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Una historia de perros. Mitos y certezas sobre su origen y dispersión en América

Una recorrida por la historia de los perros, desde su origen a partir de la domesticación del lobo hasta su dispersión por América en tiempos precolombinos.

Desde hace miles de años, seres humanos y cánidos –perros, lobos, zorros, coyotes, chacales y otros extinguidos– han mostrado una fuerte atracción recíproca y mantenido intensas interacciones con facetas económicas, sociales, religiosas e incluso afectivas. En algunos casos los cánidos fueron competidores o enemigos de los humanos, mientras que en otros trascendieron la animalidad para incorporarse de lleno en el tejido social e ideológico de las poblaciones humanas. Adquirieron ese estatus cuasihumano, tan frecuente en la sociedad moderna, hace miles de años, cuando la interacción entre los habitantes de la actual Europa y los cánidos silvestres dio origen al animal doméstico más antiguo y versátil: el perro. Ello marcó el nacimiento de la más estrecha y duradera relación entre humanos y animales jamás ocurrida, e inició una veloz expansión geográfica de los perros.

Los primeros perros

Como el resto de los animales domésticos, los perros se originaron por la manipulación de poblaciones silvestres. Aunque hasta hace algunas décadas se pensaba que el proceso había sido iniciado de modo intencional y unilateral por los humanos, con el objetivo de obtener un animal para defensa, un ayudante de caza o una mascota, hoy muchos científicos sostienen que el proceso fue más complejo, y que consistió en una coevolución de cánidos y humanos. Los mismos cánidos podrían haberlo desencadenado, posiblemente con el creciente acercamiento de jaurías silvestres en busca de alimento a los asentamientos y sitios de cacería de las bandas de humanos.

Foto actual de un lobo gris euroasiático (Canis lupus), de cuyos ancestros descienden todos los perros. La gran variedad de estos es el resultado de milenios de cría selectiva por los seres humanos.
Foto actual de un lobo gris euroasiático (Canis lupus), de cuyos ancestros descienden todos los perros. La gran variedad de estos es el resultado de milenios de cría selectiva por los seres humanos.

El comportamiento oportunista de los cánidos más curiosos habría facilitado una creciente familiarización con la gente, y favorecido la selección genética natural de los individuos más mansos y sociables. Al mismo tiempo, se habría despertado el interés por esos animales en los humanos y llevado a que estos procuraran acentuar la selección reproductiva de los cánidos más sociables y, posiblemente, dotados de otros rasgos deseables, tanto físicos como de conducta. Independientemente de que dicha selección haya sido intencional o accidental, sus efectos se acumularon con el transcurso del tiempo y las generaciones, y se fueron acentuando las diferencias de esos cánidos crecientemente domésticos con sus congéneres silvestres.

El tema sigue abierto a discusión, con una consecuencia importante. La opinión mayoritaria entre zoólogos, expresada en el Código Internacional de Nomenclatura Zoológica, no acepta como nombres científicos válidos los dados a animales ‘creados’ por selección bajo control humano. Ello significa rechazar los que a veces se aplican a los perros (Canis familiaris o Canis lupus familiaris). La hipótesis de la coevolución, sin embargo, podría debilitar ese rechazo y abrir la posibilidad de que los perros reciban como especie un nombre científico.

Cronología de la dispersión de los perros por el mundo. Las cifras indican miles de años antes del presente; todos los valores son aproximados y el que aparece en rojo señala lugar y momento probable más reciente en que habría tenido lugar su domesticación a partir del lobo (Canis lupus, arriba), cuya área natural de dispersión se indica coloreada. Si bien hay amplio acuerdo sobre el ancestro del perro, acerca del lugar, el momento y los detalles del proceso de domesticación hay diversidad de criterios. Wikimedia Commons
Cronología de la dispersión de los perros por el mundo. Las cifras indican miles de años antes del presente; todos los valores son aproximados y el que aparece en rojo señala lugar y momento probable más reciente en que habría tenido lugar su domesticación a partir del lobo (Canis lupus, arriba), cuya área natural de dispersión se indica coloreada. Si bien hay amplio acuerdo sobre el ancestro del perro, acerca del lugar, el momento y los detalles del proceso de domesticación hay diversidad de criterios. Wikimedia Commons

Otro tema de discusión es cuándo y en qué contexto aparecieron los primeros perros, y si todos se originaron en un único proceso de domesticación. Hasta principios del siglo XIX, la explicación dominante indicaba orígenes independientes en distintos lugares del mundo y a partir de diversos cánidos silvestres, como el lobo gris (Canis lupus) y el chacal dorado (Canis aureus) en Europa, y el coyote (Canis latrans) en Norteamérica. Pero más recientes estudios anatómicos, de conducta y genéticos sugieren que el lobo gris es el único progenitor de todos los perros actuales e, incluso, que estos se habrían originado a partir de lobos europeos varias veces de manera independiente. Los estudios de ADN nuclear, que avalan ese único origen del perro, también sugieren que este se cruzó con el lobo durante el Holoceno (los últimos 12.000 años). Ambas cosas explicarían la diversidad que llevó a pensar en ancestros múltiples.

Los registros más tempranos de perros de los que hoy tenemos noticias tienen alrededor de 15.000 años y proceden de Europa central. Sin embargo, teniendo en cuenta que el proceso de domesticación fue largo y que difícilmente puedan hallarse evidencias de sus etapas iniciales, sería razonable pensar en un origen algo anterior a esa fecha, tal vez hacia los 18.000 años antes del presente.

Esquimal o iniut acompañado por un perro, norte de Canadá, 1915. Foto KG Chipman, Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos.
Esquimal o iniut acompañado por un perro, norte de Canadá, 1915. Foto KG Chipman, Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos.

Lo llamativo es que en ese momento los grupos humanos eran básicamente cazadores-recolectores, organizados en pequeñas bandas nómades de varias familias. No existían sociedades organizadas en aldeas más estables, en cuyo seno se originó el resto de los más de treinta animales domésticos. Esto da sentido a la idea de la coevolución de perros y humanos, porque explica mejor cómo el complejo proceso de la domesticación logró cristalizarse a pesar de que las sociedades en que acaeció no podían controlarlo estrictamente debido a su vida nómade.

Que los perros actuales desciendan de una única población ancestral de lobos no implica que no hayan ocurrido intentos fallidos de domesticación de otras poblaciones o especies. Hubo al parecer domesticaciones fallidas en Bélgica y Rusia hace más de 25.000 años. Incluso, recientes estudios de ADN sugieren que en Tierra del Fuego se pudo originar un supuesto perro fueguino entre los últimos pueblos canoeros, a partir de la domesticación de poblaciones locales de zorro colorado (Lycalopex culpaeus). Pero es una conclusión sacada de una única piel de cuya procedencia concreta se carece de datos fehacientes.

Todo parece indicar, entonces, que los perros actuales se originaron en lo que hoy es Europa central, y que desde allí se irradiaron con asombrosa velocidad por la mayor parte de Eurasia, el próximo Oriente, China y Siberia, cosa que no sucedió con ningún otro animal doméstico hasta tiempos mucho más recientes. Siguieron luego su itinerario expansivo y arribaron al Japón, África, el sudeste asiático, Australia y América, incluyendo el actual territorio argentino.

El perro en América

Cronistas y viajeros observaron –con cierta sorpresa– la presencia de perros entre los indígenas americanos en tiempos coloniales tempranos. Algunos sostuvieron que habían sido traídos por los europeos y adoptados por los indígenas, mientras que otros postularon su presencia anterior e incluso su domesticación local. Más allá de este desacuerdo inicial, la idea de que hubo perros en América en tiempos precolombinos se volvió dominante en el siglo XIX, si bien todavía persisten interrogantes sobre su antigüedad en las distintas regiones. Aparentemente los perros aparecieron primero en Norteamérica que en Sudamérica, lo cual es congruente con la idea de que el poblamiento humano también se realizó de norte a sur. Tampoco está claro el lugar que ocuparon los perros en las esferas económica, simbólica y religiosa de las sociedades americanas.

Mujer de etnia lakota, de las praderas norteamericanas, con un perro que arrastra el dispositivo llamado travois. Foto ca. 1900, State Historical Society of North Dakota, catálogo SHSND 1952-6303-2.
Mujer de etnia lakota, de las praderas norteamericanas, con un perro que arrastra el dispositivo llamado travois. Foto ca. 1900, State Historical Society of North Dakota, catálogo SHSND 1952-6303-2.

Es probable que los perros hayan ingresado en compañía de algunos de los inmigrantes llegados entre 16.000 y 11.500 años atrás, aunque los primeros registros arqueológicos, encontrados en el hemisferio norte, son más modernos (de entre hace 10.000 y 9000 años). Luego de varios milenios la presencia de perros se volvió común desde el actual territorio de Canadá hasta el de México, tanto entre los grupos de cazadores-pescadores del Ártico como en las complejas sociedades de la cuenca del Mississippi, México y América Central.

La arqueología y la etnohistoria han registrado muy diversos usos de los perros: eran alimento, se aprovechaban sus pieles, servían en la guerra, eran animales de defensa, caza, compañía y hasta carga, y cumplieron funciones rituales. La selección de rasgos deseables para distintos fines llevó a la aparición de varias razas, entre ellas los perros criados por su lana por los cazadores-pescadores de la actual Columbia Británica, los grandes perros empleados por los cazadores de bisontes de las planicies norteamericanas para carga y tiro en carros deslizantes llamados travois, los perros de los esquimales o inuit, utilizados para transporte y caza en el Ártico, y los perros xoloitzcuintle o pelones (sin pelo) y tlalchichi (antecesores de los actuales chihuahua) de México, que eran animales de compañía, alimento y ofrendas rituales.

Perros en un campamento de cazadores-recolectores actuales de la etnia hoti, en la selva amazónica de Venezuela. Foto Gustavo Politis
Perros en un campamento de cazadores-recolectores actuales de la etnia hoti, en la selva amazónica de Venezuela. Foto Gustavo Politis

Para América del Sur, nuestro conocimiento sobre los perros precolombinos es bastante fragmentario. Son muy dudosas las pruebas de su presencia temprana. En la región andina, desde Ecuador hasta el norte de Chile, y especialmente en el Perú, las hay numerosas, pero no superan los 5000 años de antigüedad. Allí los perros fueron principalmente animales de compañía, posiblemente auxiliares de pastoreo y parte importante de ritos, ceremonias y acontecimientos funerarios, según datos que provienen casi exclusivamente de sociedades que practicaban la agricultura y el pastoreo de camélidos, y estaban organizadas en torno a jerarquías sociales hereditarias.

A la luz de lo anterior, de la poca antigüedad de los registros y de la existencia en el Perú de perros sin pelo similares a los pelones mexicanos, en investigaciones recientes (de las que da cuenta nuestro trabajo de 2010 citado en las lecturas sugeridas) hemos planteado que la generalización tardía de perros en Sudamérica pudo resultar de relaciones entre las sociedades agrícolas de México y los Andes.

Familia con perros, Tierra del Fuego, ca. 1900. Archivo de la Asociación de Investigaciones Antropológicas, Buenos Aires.
Familia con perros, Tierra del Fuego, ca. 1900. Archivo de la Asociación de Investigaciones Antropológicas, Buenos Aires.

Hay varios registros de la presencia de perros en el actual noroeste argentino, conocidos desde la publicación del trabajo clásico de Ángel Cabrera citado en las lecturas sugeridas. Los hallazgos provienen de distintos sitios arqueológicos de Jujuy, Salta y Catamarca (entre otros, Casabindo, Tilcara, Humahuaca, Tastil, Hualfín y Andalgalá), y corresponden principalmente a esqueletos y momias. Los perros fueron enterrados intencionalmente de un modo similar a los humanos y sus restos fueron datados en los siglos XV y XVI de nuestra era, en tiempos de la dominación inca; es decir, son más tardíos que los primeros registros similares en los Andes centrales y avalan la hipótesis de la dispersión de los animales de norte a sur entre las sociedades andinas.

Las evidencias más tempranas de perros en otras regiones sudamericanas provienen del actual Uruguay, donde también se encontraron restos enterrados intencionalmente hace más de 2000 años –la mayoría junto con cuerpos humanos– en unos montículos conocidos como cerritos de indios, de cazadores-recolectores que también cultivaban en pequeña escala. Algunos estudios de esos restos señalaron similitudes con los perros pelones del Perú, lo cual implicaría una conexión con la región andina, posiblemente contactos entre las sociedades que habitaban ambas regiones.

En el resto de Sudamérica son muy escasas las evidencias que validan la hipótesis de una presencia prehispánica de perros. Si bien en la cuenca del Amazonas no hubo hallazgos arqueológicos, hay abundante información etnohistórica (observaciones tempranas de perros) y lingüística (existencia de diversos vocablos de lenguas nativas para referirse a ellos) que sugiere una historia larga en la región.

Perros prehispánicos en la llanura pampeana y en la Patagonia

Tradicionalmente se pensaba que los indígenas pampeanos y patagónicos solo conocieron a los perros con la llegada de los europeos. Pero entre principios del siglo XX y la década de 1980 pareció irse acumulando evidencia en favor de la hipótesis de que los primeros pobladores del extremo sur de América habían arribado –hace algo más de 10.000 años– acompañados por perros. Entre esas evidencias se puede mencionar los restos hallados en las cuevas Fell (de entre 10.700 y 8400 años atrás) y Eberhardt, en el sur de Chile; y los encontrados en los sitios Los Toldos (Santa Cruz) y Río Luján (provincia de Buenos Aires). Pero los que parecían ser restos de perros terminaron correspondiendo a cánidos silvestres, principalmente a Dusicyon avus, un zorro autóctono extinguido en la región hace menos de quinientos años. Algunos de sus rasgos anatómicos (gran tamaño, mandíbula robusta con grandes molares) eran similares a los del perro y explican la confusión.

Para fines de la década de 1980 no había quedado evidencia clara en pie y en su lugar existía una atmósfera de incertidumbre que mantuvo el tema fuera de debate por más de dos décadas. Esto cambió a partir de 2010, cuando se dieron a conocer nuevos hallazgos de perros en sitios arqueológicos prehistóricos en el valle del río Negro (Angostura 1), el Parque Nacional Lihuel Calel (Chenque 1) y el delta inferior del río Paraná (cerro Lutz), datados en torno a los 900 años antes del presente. En el primer sitio solo se encontraron algunas piezas dentales caninas entre desechos de comida de un campamento, y en el último se halló lo que fue interpretado como el entierro intencional de un perro, pero se difundió escasa información sobre su posición y sobre cómo se relaciona con restos humanos hallados en el mismo lugar.

El más interesante de estos hallazgos es Chenque 1: la tumba de un niño y un perro cuyo contexto sugiere que era un animal de compañía (era práctica común en pueblos prehistóricos sacrificar mascotas y enterrarlas con sus dueños). El niño posiblemente ocupaba una posición de jerarquía social, porque es el único infante de ese cementerio que fue sepultado con un valioso ajuar funerario, que incluye moluscos marinos y diversos adornos corporales. Por otro lado, la posición del niño y del perro, cuidadosamente colocados uno frente a otro, el segundo con sus cuatro patas sobre el primero, hace pensar en un ritual mortuorio que buscó perpetuar el vínculo entre ambos.

Síntesis

De este recorrido rápido por la historia de los perros resultan unas pocas certezas y varias preguntas. Pensamos hoy que aparecieron hace más de unos 18.000 años, posiblemente en Europa central, luego de un proceso complejo de interacción entre seres humanos y jaurías de lobos. No solo fueron el primer animal doméstico: resultaron el único capaz de acompañar a los humanos a cada rincón habitable de la Tierra. Entraron en América con los seres humanos y adquirieron gran diversidad de características anatómicas y de conducta que les permitieron ejercer variadas funciones económicas, sociales y simbólicas, tanto entre grupos de cazadores-recolectores como en sociedades con organización más compleja.

Mujeres selk’nam con perros en la costa fueguina, 1923. Foto Alberto María De Agostini, archivo Asociación de Investigaciones Antropológicas.
Mujeres selk’nam con perros en la costa fueguina, 1923. Foto Alberto María De Agostini, archivo Asociación de Investigaciones Antropológicas.

En Sudamérica, a pesar de que la información es escasa y fragmentaria, se puede por lo menos provisoriamente pensar que su proceso de dispersión acaeció algunos milenios después que en Norteamérica, por los contactos entre las sociedades aldeanas mesoamericanas y las andinas no antes de unos 5000 años atrás. Es posible que los perros se hayan incorporado a los grupos de cazadores-recolectores pampeanos y patagónicos a partir de unos 1500 años antes del presente, cuando se intensificó la circulación de personas, bienes e ideas por largas distancias. Queda aún por responder por qué los perros aparecieron tan poco en el registro arqueológico del sur del continente, y si desempeñaron algún papel importante fuera de la esfera simbólica, por ejemplo, como perros de caza, defensa o ataque.

Más allá de los interrogantes aún abiertos, de la larga y compleja historia de relaciones entre cánidos y humanos emerge con claridad que la llegada de los perros cambió de manera formidable e irremediable el futuro de ambos.

Lecturas Sugeridas

CABRERA AL, 1934, ‘Los perros domésticos de los indígenas del territorio argentino’, Actas y Trabajos Científicos del XXV Congreso Internacional de Americanistas, t. 1, pp. 81-93, Coni, Buenos Aires.

CROCKFORD SJ, 2000, Dogs Through Time: An archaeological perspective, Archaeopress, Oxford.

LARSON G, et al., 2012, ‘Rethinking dog domestication by integrating genetics, archeology and biogeography’, Proceedings of the National Academy of Sciences, 1-8. doi:10.1073/pnas.1203005109.

MARTIN FM, 2013, Tafonomía y paleoecología de la transición Pleistoceno-Holoceno en Fuego-Patagonia, Ediciones de la Universidad de Magallanes, Punta Arenas.

PRATES L, PREVOSTI F y BERÓN M, 2010, ‘Los perros prehispánicos del cono sur. Tendencias y nuevos registros’, en Berón M et al., Mamül Mapu. Pasado y presente desde la arqueología pampeana, pp. 215-228, Libros del Espinillo, Ayacucho. Accesible (agosto 2014) en https://www.academia.edu/1455335/LOS_PERROS_ PREHISP%C3%81NICOS_DEL_CONO_SUR._TENDENCIAS_Y_NUEVOS_REGISTROS

Mónica Berón

Mónica Berón

Doctora en ciencias antropológicas, FFYL, UBA. Investigadora independiente del Conicet.
Profesora asociada, Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires y profesora adjunta, UBA. Directora del Museo Etnográfico Juan B Ambrosetti, UBA.
monberon@retina.ar
Luciano Prates

Luciano Prates

Doctor en ciencias naturales, Facultad de Ciencias Naturales y Museo, UNLP. Investigador adjunto del Conicet en el Museo de La Plata.
Profesor adjunto, FCNYM, UNLP.
lprates@fcnym.unlp.edu.ar
Francisco Prevosti

Francisco Prevosti

Doctor en ciencias naturales, FCNYM, UNLP.
Investigador independiente, Centro Regional de Investigaciones Científicas y Transferencia Tecnológica de Anillaco, Conicet.
protocyon@hotmail.com
Ciencia Hoy
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