Mens sana, corpore sano

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Mens sana, corpore sano

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Así comienza una de las sátiras escritas por el poeta romano Décimo Junio Juvenal (60-128 d.C.). Indica la necesidad de espíritu equilibrado en un cuerpo equilibrado. Hoy esta frase se utiliza para asociar la práctica del deporte y la actividad física con el bienestar general.

Orandum est ut sit mens sana in corpore sano
(Se debe orar que se nos conceda una mente sana en un cuerpo sano)

La mente –que podríamos definir como el cerebro en funcionamiento– es algo maravilloso; nuestra curiosidad por comprender los mecanismos que la gobiernan también lo es. Un grupo de neurocientíficos lleva años trabajando con monjes tibetanos para entender los mecanismos de la meditación, una práctica que incluye ejercicios mentales.

Sabemos que nuestra información genética es modulable por el ambiente y, por ende, por nuestras propias acciones. Tener en cuenta este hecho es de suma importancia a la hora de mantener un equilibrio entre salud y enfermedad. A estas alturas, nadie duda de la relevancia del ejercicio físico y la alimentación sana para mantener ese equilibrio, pero ¿quién ocupa parte de su día en realizar ejercicios mentales?

Cada vez son más los que proclaman que practicar la meditación es una manera de mantener un buen funcionamiento del cerebro, ya que pueden alcanzarse estados de alta atención y concentración. Un estudio reciente concluye que dicha práctica puede llegar a alterar la expresión de determinados genes y, por ende, regular su actividad. Este hecho abre la puerta al estudio del potencial terapéutico de esa práctica.

Para llegar a tales conclusiones, el mencionado equipo de investigación comparó los efectos que causaba todo un día de meditación en un grupo de expertos en ella, con los de un grupo control que no meditaba formalmente pero realizaba otras actividades en un ambiente relajante. Al cabo de unas horas, observó que la expresión de determinados genes y los niveles de ciertas proteínas en células de la sangre en el grupo de meditadores difería significativamente de los del grupo control.

Un hecho destacable es que los cambios principales se encontraron en genes que actualmente son blancos de fármacos analgésicos y antiinflamatorios. Aunque pensar en recurrir a la meditación en el ámbito clínico aún parece lejano, las investigaciones comentadas podrían constituir un punto de partida para diseñar terapias que complementen el tratamiento con fármacos, en especial en casos de inflamación crónica.

Más allá de la modulación de genes y de otros beneficios que la meditación podría aportar, es importante tomar conciencia de la importancia de cuidar y ejercitar nuestro cerebro para tener un cuerpo sano.

Más información en Kaliman P et al., 2014, ‘Rapid changes in histone deacetylases and inflammatory gene expression in expert meditators’, Psychoneuroendocrinology, 40: 96-107.

Carla Bellera