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Meteoritos azucarados que nos remiten a los orígenes de la vida

Si tomamos las células como las unidades básicas de la vida y aumentamos fuertemente la escala de observación, llegamos a vislumbrar la presencia crucial en ellas de ciertas grandes moléculas. La primera que salta a la vista es el ADN (ácido desoxirribonucleico) que forma los genes y actúa como el sostén duradero de la herencia. En segundo plano está el ácido ribonucleico (ARN), considerado un mensajero que transmite la información necesaria para que se realice el proceso que va del gen a la proteína.
Sin embargo, una teoría muy difundida postula que al ARN fue un protagonista clave en el desarrollo inicial de la vida. Se habla así de un ‘mundo ARN’, que habría sido una etapa evolutiva anterior a la existencia del ADN y de las proteínas, en el cual el ARN cumplía las funciones de dichas tres macromoléculas. Algunos resabios de ese mundo inicial llegaron hasta hoy: sabemos que el ARN es capaz de guardar y transmitir información genética, como es el caso de muchos virus, entre ellos el VIH o los coronavirus; también conocemos las ribozimas, macromoléculas basadas en ARN que son capaces de acelerar reacciones químicas igual que lo hacen las enzimas de base proteica.
Pero en el...

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