El censo nacional de población de 2010 incluyó la categoría ‘afrodescendiente’, en coincidencia con modernas tendencias mundiales que reconocen la complejidad de las sociedades multiétnicas. Ante las 150.000 personas que se reconocieron en esa categoría según los datos oficiales, ¿es cierto que en la Argentina no hay negros? ¿O solo no se los ve?
En los últimos pocos lustros se advirtió en algunos sectores de la sociedad argentina un renovado interés por el legado africano en la vida social y cultural del país. Investigaciones históricas, antropológicas y de otras disciplinas trataron de establecer el papel cumplido por los africanos esclavizados y sus descendientes en la formación nacional, y reflexionaron sobre la actualidad de identidades y prácticas culturales afroargentinas. Algunas de las preguntas que se hicieron y hacen los investigadores, que nos interesan aquí, son: ¿Por qué se dice que en la Argentina no hay negros? ¿Cuál es el legado histórico, cultural y político de los descendientes de africanos? ¿Quiénes son los afrodescendientes en la actualidad?
Los estudios de la autora sobre el tema tienen un enfoque antropológico y sociocultural, y se refieren a las discusiones actuales sobre identidades, y a los debates políticos y culturales en torno a la presencia africana y afrodescendiente en la Argentina. El propósito de este artículo es, entonces, ofrecer a los lectores una aproximación sobre el estado en la Argentina de lo que la investigadora mexicana Luz María Martínez Montiel, profesora de la UNAM, llamó ‘la tercera raíz’ de América. Toma en cuenta los estudios anteriores acerca de la cuestión, las las políticas estatales de estos últimos años y el activismo de grupos de afrodescendientes, principalmente en la ciudad de Buenos Aires. Todas estas acciones están encaminadas a revertir la idea del fracaso y la desesperación de un pueblo que murió sin dejar logros ni realizaciones que lo recuerden, en palabras de George Reid Andrews, profesor de la Universidad de Pittsburgh y estudioso del tema tanto en la Argentina como en el Uruguay y el Brasil. Según este autor, la desaparición de los afroargentinos constituye uno de los enigmas más intrigantes de la historia argentina.
Estudios multidisciplinarios
El interés de los investigadores por la presencia africana en la Argentina apareció hace aproximadamente tres décadas, sin perjuicio de algunos aportes realizados en años anteriores, como el brillante y extenso trabajo de Néstor Ortiz Oderigo sobre la influencia africana en la cultura popular rioplatense, particularmente en el tango, el candombe y el idioma. Solo en la década de 1980, y más intensamente en las de 1990 y 2000, se fueron realizando estudios con diferentes enfoques disciplinarios, que delinearon un campo de investigación heterogéneo e institucionalmente fragmentado.
Hoy disponemos de interesantes trabajos historiográficos sobre la esclavitud y la presencia africana en la época colonial en Buenos Aires, Córdoba y Tucumán. También se han realizado estudios arqueológicos, históricos y antropológicos de población afrodescendiente en la Argentina luego de la abolición de la esclavitud, e igualmente investigaciones sobre religiones, festividades, músicas y danzas de origen africano; sobre poblaciones afrodescendientes actuales, tanto comunidades históricas de afroargentinos como inmigrantes recientes del África o de otros países latinoamericanos. A lo anterior se agregan las publicaciones del proyecto La Ruta del Esclavo, iniciado por la Unesco en 1994, al que recientemente se incorporaron la Argentina, el Uruguay y el Paraguay. Por último, hay estudios genéticos que encontraron rastros biológicos africanos en una muestra poblacional de la ciudad de Buenos Aires.
En los últimos veinte años, en prácticamente todos los países latinoamericanos se empezó a reflexionar sobre el hecho de que la población afrodescendiente no era oficialmente considerada (en la literatura especializada esto se expresa con el neologismo de ‘invisibilización’). Esas reflexiones y los debates a que condujeron llevaron a cuestionar la desaparición de los afroargentinos y a pensar más bien que su presencia fue negada por una sociedad que se concibe blanca y europea, y que no los ve –o no los quiere ver–.
A la luz de algunas perspectivas teóricas sobre los vínculos entre cultura y poder, así como de los estudios actuales de etnicidad e identidad, podemos entender dicha ‘invisibilización’ como un resultado histórico de los proyectos hegemónicos de construcción nacional luego de la abolición de la esclavitud, tanto en la Argentina como en el resto del ámbito hispanoamericano.
Estado y organizaciones de afrodescendientes
Si el interés de las disciplinas sociales por la población afrodescendiente y su legado cultural data de la década de 1980, el acercamiento a estas cuestiones por parte del Estado Nacional es aún más reciente. En su aparición tuvo un cometido fundamental un nuevo activismo cultural y político de asociaciones de afrodescendientes, que realizaban actividades en los diversos clubes y agrupaciones de esas comunidades que siempre existieron en la Argentina, particularmente en Buenos Aires. Esas asociaciones emprendieron la reivindicación del aporte africano y promovieron debates sobre el racismo y cómo combatirlo. Actuaron tanto en la ciudad y la provincia de Buenos Aires como en Córdoba, Santiago del Estero, Santa Fe y Corrientes, donde la población afrodescendiente fue históricamente significativa y posiblemente aún hoy lo sea.
Luego de 2001, tomando en cuenta el contexto internacional de movilizaciones negras y de ampliación de los derechos civiles con una óptica multiculturalista, organismos estatales como el INADI y, más recientemente, el Ministerio de Cultura, la Secretaría de Derechos Humanos y el INDEC, comenzaron a tomar iniciativas encaminadas al reconocimiento de la presencia actual de afrodescendientes.
Entre las principales medidas institucionales se cuenta la incorporación de la categoría afrodescendiente en el censo de población de 2010. La iniciativa reflejó el pensamiento internacional del momento sobre la diáspora africana, expresado principalmente en la Conferencia Mundial contra el Racismo, celebrada en el marco de las Naciones Unidas en Durban en 2001, la que tuvo como antecedente una reunión realizada en Santiago de Chile en 2000.
El mencionado censo usó en esta materia el método de autoadscripción, expresado en la pregunta: ¿Usted o alguna persona de este hogar es afrodescendiente? La definición censal del término afrodescendiente incluía ser descendiente de los africanos traídos esclavizados, ser africano o descendiente de africano, tener ascendientes negros, ser o considerarse negro o afroargentino, o ser africano en la diáspora.
Según los resultados del censo, en la Argentina 149.493 personas se consideraron afrodescendientes: 76.064 varones y 73.429 mujeres, y en 62.642 hogares por lo menos una persona se declaró afrodescendiente. Otro dato importante es que el 8% de los afrodescendientes censados no nacieron en la Argentina. Quedaron así agrupados afroargentinos de muchas o pocas generaciones, descendientes de africanos esclavizados o de migraciones recientes, africanos y afrolatinoamericanos residentes en el país.
Otra medida tomada en ámbitos oficiales fue la creación en 2012 por la Subsecretaría de Políticas Socioculturales del Ministerio de Cultura de la Nación del Programa Afrodescendientes, que realiza actividades como los carnavales de afrodescendientes en el barrio de San Telmo de Buenos Aires. En 2013, de designó al 8 de noviembre como Día Nacional de los Afroargentinos y las Afroargentinas y la Cultura Afro, elegido en memoria de María Remedios del Valle, que combatió en las guerras de la independencia y fue ascendida a capitana por el general Manuel Belgrano.
El mito o enigma de la desaparición, siglos XIX y XX
Después de la abolición de la esclavitud, concretada progresivamente durante la primera mitad del siglo XIX, los argentinos ‘pardos y morenos’, hombres y mujeres, formaron parte de todos los ámbitos de la sociedad argentina. Ocuparon lugares subalternos con relación a las familias blancas como sirvientes domésticos, artesanos y vendedores ambulantes; fueron sastres, carpinteros, barberos-dentistas y lavanderas, pero también músicos, compositores y letrados.
Para entender esta historia, hay que considerar la importancia de la mano de obra esclava en las ciudades y en el campo, incluidas las estancias ganaderas y jesuíticas. Los afrodescendientes tuvieron también considerable presencia en el ejército, en las guerras de independencia, las guerras civiles y la guerra del Paraguay. Hacia finales del siglo XIX fueron personajes de la política local, músicos, compositores, escritores y periodistas; participaron en la gestación de lo que hoy entendemos por cultura popular, en el tango, la murga y el folclore. Pero no se libraron del estigma de ser descendientes de africanos esclavizados ni de serles asignada una posición subalterna en la sociedad.
Monumento conmemorativo erigido en el punto de embarque de africanos esclavizados en Ouidah, Benin.
La idea de la desaparición de los afroargentinos se afirmó rápidamente luego de 1880, en coincidencia con la inmigración de ultramar y con el avance del Estado sobre los territorios tradicionalmente ocupados por los pueblos indígenas. Esas transformaciones sociales, guiadas por una concepción positivista del progreso y de la civilización, desembocaron en la difundida imagen de una Argentina blanca y europea.
Así, el relato de una cultura nacional basada en el mito del crisol de razas enfatizaba al mismo tiempo los argumentos sobre la desaparición de los afrodescendientes y de sus aportes culturales, que todavía hoy están vigentes en el sistema educativo y repiten los medios y buena parte de la opinión común. La antropóloga argentina Rita Laura Segato, que se desempeña en la Universidad de Brasilia, argumentó que se construye un mito nacional ‘ciego’ para el color, en el que todas las diferencias y especificidades se funden en una elite mestiza y blanqueada.
Los censos de población del siglo XIX, analizados por el citado Andrews, retratan la progresiva declinación de los afroargentinos de Buenos Aires, los que pasaron de ser el 30% de los porteños en 1810 al 1,8% en 1887. Durante la presidencia de Domingo F Sarmiento (1866-1872) sucedieron los dos hechos que la historiografía tradicional considera las causas más importantes de su desaparición: la guerra del Paraguay (1865-1870) y la epidemia de fiebre amarilla (1871). En adición operaron las guerras civiles, otras epidemias, bajas tasas de natalidad, y altas de mortalidad y el mestizaje. Según ese relato, los afroargentinos se habrían desvanecido en menos de cincuenta años con posterioridad a la abolición de la esclavitud.
Un dato interesante, señalado por Andrews, es el deslizamiento de la población afrodescendiente a lo largo de las categorías censales: pasaron de negros a pardos, morenos, trigueños y blancos. Luego de 1887, y por todo el siglo XX, se eliminó la variable entonces llamada racial de las estadísticas de población, lo cual afirmó definitivamente, en el ámbito oficial y para la opinión común, la inexistencia de la población afroargentina. Lo mismo sucedió en otros países latinoamericanos, en los que la eliminación de la población de origen africano como variable estadística reflejó la misma preocupación de las elites blancas por hacer desaparecer a la población ‘de color’ luego de la abolición de la esclavitud.
En el imaginario común, la población afroargentina quedó así fijada en el pasado, relegada como un dato pintoresco a un lugar marginal en la cultura popular y folclórica, pero excluida como actor social del presente. El médico y ensayista José Ingenieros (1877-1925) aseguraba que el ‘problema de los negros’ carecía de importancia en algunas regiones sudamericanas, pues las ‘razas’ africanas se habían extinguido y los sobrevivientes solo eran ‘objetos de curiosidad’.
Alicia Martín, en el documento de la Comisión para la Preservación del Patrimonio Histórico-Cultural de la ciudad de Buenos Aires incluido entre las lecturas sugeridas, escribió: La creencia en una Argentina blanca y europea conforma un verdadero mito de origen de nuestra nacionalidad y opera por lo tanto en la actualidad, tanto en las grandes instituciones como en las pequeñas elecciones de la vida cotidiana.
De acuerdo con el discurso de supremacía racial de la Europa de entonces, importado a los países americanos, cuando se hablaba de razas para referirse a la diversidad humana, se partía de la premisa, propia del darwinismo social, de que los blancos se impondrían a causa de ser superiores, es decir por sus aptitudes, entre otras, para el progreso, la industria, la técnica y el pensamiento racional. Hoy categorías del habla popular como negro, morocho, cabecita negra y similares, que se utilizan especialmente en Buenos Aires, remiten a esa idea de supremacía blanca. Estos términos no hacen referencia explícita a la afrodescendencia de los sujetos sino, sobre todo, a grupos o clases sociales.
Conclusiones
Hoy el término afrodescendiente, ‘políticamente correcto’, no hace referencia explícita a los rasgos físicos de una persona –en lenguaje de la biología, su fenotipo–, ni a su lugar de nacimiento, ni a su ciudadanía o contexto social, sino que expresa una elección de identidad. Es parte de la lucha contra la discriminación racial y, como lo indicó Federico Pita, presidente de la Diáspora Africana de la Argentina, es un término político que llama también a asumir el pasado de opresión y esclavitud en las Américas y a combatir sus consecuencias actuales, que atraviesan a toda la sociedad argentina y latinoamericana.
Podríamos decir que se empieza a vislumbrar otra geografía humana argentina, en la que las diferencias no son más consideradas un estigma sino una posibilidad y una riqueza. Contrariamente a la idea de una población blanca y culturalmente homogénea, como también sucede en otros lugares del mundo –incluso en la misma Europa–, se comienza a reconocer la realidad de una población mestiza y heterogénea, con múltiples ascendencias, expectativas, necesidades y deseos. Si miramos las prácticas culturales pasadas y presentes, las expresiones musicales populares como el tango, el candombe, el folclore, los carnavales y las murgas; si recorremos calles y sitios de nuestras ciudades y pueblos, encontraremos huellas de africanía que nos hablan de la presencia histórica y actual de los afroargentinos, por ejemplo, la Capilla de los Negros de Chascomús.