Inicio Volumen 28 Número 168 Los elefantes en el mundo simbólico de tres continentes

Los elefantes en el mundo simbólico de tres continentes

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Una selección de temas tratados en un libro reciente de los autores

Es un hecho bien establecido que los vínculos entre humanidad y mundo natural –entre seres humanos y otras especies– no son estables, aunque cambien muy lentamente. Esto influye en nuestro conocimiento acerca del medio, en nuestro lugar en él, y en cómo alteramos su desarrollo o contribuimos a su colapso. Asimismo, las maneras en que construimos simbólicamente nuestras ideas acerca de los animales y las emociones que estos despiertan en nosotros no solo condicionan nuestras actitudes hacia ellos, sino que también pueden transformar nuestra experiencia de la ciencia, la religión y la sociedad, sobre todo en los casos en que adscribimos atributos humanos a otras especies.

¿DE QUÉ SE TRATA?
Los elefantes en los mitos, las fantasías y la creación artística de la India, los pueblos del Mediterráneo en la Antigüedad clásica, el Medioevo europeo, el Humanismo, la Ilustración y los pueblos africanos.

Centralidad de los elefantes en la India

El adiestramiento de paquidermos se habría logrado en la India alrededor de 6000 años antes de nuestra era. La técnica de amaestrar elefantes para el transporte y la guerra estaba ya muy difundida hace entre 4500 y 3500 años antes del presente en las ciudades-estado del valle del Indo. Las tribus arias, que comenzaron la ocupación del subcontinente indio hace unos 3500 años, asimilaron esas prácticas y las convirtieron en un arte refinado, propio de reyes y grandes guerreros. El conocimiento de la fisiología, la salud y las costumbres de los paquidermos era considerado entonces parte fundamental de la ciencia del Estado, explicada en el Arthashastra, un extenso tratado escrito en sánscrito entre los siglos IV y III anteriores a nuestra era.
Un autor escurridizo y mítico, Nilakantha, probablemente natural de Kerala, a quien no podemos ubicar en ninguna cronología, escribió también en sánscrito el Matanga-lila (Juego de los elefantes), libro acerca de los caracteres físicos y mentales de esos animales, su adiestramiento y cómo mantenerlos. La tradición científica del Matanga-lila se prolongó hasta el siglo XVIII de nuestra era, pues alguien llamado Sukumar Barkaith escribió entonces en Assam, a pedido del rey Siva Singha y de su consorte, la reina Phulesuari, de la dinastía Ahom, el Hasthividyarnava, otro famoso texto dedicado a la medicina paquidérmica.

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Un elefante emplazado en la entrada del templo Madhukeshwara o templo de Shiva, que data del siglo IX de nuestra era, en Banavasi, estado de Karnataka.


El elefante representó un papel clave en las mitologías védica, budista, jainista e hindú, además de hacerlo en la ciencia india. En la tradición védica, Indra, dios celestial en el Rig-Veda, fue identificado con el Sol en el hinduismo temprano, y a partir de él representado o imaginado como jinete del elefante blanco primordial, Airavata. El citado Matanga-lila dedica su capítulo primero al origen mítico de los elefantes. El huevo cósmico del cual se creó el Sol fue partido en las mitades que el creador Brahma, el Increado, tomó en sus manos. De una de las partes nació el elefante Airavata y luego lo hicieron otros siete machos; esos ocho paquidermos marcaron los puntos cardinales. En el comienzo del Ramayana nos topamos con otro mito fundamental, el de los elefantes pilares de la Tierra, incluido en la historia del rey Sagara, antepasado de Rama, y de sus sesenta mil hijos.
Los grandes cambios sociales de la India en los siglos VIII y VII antes de nuestra era destruyeron el ritualismo de la religión védica, la cual evolucionó a partir de entonces hacia un sistema de creencias metafísico-morales aún vigente con el nombre de hinduismo. Al mismo tiempo, esas transformaciones favorecieron el auge de dos sectas que se convirtieron en religiones todavía existentes: el jainismo y el budismo, predicados respectivamente por Mahavira (llamado el Conquistador, Jina) y Sidarta Gautama (llamado el Iluminado, Buda). Contemporáneos en el siglo VI a.C., Jina y Buda abandonaron a sus familias para convertirse en ascetas, buscar un camino de verdad y salvación, y reunir discípulos con los que formaron comunidades y congregaciones monásticas. Los elefantes se encuentran en los núcleos míticos y filosóficos de esas tres religiones. El jainismo apeló a los paquidermos en la leyenda de los seis ciegos y el elefante, referida al carácter inabarcable de la realidad por el conocimiento humano. En el budismo, un elefante mítico es crucial en la concepción del Iluminado y en varios episodios de su vida. Y una de las mayores divinidades del hinduismo está fuertemente asociada con el elefante: se trata de Ganesh o Ganesha, el dios con cabeza de elefante y cuerpo de hombre.

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Elefantes excavados en la roca de uno de los templos de Mahabalipuram, construidos entre los años 830 y 1100 de nuestra
era, cerca de Chennai (Madrás) en el estado indio de Tamil Nadu.
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Cuando las comunidades mercantiles se consolidaron en el Imperio Gupta, alrededor del siglo VI de nuestra era, se abrieron paso formas de devoción inéditas en el hinduismo, volcadas al cultivo del mundo íntimo y al establecimiento de relaciones personales con los dioses. Se difundió entonces la divinidad benevolente de Ganesh, dadora de prosperidad, amiga de la inteligencia práctica y de la sabiduría. Es más, el dios elefante-hombre hindú se convertiría en un nexo entre las tres religiones de la India, pues el budismo lo incorporó muy pronto como Vinayaka, uno de los seres superiores del universo dignos de veneración, y el jainismo lo hizo aunque bastante más tarde, a partir del siglo IX.

El elefante en el Mediterráneo antiguo y en el Medioevo europeo

Griegos y romanos fueron los primeros pueblos del Mediterráneo que reunieron una enorme variedad de información sobre elefantes. El texto más popular sobre ellos fue la descripción, extensa y sistemática, hecha por Plinio el Viejo (23-79d.C.) en el octavo libro de su Historia natural. Entre los siglos I y XVII, ninguna referencia occidental al elefante omitió citar este texto canónico. La cercanía de hombres y elefantes –proximidad incomparablemente mayor que la sentida con otras bestias y en algunos aspectos incluso superior a la establecida entre humanos– deriva de consideraciones de Plinio: ‘El elefante es el más grande [de los animales] y en inteligencia es el que más se avecina al hombre. Comprende la lengua de su país, obedece órdenes y recuerda las tareas que le han sido enseñadas. Es sensible a los placeres del amor y la gloria y, hasta un grado que es extraño incluso entre los hombres, posee nociones de honestidad, prudencia y equidad: tiene un respeto religioso por las estrellas y una veneración por el Sol y la Luna’.
La campaña de Alejandro Magno (356-323a.C.) en Oriente proveyó a los griegos de experiencias de primera mano con elefantes en la guerra, tanto por parte de los persas en la batalla de Arbelas como de los indios en la lucha contra el rey Poro. También los anotició sobre el cometido de los elefantes en las sociedades de la India, incluidos sus usos en el transporte de objetos pesados y de personas, o su presencia en el protocolo de las cortes y en el ceremonial de las religiones. Textos de diverso tipo, desde historias de las aventuras de Alejandro hasta relatos de viajes y embajadas, acercaron esas costumbres a los lectores del mundo mediterráneo.
En la época romana, elefantes reales fueron vistos no solo en campos de batalla (especialmente durante las campañas de Pirro en Italia y las guerras púnicas, entre 264 y 145a.C.), sino en espectáculos y celebraciones militares. Por Plutarco nos enteramos de que Pompeyo (106-48a.C.) organizó ‘juegos gimnásticos y de música’ que incluían ‘combates de fieras, en los que perecieron quinientos leones’, y que ‘el combate de elefantes fue un terrible espectáculo’. De acuerdo con Cicerón, la lucha de estos animales producía en la multitud no solo placer sino también compasión, la cual provenía de que el elefante ‘tiene una comunidad con la raza humana’.

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Lámina de la obra Hypnerotomachia poliphili, atribuida a Francesco Colonna e impresa en Venecia en 1499.


Durante el Medioevo cristiano, el oeste de Europa tuvo un conocimiento indirecto de estos animales. La zoología se redujo a diccionarios o enciclopedias, conocidos popularmente como bestiarios, que incluían tanto descripciones realistas de varias especies (probablemente confeccionadas a partir de la observación directa o de noticias creíbles) como leyendas e historias fantásticas. Esto explica el hecho de que se incluyeran criaturas imaginarias en los repertorios. En cualquier caso, los elefantes estaban entre los temas favoritos de este tipo de literatura.
El más difundido de los bestiarios fue el Physiologus, probablemente escrito en griego entre el final del siglo II y el comienzo del V de nuestra era. La obra reproduce una vieja historia, según la cual dos elefantes adultos habían caído y no podían ser levantados por doce de sus congéneres, pero un pequeño animal de la manada logró insertar su trompa debajo de los caídos para que pudieran levantarse. La simbología de la leyenda es que los dos paquidermos caídos son Adán y Eva; sus doce compañeros, el coro de los profetas, y el pequeño que logró levantarlos, Jesús.
De natura rerum, obra del fraile dominico flamenco Tomás de Cantimpré (1201-1272), es un tratado mucho más amplio que un simple bestiario e incluye un catálogo zoológico riguroso. Describe una cacería del elefante en la que la bestia es decapitada por dos jóvenes vírgenes, símbolos de Eva y María. La historia se convierte en una alegoría de la muerte de Jesús, el gran acto que lleva a la redención de la humanidad. En la idea de que la cabeza del elefante y su sangre son la manifestación de la máxima benevolencia divina hay obvias resonancias con el nacimiento de Ganesh. Sin embargo, una imagen de ese dios se conoció en la península itálica solo con la difusión de Imagini dei Dei degli antichi, obra de Vincenzo Cartari (1502-1569) que asimila a Parvati y Shiva, los padres de Ganesh, con las figuras bíblicas de la primera pareja.

El elefante en los saberes de Europa entre el Humanismo y la Ilustración

Durante el Medioevo, los europeos occidentales pudieron tener una visión directa de los paquidermos solo en tres ocasiones: cuando Carlomagno (742-814) recibió un ejemplar de regalo del califa de Bagdad; cuando Federico II (1194-1250), emperador sacro-romano, llevó elefantes recogidos en las Cruzadas a lo que hoy es Italia, y cuando Luis IX el Santo (1214-1270) hizo lo mismo a Francia (en ambos casos eran animales que provenían de Tierra Santa o Egipto). La circulación del animal por Europa fue más frecuente tras el inicio de la expansión ultramarina portuguesa en África y Asia, durante los siglos XVI a XVIII. En 1514, el rey Manuel I de Portugal (1469-1521) envió al papa León X (1475-1521) como regalo de coronación un elefante indio blanco llamado Hanno. El animal murió dos años más tarde y el papa compuso parte del epitafio inscripto en su tumba vaticana, en el Cortile del Belvedere, coronada por un retrato del paquidermo pintado al fresco por Rafael (que no se conservó).
Es probable que la presencia simbólica del elefante en el Occidente moderno se haya visto fortalecida con el éxito y la difusión paneuropea de la Hypnerotomachia poliphili, obra atribuida al fraile dominico veneciano Francesco Colonna (1433-1527), impresa en Venecia en 1499 e ilustrada con elegantes grabados. Uno de estos, que muestra un elefante portador de un obelisco sobre su lomo, símbolo de la sabiduría, fue frecuentemente comentado en citas o glosas del libro. Bernini (1598-1680) utilizó esa imagen en la fuente romana de Santa Maria sopra Minerva.
En 1544, el humanista y viajero francés Pierre Gilles (1490-1555) estuvo en Constantinopla con la misión de adquirir manuscritos griegos para la biblioteca de Francisco I de Francia (1515-1547). Un opúsculo suyo titulado Descriptio nova elephanti, publicado en forma póstuma en Hamburgo en 1614, presenta abundantes detalles sobre la disección de un elefante indio que Gabriel d’Aramon (1508-1553), el embajador del monarca francés ante el Imperio Otomano, se había procurado en Mesopotamia y enviado de regalo a Francisco I. Es el primer informe científico redactado por un europeo sobre la disección de un gran animal.
En el siglo XVIII, la Ilustración buscó establecer un punto de inflexión en el progreso de los conocimientos europeos sobre los elefantes, que volcase de modo decisivo ese saber hacia la ciencia empírica y dejase de lado el simbolismo tradicional del paquidermo como epítome de grandes virtudes morales o religiosas. Tanto en la Historia natural del conde de Buffon (1707-1788) como en la Encyclopédie de Denis Diderot (1713-1784) y Jean-Baptiste D’Alembert (1717-1783), los elefantes ocupan un lugar especial en la zoología descriptiva de nuevo cuño. Sin embargo, en ninguno de los dos casos desapareció la noción de una superioridad biológica y psicológica de esos paquidermos, aún tributaria de la tradición simbólica indoeuropea. En el comienzo del capítulo ‘El elefante’, en el tomo XI de la Historia natural, Buffon insistió en que el animal era ‘el ser más considerable de este mundo: supera a todos los animales terrestres en grandeza y se aproxima al hombre por inteligencia’.
El artículo de la Enciclopedia, firmado por el naturalista Louis Jean-Marie Daubenton (1716-1800) parece enteramente construido desde el nuevo punto de vista científico. A poco de considerar sus órganos y las maneras en que la bestia se sirve de ellos, la sorpresa evoluciona hacia la admiración. De todas maneras, puso seriamente en duda la verdad de la aproximación moral y espiritual al conocimiento del elefante con afirmaciones como: ‘El amor de lo maravilloso hizo creer que el elefante tiene virtudes y vicios, que es casto y modesto, orgulloso y vengativo, que ama las alabanzas, que comprende cuanto se le dice, etcétera’.

Tradiciones africanas sobre el elefante

La mayor parte del corpus de mitos, leyendas y narraciones africanas sobre el paquidermo pertenece a un mosaico de culturas mucho más heterogéneas que las de la India. Las mitologías y el folclore propios de los pueblos subsaharianos colocan al animal en todas las posiciones imaginables entre dos polos simbólicos: el de la importancia y la celebración de sus facultades, y el de considerarlo torpe, a veces cruel y burlado por la astucia de pequeños animales de la sabana o la selva.

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Fuente del elefante frente a Santa María sopra Minerva en Roma. Fue inaugurada en 1667 a partir de un diseño de Gian Lorenzo Bernini y probablemente esculpido por Ercole Ferrata. El pequeño obelisco es una antigüedad egipcia encontrada en Roma.
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Parece lógico que, dados su tamaño y su fuerza, el elefante aparezca algunas veces como un gran juez o jefe del mundo animal. Entre los fang de Gabón, por ejemplo, el dios supremo y triple, Nzame, Mebere y Nkwa, decide que los amos de animales y plantas han de ser el leopardo por su poder y astucia, el mono por su malicia y flexibilidad, y el elefante por su sabiduría. Paralelamente, en varios mitos de origen de pueblos africanos está presente el paquidermo, si bien por lo general no alcanza en significado el peso que suele tener en el universo religioso y simbólico de la India. Los nandi de Kenia creen que, cuando el espíritu creador llegó a la Tierra, encontró aquí tres seres: el trueno, un miembro de la tribu dorobo (vecina de los nandi) y un elefante primordial.
En el corredor swahili y los proto-Estados del sur africano, las leyendas sobre los elefantes no los presentan como sabios, ni prudentes, ni piadosos, sino como grandes bestias crédulas, burladas por animales pequeños, entre ellos las liebres o las tortugas. Según una historia swahili, semejante a otras del área bantú, los animales de las sabanas debieron organizarse para recoger y almacenar el agua. La tortuga encabezó el grupo de los buenos, mientras que la liebre, astuta, quiso apropiarse del líquido mediante engaños diversos, de los que el elefante fue víctima. Finalmente, mediante una trampa ideada por la tortuga con la colaboración del paquidermo, los animales atraparon a la liebre, que terminó sostenida por el elefante y despojada de su cola.

El imperialismo en África: extracción del marfil, explotación humana

A fines del siglo XVII, los europeos colonizadores del África occidental, especialmente los franceses, tendieron a hacer de la extracción del marfil uno de los recursos más importantes del sistema económico y comercial destinado a explotar la naturaleza y las poblaciones humanas del continente. La llamada Costa de Marfil fue desde entonces el centro de una red de circulación de colmillos que iba de la mano de la trata de esclavos. Durante el siglo XVIII, los portugueses hicieron de sus posesiones en Mozambique un emporio semejante, donde el binomio marfil-esclavos fue también la clave de bóveda de una nueva sociedad africana basada en la explotación colonial. Esas dos palabras formaron casi un topos repetido decenas de veces en las fuentes de viajeros, en las descripciones geográficas y en los relatos históricos vinculados con el territorio africano a lo largo del siglo XIX y el primer decenio del XX.
El fin del comercio de esclavos y el papel que los británicos se autoasignaron en su control debilitaron el término ‘esclavos’ en dicho binomio, pero el predominio de los árabes y de los africanos islamizados en el corredor swahili entre Somalia y Zanzíbar impuso la vigencia de aquella misma díada en el África oriental hasta, por lo menos, la abolición de la trata en Zanzíbar en 1897. De este modo, las masacres de elefantes, hechas con el fin de extraerles sus colmillos de a miles, asolaron las tierras alrededor de los Grandes Lagos del este africano, desde la región de Kivu en el Congo hasta las costas de la Tanzania actual, antes y después de 1897. Entre 1880 y las vísperas de la Primera Guerra Mundial, millones de paquidermos fueron aniquilados en toda la región. Los últimos cien años en la vida de los elefantes africanos se resumen en una sola expresión: catástrofe de la especie, que las matanzas perpetradas por seres humanos colocaron en el borde mismo de la extinción. El escritor belga David Van Reybrouck registró en su libro, sugerido como lectura, el testimonio devastador de Papy Bulaya, un cazador furtivo y traficante de oro de la región de Kivu: ‘Al día siguiente, volvimos a buscar los colmillos. Había un pequeño elefante junto a su madre muerta. También lo maté. ¿Qué es la piedad?’.

¿Hubo elefantes en América del Sur?
Los paquidermos son un antiguo grupo de mamíferos que reúne elefantes, rinocerontes, tapires, hipopótamos y manatíes, entre otros animales que se caracterizan principalmente por su gruesa piel y escaso pelo. Los elefantes actuales pertenecen al orden Proboscidea, aparecido en el norte de África hace más de 35 millones de años (Ma), del que se han identificado numerosas especies clasificadas en diversas familias, pero del que hoy solo quedaron tres especies vivas de la familia Elephantidae o elefántidos, dos en África del género Loxodonta (L. africana, el elefante de la sabana, y L. cyclotis, el de la selva) y una en Asia del género Elephas (E. maximus). En América hubo proboscídeos desde hace unos 10Ma, cuando se cree que comenzó la inmigración de especies desde Asia por el puente terrestre de Bering. Se han definido diversas especies fósiles con ejemplares encontrados en América Central, datados desde hace unos 7Ma hasta unos pocos miles de años atrás, y dos especies fósiles (aunque existe cierta controversia sobre esto) con restos encontrados en América del Sur, datados hace unos 3Ma. Los primeros restos fósiles de proboscídeos sudamericanos fueron descriptos en 1806 en Francia –adonde se los hizo llegar Alexander von Humboldt– por Georges Cuvier (1769-1832), quien se refirió a ellos con el nombre de mastodontes. Hoy esta última denominación genera ciertos enredos clasificatorios: para algunos quedó restringida a fósiles de la extinguida familia Mammutidae o mamútidos, de América del Norte, pero otros la aplican informalmente a los de la también extinguida familia Gomphoteriidae o gonfotéridos, de América del Norte y del Sur. Los mamútidos no deben ser confundidos con los integrantes del género Mammuthus, parte de la familia de los elefántidos.
Florentino Ameghino (1854-1911) en 1888, y Ángel Cabrera (1879-1960) en 1929 describieron en detalle proboscídeos fósiles hallados en distintas localidades de la Argentina. A partir de esas descripciones se realizaron numerosos estudios sobre cómo clasificarlos y cómo fue su evolución. Por lo general se los agrupa hoy en dos especies: Cuvieronius hyodon y Stegomastodon platensis, ambas pertenecientes a la citada familia de los gonfotéridos. C. hyodon estuvo presente en el corredor andino, a juzgar por el hecho de que sus restos fósiles se encontraron a lo largo de los Andes. Vivió desde Ecuador hasta Bolivia con seguridad, y quizá hasta el sur de Chile (algo que está en discusión). Se estima que lo hizo desde hace unos 3Ma hasta tal vez alrededor de hace 15.000 años. S. platensis vivió en las regiones más orientales y zonas costeras del continente. Su registro temporal abarca desde hace unos 700.000 años atrás hasta hace unos 8500. Ello significa que la especie llegó a convivir con seres humanos.
Ambas especies eran herbívoras: Cuvieronius se alimentaba de gramíneas duras, hojas y semillas, y habitaba pastizales altos de zonas frías a templadas, mientras que Stegomastodon consumía una alimentación mixta, pues era ramoneador y pastador, y habitaba pastizales comparativamente más secos de zonas templadas a cálidas.
A partir de sus orígenes en África y sus primeras dispersiones por Asia, los proboscídeos colonizaron el resto de Eurasia y las Américas. Hoy solo habitan el África subsahariana y el sur asiático, y pertenecen a la familia de los elefántidos. A la pregunta del título podemos responder diciendo que sí los hubo si extendemos el significado de 'elefante' a todos los proboscídeos, o que no los hubo si lo restringimos a los elefántidos, en cuyo caso estos tuvieron primos sudamericanos.
Laura E Cruz
Museo Argentino de Ciencias Naturales

Los elefantes en el mundo simbólico de tres continentes
Interpretación del aspecto de Cuvieronius hyodon. El animal podía medir unos 2,5m de alto y pesar unas
3,5 toneladas. Wikimedia Commons-DiBgd

Lecturas sugeridas
ALTER S, 2004, Elephas Maximus: A portrait of the Asian elephant, Penguin India, Nueva Delhi.
BURUCÚA JE y KWIATKOWSKI N, 2019, Historia natural y mítica de los elefantes, Ampersand, Buenos Aires.
ROSS DH, 1992, Elephant: The animal and its ivory in African culture, Fowler Museum of Cultural History, Los Ángeles.
VAN REYBROUCK D, 2017, Congo: une histoire, Actes Sud, Arles.

José Emilio Burucúa
Doctor en filosofía y letras, UBA. Académico de número, academias nacionales de la Historia y de Bellas Artes. Profesor titular jubilado, UBA y UNSAM.
Nicolás Kwiatkowski
Doctor en filosofía y letras, UBA. Investigador adjunto del Conicet en el Instituto de Altos Estudios Sociales, UNSAM. Profesor adjunto, UNSAM.