito de la investigación histórica rigurosa. Es lo que delatan expresiones del tipo de ‘no podemos desconocer la importancia de la religión católica’, incluidas en textos basados en el sobreentendido de que la religión es un dato incuestionable de la realidad. En esta visión, que las personas sean creyentes es algo tan obvio como que respiren, coman y mueran. La religión, entonces, parece pertenecer más al mundo natural que al social y, por eso, no constituye un objeto digno de estudio para las ciencias sociales.

En las últimas décadas, en universidades y otras instituciones académicas fueron tomando cuerpo investigaciones sobre algunos actores, instituciones y prácticas religiosas encuadradas en los actuales criterios de elaboración de conocimiento científico. Lentamente, los estudios sobre el catolicismo argentino comenzaron a renovarse. Las perspectivas analíticas utilizadas son diversas. En una aproximación esquemática, puede afirmarse que si, para algunos, la religión es la clave explicativa de lo social, para otros son las condiciones materiales de vida de las personas las que la explican. Pero virtualmente para nadie su presencia es trivial.

El catolicismo entre la colonia y la república

No cabe duda de que el catolicismo es la religión histórica de lo que hoy es la República Argentina. La conquista del territorio hispanoamericano se produjo en el marco de una monarquía confesional. De ahí que, en el período colonial, ser católico no resultaba una opción; era una obligación. Las fronteras entre Iglesia, Estado y sociedad eran imprecisas y permeables. Durante mucho tiempo se habló indistintamente de delito y pecado, porque quien infringía una norma ofendía al mismo tiempo a Dios y al rey.

En los tiempos de la dominación hispánica, las instituciones y autoridades de la Iglesia eran también parte de la monarquía católica. Las tareas espirituales de los sacerdotes no les impedían ser piezas clave de la burocracia colonial. De hecho, junto con la cura de almas, cumplían el cometido de guardianes del orden público y de principales sostenes ideológicos de la monarquía.

Dados estos antecedentes, fue lógico que, en las primeras décadas del siglo XIX, los eclesiásticos participaran activamente en las guerras de independencia, y luego en la construcción de las nuevas repúblicas. Justamente, por haber sido piezas centrales de la arquitectura estatal colonial, constituían un grupo dotado de las competencias necesarias para edificar el nuevo orden. Lo hicieron mediante antiguas prácticas, desde el púlpito y la confesión, pero también por medio de otras flamantes: la redacción de la prensa periódica, la representación de sus comunidades en los procesos electorales, la participación en asambleas y legislaturas, y el acompañamiento de los ejércitos revolucionarios como capellanes.

La función de intermediación social del clero implicaba obligaciones tanto hacia las autoridades como hacia los feligreses. Por esta razón, en los momentos de inestabilidad política su posición quedaba a merced de los virulentos cambios que se producían. Así, por ejemplo, con las reformas promovidas en Buenos Aires por Bernardino Rivadavia (1780-1845), en 1822, los religiosos perdieron antiguos privilegios (si bien, para su fortuna, otros gobiernos provinciales del actual territorio argentino les dieron cobijo). De hecho, la misma Buenos Aires volvió a tenerlos como actores centrales durante los gobiernos de Juan Manuel de Rosas (1793-1877), de 1835 a 1852

Catolicismo
En las ciudades coloniales, las iglesias competían con los cabildos por ocupar los lugares más destacados, sobre todo las sedes de obispados o catedrales, como fue el caso de la de Córdoba que muestra esta imagen de alrededor de 1875, la más magnífica entre las construidas en el actual territorio argentino. En la época hispánica, la religión y la Iglesia desempeñaban un importante papel de legitimación y fortalecimiento de la monarquía católica, y por ende de configuración del orden político. Además de sede de la labor espiritual, las iglesias eran espacios de reunión y sociabilidad. Con el correr del siglo XIX, en cambio, la relación simbiótica de los poderes eclesiástico y civil evolucionó hacia la contraposición e incluso la confrontación. Foto biblioteca de la FFYH-FP, UNC.

Por esas décadas, también hubo transformaciones permanentes, producto, al fin, de la integración del país en el mundo atlántico. Desde el temprano siglo XIX, el arribo de inmigrantes no católicos –en particular, miembros de Iglesias cristianas reformadas, llamados entonces ‘disidentes’– obligó a tolerar, con mayor o menor rigor legal, la presencia de diferentes cultos. El templo anglicano de Buenos Aires, hoy subsistente en la calle 25 de Mayo como catedral anglicana San Juan Bautista, data de 1831.

La Constitución de 1853 consagró el derecho a la libertad de creencias, en parte compensado por los privilegios otorgados al catolicismo en el texto constitucional. Sin embargo, la puerta abierta para el arribo de creyentes no católicos no alteró demasiado el mapa confesional del país: el predominio de los inmigrantes llegados de España, Italia y otras regiones con predominio católico siguió haciendo de esta religión la fuerza predominante en el panorama religioso local.

Catolicismo Iglesia
Con el correr de los años, la Iglesia modernizó viejos templos y erigió nuevos. Así, en 1905 el santuario colonial de Luján dio paso a la actual basílica, que la imagen muestra, inconclusa, el 25 de mayo de 1925, con la concurrencia que sale del protocolar tedeum. La modernización de los templos no estaba exenta de intecionalidad política: era un arma usada en los esfuerzos de reconquista religiosa de la ciudadanía ante los avances del laicismo. Foto Museo Enrique Udaondo

De todos modos, en esas décadas la Iglesia Católica sufrió un retroceso. La política modernizadora de la elite gobernante terminó limitando e incluso excluyendo la participación de la Iglesia en ciertas áreas que el Estado reclamaba para su dominio casi exclusivo, como la educación, los cementerios, el registro civil, etcétera. Distintos gobiernos provinciales implantaron medidas laicistas de ese tipo desde la década de 1860, y con la llegada en 1880 de Julio A Roca (1843-1914) a la presidencia ellas tomaron vigencia nacional.

Las relaciones Estado-Iglesia

Durante mucho tiempo, el conflicto entre Estado e Iglesia de fines del siglo XIX fue definido de manera simplista como liberales versus católicos. Esta disputa, sin embargo, debe situarse en un marco más amplio. La contienda finisecular fue la continuación de otros conflictos, entre ellos, el suscitado por el recorte borbónico de las atribuciones eclesiásticas en la segunda mitad del siglo XVIII y las reformas promovidas por Rivadavia en la década de 1820. En esos tres momentos, los programas modernizadores cercenaron antiguos privilegios del clero e hicieron inevitables las disputas. Si bien estas variaron en intensidad y resultados, constituyeron hitos de un proceso aun en curso: la separación de la Iglesia y el Estado.

Al enfocarse solo en el conflicto, los historiadores no confesionales perdieron de vista importantes facetas de la transformación del catolicismo. Así, a partir de 1880 la respuesta eclesiástica al avance de la secularización no se limitó a resistir las medidas laicistas: también puso en marcha iniciativas (en el plano de las ideas, las organizaciones y las prácticas) orientadas a rearmar sus estructuras para enfrentar, primero, al liberalismo y, poco después, al socialismo. Entre esas acciones se cuentan influyentes encíclicas, como la Rerum novarum, nuevas asociaciones y un papado fortalecido, instrumentos con los que la Iglesia procuró contrarrestar la creciente influencia del Estado y las consecuencias de la política finisecular.

Desde las postrimerías del siglo XIX, la Santa Sede envió señales al laicado católico para que asumiera un papel activo en lo que denominaba la recristianización de una sociedad que a su juicio había perdido el rumbo. En la última década de la centuria, auspició un asociacionismo obrero de raíz religiosa, opuesto a la acción sindical de izquierda entonces en ascenso. En la Argentina, su primera gran expresión fueron los Círculos Católicos de Obreros, definidos como entidades mutualistas ajenas a la actuación política. La versión más extrema de ese catolicismo activo fue el integrismo, antiliberal, nacionalista y, años más tarde, anticomunista.

Siglo XX: orden cristiano para la sociedad moderna

El término ‘integrismo’ aludía a una concepción totalizadora de la vida social y religiosa según la cual la única solución posible a los conflictos que auguraba el siglo era ‘restaurar todo en Cristo’. Propugnaba erigir un orden cristiano, impulsaba ‘cruzadas moralizadoras’ para reformar las costumbres y reclamaba al Estado que hiciera suyos los valores religiosos para convertir a cada ciudadano en un fiel. Su momento de esplendor fue la década de 1930.

La tarea de reconquista social promovida por el integrismo, sin embargo, encontró a los católicos divididos en cuanto a su alcance y a los métodos a utilizar. Hubo resistencias de sectores liberales y de otros inclinados a un conservadurismo tradicional, dados a la acción asistencialista.

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Exvotos dejados por los fieles en santuarios formales o informales en prenda del cumplimiento de promesas. Son manifestaciones de arte popular y muestran que los vínculos entre los fieles y sus devociones cobraron creciente autonomía de las instituciones eclesiásticas.

La Iglesia Católica argentina tuvo un trato privilegiado con el Estado en los primeros años del gobierno de Juan D Perón. Claro está que frente a un gobierno –un liderazgo– destinado a conmover las bases sociales y políticas del país, las relaciones de la institución eclesiástica con las autoridades debían pasar, casi obligadamente, por altibajos. Diversos estudios resaltan la reivindicación por el primer peronismo de los ideales y de la identidad católicas, así como la colaboración en el gobierno de muchos sacerdotes y militantes laicos. La doctrina peronista quedó asimilada a la doctrina social de la Iglesia y las instituciones eclesiásticas se beneficiaron del acceso a más recursos estatales.

Sin embargo, las relaciones Iglesia-Estado se fueron enturbiando cuando el gobierno avanzó –en especial por la acción de la Fundación Eva Perón– sobre ámbitos como la asistencia social, sanitaria y recreativa de los sectores más necesitados, que la Iglesia consideraba propios. Además, a medida que el peronismo se fue consolidando, se dotó de una liturgia y una iconografía en la cual los trabajadores giraban en torno a Perón y Evita. Se iba formulando así un imaginario peronista con visos de religión política.

Desde 1953, a este avance simbólico sobre el territorio de la Iglesia se sumaron medidas mucho más concretas: la supresión de la enseñanza religiosa en las escuelas públicas, la ley de divorcio y la propuesta de separación de la Iglesia y el Estado. El enfrentamiento alcanzó un punto crítico a mediados de 1955. Ese año, la procesión de Corpus Christi en Buenos Aires se convirtió en una gran manifestación antiperonista, respondida poco después por seguidores de Perón con una quema de iglesias. El conflicto con la Iglesia fue fundamental para explicar el golpe que lo derrocó en septiembre de 1955.

Que algunos aspectos de nuestro pasado resultan más comprensibles si se incorpora al análisis de la acción de la Iglesia, sus integrantes y sus instituciones también es cierto para la historia social y política más reciente. Se comprenden mejor diversas formas de militancia política de las décadas de 1950, 1960 y 1970 si se tiene en cuenta no solo las experiencias de formación política de buena parte de la juventud en la Acción Católica y las Juventudes Obreras Católicas sino, también, el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, fundado en 1968. Aun hoy, para muchas acciones de asistencia social se recurre a Cáritas o a los llamados curas villeros. Y como lo demostraron los debates legislativos de 2018 sobre el proyecto de ley de interrupción voluntaria del embarazo, la participación del clero y la movilización de la feligresía constituyen elementos recurrentes en la política argentina.

Riqueza aportada por otras disciplinas

Manifestación ante el Congreso Nacional
Manifestación ante el Congreso Nacional contra los proyectos legislativos orientados a la liberalización de las normas que rigen el aborto, Buenos Aires, 2018.

Disciplinas como la sociología o la antropología han procurado comprender las actitudes en materia de prácticas religiosas. En particular, resultan de sumo interés los estudios que intentan responder a preguntas sobre cómo los creyentes incorporan las devociones a su vida cotidiana, tanto las oficiales como las surgidas en los márgenes del sistema; o cuánto cambiaron el mapa devocional del país los cultos evangélicos y las creencias de raíz oriental. La evidencia empírica para responder muchas de esas preguntas es escasa, pero existen estudios sobre prácticas religiosas locales en distintos contextos, desde los indios de las reducciones jesuíticas guaraníes hasta los fieles de la Virgen de San Nicolás o, la más reciente, la Virgen del Cerro de Salta.

Las relaciones entre la Iglesia y el gobierno
Las relaciones entre la Iglesia y el gobierno nacional conocieron marcadas oscilaciones a lo largo de la historia. Cuando en 1948 el presidente Perón –en compañía de Eva Duarte– visitó la localidad de Esperanza, en la que fue recibido por el obispo de Santa Fe, Nicolás Fasolino, reinaba la armonía. El 16 de junio de 1955, en cambio, fecha de la quema de las iglesias céntricas de Buenos Aires por militantes peronistas –como la de San Francisco, que muestra la foto–, ambas instituciones se encontraban en abierto conflicto. Fotos Colección Luis Priamo y Archivo General de la Nación respectivamente

La apertura del campo religioso, iniciada en la década de 1820, hoy ha dado paso a un escenario de pluralidad, en el que la presencia actual de religiones diferentes del catolicismo es ostensible, pese a los privilegios de los que aún goza este último. Sin embargo, y a diferencia de lo que sucedía en otras épocas, hoy los creyentes católicos viven, expresan y celebran su religiosidad con gran independencia de las instituciones oficiales de la Iglesia. El culto de dos de los santos populares más venerados, el Gauchito Gil y la Difunta Correa, se extendió por fuera de las formalidades eclesiásticas, aunque nunca disimuló sus intentos por ingresar al santoral oficial.

La investigación sobre estos temas nos devuelve un pasado más rico y complejo, con más actores y actrices, que los relatos tradicionales de la historiografía confesional y su contrarrelato anticlerical. A su vez, nos provee una perspectiva histórica para entender nuestro presente en el cual las resonancias religiosas se pueden leer y ver cotidianamente en los portales de noticias. En nada influye en lo anterior que el investigador, el estudioso o el simple curioso sean o no creyentes.

Lecturas sugeridas
AYROLO V, BARRAL ME y DI STEFANO R, 2012, Catolicismo y secularización: Argentina, primera mitad del siglo XIX, Biblos, Buenos Aires.
DI STEFANO R y ZANATTA L, 2000, Historia de la Iglesia argentina desde la conquista hasta fines del siglo XX, Grijalbo-Mondadori, Buenos Aires.
LIDA M, 2015, Historia del catolicismo en la Argentina entre el siglo XIX y el XX, Siglo XXI, Buenos Aires.
MALLIMACI F (ed.), 2013, Atlas de las creencias religiosas en la Argentina, Biblos, Buenos Aires.
MAURO D, 2018, De los templos a las calles: catolicismo, sociedad y política en Santa Fe (1900-1937), Prohistoria, Rosario.
WILDE G, 2009, Religión y poder en las misiones guaraníes, SB, Buenos Aires.
ZANCA J, 2006, Los intelectuales católicos y el fin de la cristiandad (1955-1966), FCE, Buenos Aires.

María Elena Barral
Doctora en historia, Universidad Pablo de Olavide, Sevilla. Investigadora independiente en el Instituto Ravignani, UBA-Conicet. Profesora asociada, Universidad Nacional de Luján.
Jesús María Binetti
Licenciado en historia, Universidad Nacional de Luján. Jefe de trabajos prácticos en la misma universidad.