Hacia una ciencia cada vez más abierta

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La imprenta de tipos móviles, difundida en Occidente desde mediados del siglo XV, pronto se convertiría en una aliada inmejorable en el proceso secular de creciente acceso al conocimiento especializado. La llamada ‘revolución científica’ del siglo XVII fue un fenómeno de largo y amplio alcance, un punto de partida tanto como un punto de llegada, diseminado y garantizado a través del libro. Aunque la transmisión oral permaneció como mecanismo predominante de difusión del conocimiento durante los tiempos premodernos, no es menos real que la continua alfabetización y ampliación de los sectores letrados contribuyeran a incrementar y refinar la demanda de la palabra escrita.
Lo cierto es que, al menos desde el siglo XVII en adelante, se percibe una consolidación progresiva de las disciplinas científicas tal como las conocemos hoy. La investigación científica capturó un interés de mayor alcance y los debates, hipótesis, resultados y conclusiones de los especialistas pasaron a formar parte de una opinión pública en formación, más allá de los círculos conspicuos de especialistas, universidades, academias y mecenas. La alfabetización masiva propia de los siglos XIX y XX llevaría a este fenómeno a niveles de difusión y debate sin parangones.
Por otra parte, sabemos que durante el siglo XX el desarrollo de la mecánica cuántica, la relatividad y el control de la energía nuclear hicieron de la investigación científica una ventaja comparativa definitiva y de alto e inmediato impacto en el desarrollo económico de las naciones y en su poderío armamentista. Sin embargo, la diseminación de los resultados a través de revistas especializadas de escasa repercusión entre el público general tendía a ser filtrada y mediada por periodistas o escritores de ciencia ficción. Esta situación estaba enmarcada, además, en una profunda división geopolítica mundial determinada por dos superpotencias militares, Estados Unidos y la Unión Soviética.
La caída de la ‘cortina de hierro’ a fines de la década de 1980 desmanteló en cierta medida el argumento estratégico de los desarrollos científicos reservados. La investigación científica conoció una creciente popularización, donde los propios científicos cumplían una tarea protagónica. No es casualidad que la presente revista se haya fundado en 1988, en un contexto de multiplicación de medios donde el conocimiento se hacía llegar al público de modo cada vez más veloz y directo. Esto necesitó, a su vez, un entrenamiento del público en nuevos hábitos de lectura, algo que se dio en llamar ‘alfabetización científica’. Se estaba trazando una nueva cartografía en un territorio mayormente desconocido por el gran público, el de la ciencia, cuya lectura requería un entrenamiento particular.
Este desarrollo describe nuestra propia experiencia como editores de una publicación de divulgación científica. En el primer manual de estilo de la revista de principios de los años 90 se leía: ‘[Se debe estar] atento a los cambios en el lenguaje común (ADN y genoma requerían explicación hace veinte años, hoy no). Usar mucho de sentido común (proteína no necesita explicación; proteoma sí)’. Hoy en día, cuando aparece la palabra ‘proteoma’ no demandamos a los autores que la expliquen porque suponemos que el lector de la revista o bien la conoce o bien tiene a su disposición los medios para rastrearla y reconocerla.
Esta difusión cada vez más sólida de la investigación científica provocó una suerte de estratificación dentro de un paisaje antes aparentemente dicotómico donde se distinguía al científico profesional del público no especializado. Las fronteras se disipan y los bordes se hacen más difusos. Todo esto está, naturalmente, mediado y potenciado por el acceso ubicuo a la red virtual global, que pasara al dominio público a mediados de los años 90.
En un contexto semejante se inició un movimiento, de varias aristas y direcciones, que planteó la necesidad de crear canales verticales de acceso a datos, publicaciones, métodos y software de forma ‘abierta’. Asistimos a otro cambio cultural, el de la transparencia. Los científicos no dejan de ser profesionales remunerados que realizan investigaciones –con dineros privados o públicos–, pero se los invita y se espera que sus investigaciones puedan ser de libre y fácil acceso, tanto los datos con que fundamentan sus trabajos como los métodos, los equipos y las decisiones que utilizaron, así como el software utilizado como plataforma.
Por supuesto, esto solo es posible garantizarlo, en principio, para las investigaciones financiadas con recursos públicos. Sin embargo, no implica que aquellas otras realizadas en el marco de empresas y compañías privadas dedicadas a la investigación y al desarrollo no puedan estar asimismo sujetas al escrutinio público, aunque hagan reserva de sus insumos y métodos. Los impactos de tal idea son evidentemente revolucionarios. Uno de ellos es el de las publicaciones en revistas especializadas y el actual modelo de negocios de las editoriales que las producen, donde es el suscriptor el que realiza importantes erogaciones. Un alto costo para leer lo que se financió con fondos públicos pareciera ir en un sentido opuesto al de la ciencia abierta.
Otro lugar de conflicto es el de los datos. Son aquí los mismos científicos, en general, quienes más resguardan las fuentes de sus descubrimientos y desarrollos, que muchas veces involucran varios años de trabajo. Uno de los requerimientos para poder publicar artículos científicos es la novedad de estos, por lo que, más allá de la clara necesidad de comunicación y transparencia, el sistema deberá replantearse y reformularse. Los tiempos de publicación para un artículo científico tradicional son incomparables a la velocidad de los preprints (manuscritos científicos con acceso abierto y sin evaluación por pares depositados en repositorios públicos). En este sentido, el valor de una publicación, basado en su novedad, puede verse comprometido casi en tiempo real por un preprint acelerado. El camino hacia la ciencia abierta no va a ser sencillo. Pero anticipamos que va a ser inevitable.
Para este número los editores hemos convocado a hablar de ciencia abierta a dos investigadores, Mariano Fressoli y Valeria Arza, que durante 2018 llevaron adelante un seminario sobre el tema en el Ministerio de Ciencia y Tecnología (en ese momento Secretaría) que congregó a los más conspicuos representantes del tema en la Argentina. En un recuadro dentro del mismo artículo, Lucas Luchilo describe el estado actual de la transformación del sistema de revistas científicas, de cara a la apertura y las implicancias en cuanto a su financiación. Esperamos que este aporte les sea útil.