La Necesaria Reforma del CONICET

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La Necesaria Reforma del CONICET

La reciente normalización del CONICET, con el cese de la intervención y la asunción de nuevas autoridades nombradas mediante procedimientos que se aplican por primera vez -que incluyen la designación por el poder ejecutivo de cuatro de los ocho miembros del directorio seleccionados entre los ¡integrantes de ternas definidas por el voto de la comunidad de investigadores-, es un hecho auspicioso que no puede dejar de señalarse en estas páginas. Algunos aspectos del proceso de normalización fueron cuestionados por miembros de dicha comunidad con argumentos no carentes de peso. También merecieron críticas determinadas resoluciones de la intervención, pero, independientemente del contenido de tales cuestionamientos, no deja de ser positivo que se hayan cumplido los pasos legales que han conducido a la normalización.

Quizá sea también del caso poner de relieve en este el lugar que, durante la intervención, muchos académicos e investigadores aceptaron brindar asesoramiento y desempeñar funciones diversas para ayudar a poner en marcha un proceso de reformas. Cabe reconocer la acción de quienes dieron su tiempo en detrimento de sus ocupaciones, sabiendo que, en muchos casos, ello les valdría más criticas y dolores de cabeza que alabanzas.

Los párrafos anteriores, que trasuntan cierta satisfacción, no pretenden dar a entender que el sistema científico y tecnológico haya vuelto a un estado de normalidad. Lo único que se ha normalizado es el gobierno de la institución CONICET, lo que no es poco, sobre todo si se advierte que entre los miembros del nuevo directorio hay figuras de gran peso académico y respetadas por su solvencia moral. Es también destacable que el nuevo presidente, Enrico Stefani, formado en la Argentina pero residente en los Estados Unidos, se cuente entre los especialistas mundiales de primera línea en canales iónicos, tema tratado en un extenso artículo del número 37 de Ciencia Hoy. Pero, para poner en orden el sistema científico y tecnológico, falta todo lo demás. Antes de asumir la intervención, el secretario de Ciencia y Tecnología, Juan Carlos Del Bello, hizo públicas fuertes criticas a la estructura del CONICET, lo que condujo a suponer que se proponía reformarlo. Sin embargo, contrariando las expectativas que crearon sus juicios, optó por mantener el statu quo y dejar las reformas en manos de las autoridades que lo sucederían; luego, la SECyT creó la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica, para que actúe como principal organismo de financiamiento de la investigación, de lo que podría deducirse que el funcionario llegó a la conclusión de que el estado del CONICET es tal que la institución es irreformable.

Si hay algo en que posiblemente todos coincidan es sobre la necesidad de un cambio en el CONICET. Acerca de qué tipo de cambio, la gama de opiniones va desde quienes postulan un retorno a la mítica edad de oro de sus primeros años hasta los que diseñan estructuras tomadas de diversos modelos extranjeros. No obstante, parece haber consenso en que es necesario actuar con urgencia en dos cuestiones. una es poner en marcha los ingresos y las promociones en la carrera del investigador; la otra, asignar recursos para hacer frente a gastos de investigación. Ambas medidas estuvieron suspendidas por años, lo que generó malestar y desaliento profundos en el mundo académico. Durante la intervención se llevó a cabo un concurso para designar 160 nuevos miembros de la carrera del investigador. El número y la calidad de los postulantes demostraron que las vacantes fueron insuficientes y, en consecuencia, determinaron que muchos investigadores jóvenes y valiosos quedaran fuera del sistema, con el consiguiente daño para ellos y para el futuro de nuestra ciencia. Otro efecto negativo resultó de un discutible criterio numérico para asignar cargos según prioridades regionales y disciplinarias, pues, en la práctica, excluyó a candidatos competentes por residir en las zonas con mayor población científica o pertenecer a las disciplinas de más larga tradición en el país. Las acciones de promoción regional y disciplinaria son necesarias, pero no pueden aplicarse en momentos de crisis, cuándo lo primordial es rescatar a los mejores.

También parece haber coincidencia general en que es necesario asignar los cargos y subsidios por concursos cuya convocatoria y resultados sean públicos- que premien el mérito por encima de toda otra consideración. Este y otros consensos a los que nos estamos refiriendo se pusieron de relieve en los debates de las siete comisiones de trabajo que reunió en 1996 la SECyT, y fueron en parte recogidos en el documento Bases para la discusión de una política de ciencia y tecnología. La tarea principal de las nuevas autoridades es traducir esos acuerdos acerca de los principios que deben regir la vida de nuestra comunidad científica que no son otros que aquellos en vigor en los países con una ciencia organizada y moderna en medidas practicas de reforma. Para ello cuentan con la legítima autoridad que les confiere su designación y, también nos atrevemos a afirmar-, con la buena voluntad y el apoyo de un número mayoritario de investigadores. Pero tienen en contra la escasez de recursos (por lo que parece imprescindible lograr; como lo señaló el doctor Stefani, un refuerzo en el presupuesto), la desorganización y confusión que rigen el funcionamiento administrativo del CONICET y las tensiones generadas en un sistema que viene acumulando vicios desde hace años y que, en no pocos momentos, se vio sometido por diversas autoridades a practicas que combinaron abundantes desaciertos técnicos con actos de corrupción.

La tarea que espera a las nuevas autoridades no es, por cierto, fácil. Nadie supone que podrán completarla en poco tiempo y sin conflictos. Pero todos esperamos que la comiencen con la mano firme y la mente fría, porque ya hemos perdido demasiado tiempo y demasiadas oportunidades, como lo han puesto de manifiesto innumerables comparaciones de la evolución de la ciencia argentina en las últimas dos o tres décadas con la de otros países, como el Brasil, Chile o España.

No es cuestión de repetir aquí la letanía de los males del sistema científico y tecnológico argentino, porque eso ya se hizo reiteradamente. Sin ir mas lejos, una reciente declaración de la Asociación Física Argentina (AFA) que se transcribe en este número, acerca de los investigadores jóvenes, toca diversos puntos de gran interés para el buen funcionamiento de la actividad en el país (o, en realidad, en cualquier país), en adición al tema central que la motivó, es decir; los obstáculos que enfrentan los académicos jóvenes y sus consecuencias sobre sus carreras profesionales.

Por de pronto, afirma la AFA que el sistema debe crecer; con lo que no podemos estar mas que de acuerdo. Pero si para crecer hace falta mas dinero -y si aceptamos, siguiendo la experiencia de todos los países adelantados, que tal dinero no llegara por la vía de actividades empresarias en el mercado-, no es razonable esperar que los mecanismos constitucionales de asignación de recursos públicos en un régimen republicano lo proporcionen si, al mismo tiempo, Ja sociedad no se convence del buen uso de esos recursos y de los beneficios generales que representan. En otras palabras, si la casa no se pone en orden, silos criterios de calidad, promoción por mérito, productividad académica y corrección ética de los procedimientos no se implantan inequívocamente en el sistema científico y tecnológico, es improbable que se obtengan dichos recursos. Quizá el gran desafío de este directorio resida en que pueda y quiera dar con firmeza los primeros pasos hacia esa renovación interior guiada por la calidad y la ética.

Es también cierto que, como lo señala la AFA, otro de los puntos críticos del momento es la situación de los jóvenes. Entre otras causas, ciertos criterios vigentes en la carrera del investigador han contribuido a darle a la ciencia argentina su carácter gerontocratico, muy poco favorable a que crezca la producción local de conocimiento. Nos referimos a la obsoleta figura del investigador con director: quien académicamente requiera de un director; es alguien en formación, para el cual existen en todo el mundo figuras como el becario o similares (junior researcher, post-doc, etc.). Quien haya obtenido su doctorado -y, en las disciplinas en que así se acostumbra, pasado un par de años en posiciones postdoctorales- no debería verse impedido de trabajar independientemente, recibir subsidios o dirigir becarios, ni debería encontrarse con que, cuando compite por recursos, por mas méritos que tenga, siempre le serán insuficientes ante quienes acreditan mas antigüedad.

Ciencia Hoy da la bienvenida al nuevo directorio del CONICET y le desea el mayor de los éxitos en su gestión. No le augura tiempos fáciles, pero le solicita, no en nombre de la comunidad científica, cuya representación no se atribuye, aunque quizá si interpretando el sentir de muchos de sus miembros, que no pierda de vista el objetivo prioritario de poner en marcha la necesaria reforma de la institución para que cobren cabal vigencia los dos principios esenciales de un buen sistema científico: la calidad y la ética.